jueves, 31 de octubre de 2013

La reina en lontananza

Eran las seis de la mañana y el sonido predeterminado del despertador del celular hizo su aparición, inundando de ruido la mañana tan calmada. Luego de renegar un rato, del arrepentimiento surgido a esa hora gracias a haberse dormido tarde la noche anterior y haberse visto esa película que pudo haber disfrutado después, luego de prometer solemnemente no dormirse tarde nunca más, él se levantó y se bañó. El agua caliente se fundió con la espuma, los bálsamos y demás mejunjes elaborados para proporcionar limpieza y remoción de células muertas en el ser humano. Diez minutos de placidez, cambio de estado y recarga de energía. Luego vendría, como con todas las personas, el proceso de escoger la vestimenta, el aplicarse algo de crema, lociones, más y más inventos para oler bien, nutrirse y lucir formidablemente ante los demás.

Existían ciertos rituales en su vida, tales como mirar el diario, mirar las noticias, ver unos cuantos titulares sobre lo más importante que había acaecido, despedirse amablemente y tratar de siempre hacerlo amablemente, por encima de todo. Marcharse de su hogar con la frente en alto le llenaba de satisfacción; unos días habría más afán que otros, otros días más frío que otros, pero en esencia la habitualidad se tiñe del mismo color siempre, un color agradable a la vista, un color que está en los ojos del que lo vive. El color de ese día tendría un matiz más claro, más limpio a la vista, más optimista. Ese día pasaría algo diferente.

Llegó a su trabajo, empezó a elaborar sus informes, a hacer llamadas, a ver los mails, a diseñar las maquetas de los proyectos que requerían inmediatez y a interactuar. Fue a interactuar, esa era su razón de ser. Y claro, a veces surgían problemas e inconvenientes pero siempre, con voluntad y la ayuda de los demás, se podía lograr algún avance.

Durante todo este proceso, un proceso habitual, iba ya pasando la mañana. Se acercaba la hora, pero faltaba que la sucesión de acontecimientos se siguiera presentando hasta llegar al punto deseado. Vendrían más llamadas y procedimientos. El clima estaba muy atractivo, el sol refulgía y se reflejaba en la ventana de su oficina.

Fue al baño, se miró al espejo con el objetivo de ajustar su peinado, cepillar sus dientes y echarse un poco de agua para revitalizar la fragancia de su perfume. Se iba acercando el momento y mientras estaba en esas llegó un compañero con quien se quedó hablando un rato sobre la cotidianidad y sobre los planes que vendrían y deben trazarse hacia el futuro. Luego de haber pasado todo esto bajó un momento a comprar algo de comer.

Poco tiempo después mandó lustrar sus zapatos de cuero negro. La persona a quien el destino había encomendado esta misión se puso en la labor de que quedaran perfectos, dentro del rango obvio y permisible que conlleva la palabra perfección. Él le compartió de su comida y bebida, mientras el lustrabotas comentaba hechos de actualidad.

Se iba acercando el medio día, una hora donde la mente exige un descanso y el cuerpo un alimento, donde el número de transeúntes se incrementa, donde la camaradería se exacerba y se acuerdan citas laborales y no laborales. Con el ímpetu de un niño se paró él de su asiento y, tras acabar su última llamada de la mañana, miró el reloj, cogió unas monedas, miró el correo y se marchó lentamente. Fue llegando a la ventana, un marco extenso con abertura vertical angosta y lanzó su mirada, la que minutos antes estaba inmiscuida en cifras, la que ahora estaría inmiscuida en la curiosidad.

La ventana daba hacia un parque pequeño, hacia una pequeña zona verde dentro de un ambiente muy gris, muy de concreto; al frente del alto edificio donde él laboraba estaba uno aun más alto, un edificio con muchas ventanas, parco e impávido. Ahí él empezó a contar los pisos. Debía ser el piso número veintiséis donde él debía concentrarse.

Uno, dos, tres, veintiséis. La ventana que daba hacia él, por cuestiones físicas y de distancia tenía un tamaño nimio, pero de ahí se podía avizorar algo de esa atmósfera que se estaba respirando. Muy concentrado siguió mirando, sin ver efecto o cambio alguno. Había ruido alrededor y un viento helado le acompañaba. La paciencia en estos casos es menester, es la mejor amiga.

Cuando el reloj dio las doce y media del día, el sol brilló un poco más. Se produjo ese cambio de color en el cielo que llama la atención de todos los sentidos. Las nubes disminuían, aumentaban y adoptaban formas innumerables e indescriptibles. De un momento a otro el pequeño recuadro incólume, esa ventana a la distancia que parecía tan quieta, empezó a ser habitada por una persona. Una pequeña persona a quien solo él veía.  

La lozanía que se reflejó en el rostro de él era tal que inmediatamente sonrió y musitó un saludo que naturalmente no sería escuchado por nadie. Tal vez solo sería escuchado por ella, la que acababa de asomarse al otro lado. Era una cita inusual, ella por coincidencias del destino tenía una actividad laboral en el edificio contiguo. Hechos que casi nunca ocurren tan fácilmente. A esa hora los dos tenían un receso, un descanso del alma y a su vez un agite para los corazones.


Ella agitó un pañuelo, señal inequívoca que exigía respuesta similar; él también lo hizo, y los dos sonrieron. Ella lo escuchaba, él le dijo Te amo y al cabo de unos segundos cerró la ventana y siguió con sus labores que puntualmente ese día les impedían encontrarse para almorzar. Ella estaba a muchos metros de distancia, pero estaba tan cerca para él que se podía percibir su olor. Ella era su reina. La reina en lontananza. 

jueves, 24 de octubre de 2013

Las curiosidades matemáticas

Las matemáticas. Etimologías, glosario de definiciones y bibliografías abundan en el mar del conocimiento. Baldor, el gran aparente adalid de ellas, motivo de desvelo de muchos, con un libro rajador cuya portada denota más misticismo y erudición que alguno del gran maestro Sri Yukteswar, si bien ya entrados en años nos dimos cuenta que no era ni árabe ni iluminado sino un profesor cubano bastante adusto y horroroso; aun con esas revelaciones y engaños de las matemáticas y de su enseñanza, es una ciencia muy interesante que ha evolucionado con el tiempo, de la mano de la tecnología y los algoritmos. Para unos seguirá siendo un coco y para otros será un dulce.

Surgen los números, y después de ires y venires, de averiguar si fueron egipcios o si fueron chinos o indios, el poder de la abstracción humana absoluta al crear el número cero y más allá de las estrellas, e incluso más allá del infinito, quedamos con lo que conocemos ahora: un sistema de números del 0 al 9, con los cuales se pueden complicar las cosas tanto como queramos. Como todo en la vida.

Estas diez cifras, entre el cero y el nueve, sirven para millones de cosas. Les mencionaré tres ejemplos muy curiosos, donde la matemática sale en su estado más puro.

El primer ejemplo data de 2007, fecha en la que estaba un francés llamado Alexis Lemaire, con 27 abriles, en el Museo de Ciencias de Londres, muy peinado y puesto en su sitio. Pongan atención, la competencia era entre un grupo de personas que orgullosamente se hacen llamar matletas, es decir atletas de las matemáticas. No crean que el objetivo era comer hamburguesas en poco tiempo, o correr, o saltar: tenían que sacar la raíz decimotercera de un número de doscientas cifras. No sé si es posible dimensionar esto, en un mundo que usa cifras más sencillas. Lo que más llama la atención, aún más difícil de creer, es que este muchacho dijo la respuesta correcta al cabo de setenta segundos. En este tiempo podemos hacer muchas cosas, correr, dormir, escribir un mail, incluso podemos empezar a recitar las primeras veinte cifras de este número. Increíble.

Segundo ejemplo. En diciembre de 2009, otro francés lívido alzó la mano en un salón con colegas orates, al reclamar para sí un récord y convertirse en la persona con más dígitos de Pi encontrados: la no despreciable suma de 2.7 billones. Es decir, casi tres millones de millones. Estuvo 131 días al frente de un computador haciendo los cálculos. Para que recordemos les cuento que el número Pi no tiene secuencia, los números van en desorden. Este ducho sacó tal número de cifras, para regocijo propio y de sus tutores, allá en ese país cuya primera dama en ese entonces era la hermosa cantante Carla Bruni.

Como tercera demostración de lo curiosa que es la matemática, en el año 1754 en Inglaterra existió un señor llamado Jedediah Buxton. En realidad era un matemático obseso que no sabía leer y como pasa muchas veces con estos talentos extremos y extremistas, adolecía de autismo. Resulta que ese año lo invitaron a ver la obra Ricardo III de Shakespeare en un teatro de la época, desbordante en pompa y boato, con esas mujeres de vestidos exuberantes y mucho rapé. La experiencia de ir al teatro lo dejó literalmente sin palabras, no pudo hablar. Sufrió de un ataque de apoplejía que lo dejó más mudo de lo que era. Sin embargo con el tiempo notificó a los que lo habían invitado que los actores dieron 5.202 pasos y pronunciaron 14.445 palabras. Cómo hizo para contar y para recordar es un gran enigma.

Qué importancia tiene manejar estas cifras y estos cálculos? He ahí el quid del asunto. Está claro que las matemáticas fueron creadas para contar y solucionar problemas básicos de la vida, también está claro que en las finanzas y contabilidad es impensable hacer cálculos crematísticos  si no existieran estos guarismos, estas cifras aparentemente tan sencillas. Las matemáticas han sido y seguirán siendo esenciales en la vida; aquí el tema en cuestión son las curiosidades derivadas de ella.

Para responder lo anterior me debo remitir a un profesor en la universidad, a quien un estudiante chabacano y pisaverde le preguntó malhumorado en una ocasión para qué servían estos cálculos, de qué nos puede servir en la vida saber qué es la hipotenusa, el seno, el coseno, o el seno de Theta (términos cuya sinonimia en el presente me abruma;  no puedo entender cómo coincidieron estas dos palabras ominosas y quisquillosas, seno y theta, en un cálculo trigonométrico, no lo entiendo).

El profesor, al oír la pregunta del alumno respondió con toda la amabilidad del caso lo siguiente: “Para nada doctor pisaverde. No sirven para nada”. Y es verdad, no sirve para nada saber que el billonésimo dígito de pi es 4 ó 7 ó 2. Sin embargo la gente, y no poca, vive detrás de estas curiosidades que generan una sonrisa y un leve empinamiento de ceja en el lector.

Vivimos rodeados de aspectos que no sirven para nada, a veces tan elevados y estrictamente teóricos como estos que les acabo de mencionar y que ocupan a muchos matemáticos alrededor del mundo, y otras veces más palpables y cotidianos de cuya categoría de inservibles tal vez ni nos percatamos. Pero así es el progreso y así se mueve el mundo. Hace mil años sólo había médicos y abogados, no había más, no había necesidad de más.

Podemos entonces decidir, tal y como si estuviéramos en un supermercado, qué agarramos y qué descartamos: podemos preferir edictos, contratos, leyes y comunicados o podemos rebuscar un poco más y elegir algoritmos, poemas o noticias alambicadas. En últimas, pocas cosas en la vida son imprescindibles. En últimas este artículo tuvo 1060 palabras, 6173 caracteres y esta misma secuencia de letras puede replicarse en alguna posición del billón de números de Pi. Para qué saberlo? Para nada. Habrá cada vez más retos, más ciencias, más raíces cuadradas y más descubrimientos. Muchos inútiles.


Tengo la seguridad de que muchas cosas no sirven para nada, pero si inducen al regocijo sí lo harán. A eso vinimos al mundo: a respirar un rato, a contar los momentos, a multiplicar emociones y a dividir momentos. Una ecuación con pocas variables e infinitas respuestas. Incluso ahí las matemáticas también sirven.

jueves, 17 de octubre de 2013

El tendero de la cabaña

Al final de la avenida, yendo hacia el norte, había que cruzar a la derecha para entrar a una calle más angosta;  transitando por esta calle había una curva, una bajada, y desde ese punto el terreno de asfalto pasaba a ser de piedras pequeñas, una mezcla perfecta entre carretera y trocha. Si alguien transitaba en carro debía bajar su velocidad un poco, si iba en bicicleta debía sortear alguna que otra piedra, de esas que se posan a veces en el camino y que truncan el proseguir corriente, pero digamos que no era tan necesario ir más despacio; con un poco de cuidado se podía llegar al destino.

Es más, era recomendable llegar en bicicleta; siempre lo es. De esta forma al ir cuesta abajo se podía sentir el viento fuerte en el rostro, las mejillas se podrían llenar de un fulgurante rosado y la sensación de actividad en las piernas, de frenar un poco la llanta delantera, otro tanto la trasera y el incesante devaneo entre los surcos hacía la llegada más amena. Y esto suponiendo que no hubiera paisaje alrededor para admirar. Sin embargo, había un sembrado de azucenas blancas y amarillas al costado derecho, de seis pétalos oblongos y un poco puntiagudos, un sembrado que hacía inevitable detenerse en el vehículo, sea cual fuere, y arrancar siquiera una de estas maravillas de la vida y olerla por unos segundos. La única condición que tenía impuesta el dueño del sembrado era que toda flor que fuera arrancada debía ser regalada a alguien.  

Al ser regalada, bien fuera al cónyuge, al hijo o a la madre, por citar unos pocos ejemplos, esta flor cumpliría la función para la cual fue creada: brindar alimento al espíritu con su color y fragancia.

Dejando atrás el campo de azucenas y rodando unos veinte metros más quedaba la cabaña. Una cabaña de madera, café oscuro, con puerta gruesa, un par de vitrinas y una ventana grande con su alféizar ancho para recibir visitas; de esos donde se recitaban poemas, de esos que ya casi no existen. Al tocar el aldabón salía el dueño, al cabo de unos treinta segundos.

En la cabaña siempre estaba él; era conocido en todas las villas cercanas como el tendero. Una persona de mediana edad a la que los vecinos y coterráneos acudían, bien fuera por las bebidas tan refrescantes que brindaba, por las golosinas que vendía en una de las vitrinas que mencioné antes o por los consejos que daba a toda alma necesitada.

Estar con el oído atento y el corazón abierto era una labor que el tendero siempre tenía como lema. La dinámica era la siguiente: sonaba el portazo, él se trasladaba del balcón hacia la puerta, no sin antes bajarle un poco al volumen de la música que siempre estaba ahí ubicua en todo el recinto,  miraba por el ojo mágico a la persona que estaba al otro lado y la recibía con una sonrisa. Muchas amistades hizo porque gracias a la cadena del voz a voz, la gente que tocaba la puerta ya sabía expresamente a qué se dirigía.

Hace pocos meses golpearon el aldabón. Sin aspavientos sonó y el tendero lentamente fue a abrir, con la habitualidad de hacer una labor común, con una mirada convencional; miró por el ojo mágico y ahí esperaban dos amigos de la infancia. Sabemos que previamente le había bajado el volumen a ese jazz tan ecléctico que infundía ceremonias melómanas en medio de sofás y leña.

Con gran abrazo fueron saludados por él y pasaron a la sala. Cada quien cogió un vaso de bebida refrescante, un jugo mixto de frutas cuyos ingredientes y proporciones eran un verdadero secreto, y se sentaron, uno en una silla de mimbre clásica, otro en el sofá de terciopelo morado y el tendero quedó de pie, por el momento. Les preguntó si querían algo más y uno de los presentes respondió que quería comprar unas cuantas galguerías para su novia; golosinas que además de saber rico eran bonitas y envueltas en papeles plastificados. Claro que sí, él le empacó unas cuantas en una caja junto con un dibujo hecho a lápiz, con colores básicos y hojas bond; ahí venía plasmado un mensaje de amor, de ese coqueteo constante que debe haber entre el novio y la novia, ese que produce cosquilleos.

Muy agradecido quedo el amigo con él; no se veían aproximadamente hace dos años; aquí no hablaremos de amistades antiguas congeladas en el tiempo por múltiples ocupaciones, sino solamente de un trío de amigos un poco ingratos que se veían a veces.

El otro muchacho, mayor un par de años que el tendero, quería darle un pequeño detalle a su hijo pero no quería caer en los típicos presentes que tanto promulgaban los medios de comunicación, así que le pidió algo que de pronto pudiera alegrarle el corazón floreciente e imberbe. Después de unos minutos, dibujó en una hoja sencilla un carrusel inmerso en una ciudad de hierro, con mucha gente, y sobresalía la figura de un niño sonriendo. Atado a éste, venía un barquillo de chocolate, una almendra recubierta y un mensaje corto, pedagógico e infantil.

Los dos amigos tenían listos sus encargos. Lo que vendría después sería la tertulia en la que se ponen al día, se comparten palabras acerca de los sueños, las expectativas y los desamores para unos contrastando con los amores para otros. En este caso quedó plasmada la amistad entre ellos y la prueba irrefutable de la misma: la confianza. Quedaron los tres departiendo con soltura, sin la incomodidad del momento de silencio, con la comodidad de decir lo que les gusta y lo que no. Con la placidez de ser personas libres.

Siendo las diez de la noche, después de comer bizcochos de agrás y amapola, los amigos se despidieron; se fueron con el estómago lleno, con el corazón  contento y con la satisfacción de la visita. Llevaban además los productos del tendero, los que él diariamente cultivaba y comercializaba, unos productos muy bien empacados: dulzura y palabras.


No ocurrió nada más. La gran mayoría de los días son así: ordinarios, mas no aburridores. El periodismo y los noticieros deben ocuparse de lo extraordinario. La sencillez de la vida se hizo notar y el tendero fue a descansar con su abrigo, sus medias gruesas y su corazón sereno. Al día siguiente la vida continuaría y alguien más tocaría a su puerta, ya sabiendo de antemano las delicias que había adentro de esa acogedora cabaña.

jueves, 10 de octubre de 2013

Una maestra

A las siete de la mañana de un lunes, luego de caminar aproximadamente treinta minutos por la acera, llegó la maestra al colegio. Era un colegio humilde, con presupuesto mitad oficial y mitad privado, que consistía en cinco aulas, una oficina de profesores, un patio de cemento, dos baños y una tienda de comestibles; en esta última se podía acceder a algunos bocados típicos. Era una educación brindada con poco tecnicismo y con bastante rigor, un rigor que rayaba en el maltrato, con un volumen alto en voces que genera un aminoramiento de las personalidades de los educandos.

La educación tradicional y a la antigua, más aun al aplicarse a una población adolescente, difícil y de escasos recursos, se hacía con gritos, con amenazas y aplicando la escala vertical del poder; dogmatismos ancestrales en los que la voz del profesor ahoga y suprime la opinión del rebelde muchacho. Existían unas guías, unos preceptos y salirse de esos límites en un recinto con también bastantes límites era impensable. Las formalizaciones impuestas hacían que todo fuera gris y plano, cumplir una teoría era el único norte, en un claustro inundado de almas que buscaban mejorar pero no lo estaban haciendo.

La maestra llevaba poco tiempo trabajando ahí; llegó con su delantal, su cartera y una libreta para apuntar cualquier idea. Ya en días anteriores había empezado a tratar dos cursos con sus teorías sobre la convivencia, la autoestima y la orientación profesional, con resultados de a pulso y muy meritorios. Se acercó al salón de profesores y habló con la directora; ella le dio un material fotocopiado de veinte hojas donde se plasmaba el tema que sería estudiado y discutido en las horas posteriores. La diferencia radicaba en que el curso al cual iba a entrar era desconocido para ella, y por lo tanto ella era desconocida para los alumnos. Era la primera vez con ellos, sentimientos encontrados acerca de no saber qué iría a ocurrir.

Personalidades disímiles convivían en el recinto; treinta alumnos adolescentes de afecto estaban ahí, algunos enfundados en sus chaquetas, algunos con sus audífonos escondidos y otros tantos conversando a altos volúmenes; no importaba de qué estuvieran hablando, la idea era generar una turbamulta que hacía el normal cumplimiento del programa una tarea imposible. Cuando la maestra se presentó y empezó, nadie se callaba y las miradas amenazadoras hacia ella eran indecibles.

Tal desazón ocurrió allí que la docente no tuvo más opción que tratar de callarlos; al ver que no pasaba nada, decidió esperar a que terminara la clase. Sonó el timbre, todos los muchachos alevosos empezaron a retirarse, sin despedirse. Cuando el último se hubo marchado y quedó sola, muchas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, unas lágrimas grandes, amargas y transparentes de impotencia. Cuando el desahogo cesó, limpió su cara, retocó su maquillaje y volvió a la sala de profesores a buscar a la directora. La pregunta inicial era porqué ellos habían tenido ese comportamiento. La respuesta inicial era porque ellos eran así.

Habiéndole dicho esto, la naturalidad de un comportamiento que no puede ser cambiado, la directora le aconsejó, de manera adusta y laboral, que la única forma de haber sentado un indicio de autoridad momento atrás era por medio de un grito estentóreo y una amenaza. Decir que si no elaboraban el taller de 10 preguntas su estancia se vería comprometida y podrían ser expulsados era un arma que nunca fallaba. Señalar con el dedo, subir la voz, mirar con las cejas arcadas y amenazar era la opción. La maestra pensaba en las vidas de todos y cada uno de los estudiantes; eran unas vidas extracurriculares entintadas de maltrato, abandono, soledad y abusos por decir lo menos. El educando promedio tenía relaciones álgidas en su núcleo familiar, aquí el problema no eran solamente los medios económicos, sino los formativos; de estos problemas ella ya había tenido algo de conocimiento por conversaciones escuetas que tenía al inicio y al final de la jornada. Acá están viniendo a estudiar y reciben el mismo trato que en su hogar, pensaba la maestra. Bolas de nieve alimentadas de miradas y malos tratos que imploraban ser detenidas.

Eran las siete de la mañana del día siguiente, martes. La maestra vio en su cronograma que tenía clase con el mismo grupo. Entró al salón, un aula que estaba embebida en rechiflas y bulla. Escribió una nota en el tablero con letra cursiva legible y se marchó.

“El ejercicio de hoy es el siguiente: el compañero le debe decir al de al lado algo que le guste, que le parezca agradable de él. Vuelvo en cinco minutos”. Las rechiflas y falsos orgullos, que no denotaban nada más que inseguridad y baja autoestima, fueron remplazados por risas nerviosas, castañear de dientes, mordisqueo de uñas, miradas cómplices y rubor natural en mejillas multiétnicas.

A los cinco minutos efectivamente volvió la profesora, saludó cordialmente con una sonrisa muy bella y refrescante, de esas que lo ponen a uno a suspirar; tónico esencial para empezar de manera alegre una mañana. Los que antes miraban mal y gritaban, ahora esperaban con un poco de incredulidad el desarrollo del taller. La maestra, con su voz pausada, llamó a dos alumnos, los más distantes en el salón y en el trato. Se paró uno al frente de la otra. No eran capaces de mirarse a los ojos.

En estas almas, tan necesitadas de ser esculpidas, almas como todas, la invitación para hablar de algún aspecto positivo parecía poco menos que un exabrupto, nunca lo habían hecho.  El tiempo transcurrido entre la unión de dos miradas y su separación empezó a pasar de instantes mínimos a varios segundos. Ver lo positivo era ver los ojos del compañero, su brillo, sentir el nerviosismo, mirar una sonrisa. Fue algo bueno, por primera vez había unión y se estaba logrando un objetivo.

Él respondió que lo más bonito de ella eran sus trenzas, después de divagar y casi llorar, porque le costaba mucho hablar de lo positivo; ella a su vez dijo que lo que más le gustaba era la risa. Seguirían así quince parejas más hasta lograr las treinta personas, los treinta corazones que hoy por primera vez habían conocido la cordialidad. Las barreras autoimpuestas empezaron a ser derribadas.

La maestra logró lo improbable. La directora, sorprendida por lo que había ocurrido, fue a felicitarla, ya que luego del taller pudo capturar la atención de sus alumnos, empezó a llamarlos por su nombre, pudo hablarles sin necesidad de subir la voz y motivó a forjar amistades, incluso algunos romances. Cuando el rigor es cambiado por el corazón empiezan a producirse explosiones.

Era ella, la maestra. La que con corazón y ejemplo logró mostrarles a ellos que todo en la vida, con buena actitud, es posible. Este ejercicio fue aplicado por todos y cada uno, tiempo después, en sus hogares, con excelentes resultados. Gracias a ella el colegio se convirtió en un catalizador de emociones y valores, en un ente verdaderamente educativo; sus ojos lograron desentrañar en el alumnado una gran verdad: que lo positivo está latente en cada rincón de la existencia, solo hay que saber de qué forma sacarlo a la luz. De ahí en adelante, sin necesidad de recurrir al ejercicio formal, cada quien enaltecía al otro, adornándole su vida problemática con flores; incluso a la maestra también le exaltaron su ser; lo que en algún momento dio, empezaba a ser retribuido.


Y todo el proceso de educación continuó. Lo ortodoxo siguió de la mano con lo heterodoxo, los formalismos y teorías se mezclaron con la camaradería y el cariño, la explosión de sentimientos y conocimiento seguiría produciendo chispas. Ahí empezaron a sentir que vivían, así empezó una verdadera vida para los alumnos.

jueves, 3 de octubre de 2013

La carta rectangular

Hace un tiempo llegó una tarjeta en la cual cordialmente se hacía una invitación a un mundo cercano pero lejano, a un mundo adornado de múltiples maneras. La tarjeta consistía en un rectángulo de cartulina blanca plastificada llegando incluso a tener similitud con el papel bond, de letras cursivas y sencillas de color azul oscuro. Decía “Bienvenido sea Usted”. El sobre estaba cerrado y como pegatina para hacerlo estaba un pequeño broche de zafiro, de ese zafiro que escasea en el mercado de las piedras preciosas, y que sólo se usa para ocasiones especiales como esta.

El cartero que andaba repartiendo las invitaciones cumplió su labor a carta cabal. Muy juicioso fue de casa en casa, haciendo dos toques sutiles al maderamen del pórtico y acto seguido, independientemente de que abrieran o no, echaba la invitación por debajo de la puerta, con poca fuerza pero con la mínima necesaria para que el sobre recorriera unos cuantos centímetros de arrastre, cosa que cuando el destinatario se dispusiera a abrir se topara con él.

Mientras tanto estaba en su sillón reclinable un señor pomposo y rebosante en boato; mientras degustaba un plato rico en sabor y en calorías, daba órdenes a mansalva a sus súbditos, ya que siempre estaba exigiéndoles más de lo que podían dar. Llevaba un traje de precio alto pero de glamour bajo, muy acorde con su personalidad. El vestido tiene la forma del cuerpo, y a veces refleja el alma. A medida que se quejaba, ahíto de preocupaciones, llegó el mensajero y le entregó el sobre sin argumentar nada, ya que en realidad no sabía cómo había llegado a la recepción. Permaneció unos segundos dudando y antes de echar dicho papel a la basura, y al darse cuenta que la caneca estaba llena, decidió abrirlo. Así mismo hizo mucha gente también.

La inmensa cantidad de sobres  fue abierta en múltiples lugares, en diferentes partes del mundo, al unísono. Al hacer lo anterior, se dejaba entrever la invitación en papel reciclable, un poco rústico y de color beige. Con el mismo tipo de fuente usada en el sobre, estaba una inscripción que decía “déjate llevar por el olor de tu bebida de la mañana”.

Gran parte de los lectores leían tal frase e inmediatamente miraban al reverso, para ver si ahí estaba la continuación. Pero no había más letras.

En otro sitio, en la misma ciudad, caminaba discutiendo una pareja, ya cansada de sus múltiples desavenencias, considerando la idea de separarse. Separaciones que se planean cuando hay nortes disímiles, cuando el desamor les circunda. Mientras andaban en un alegato de razones fútiles, un niño que vendía globos inflados con helio le entregó un sobre a  cada uno; la simple mención de la bienvenida plasmada en las letras les hizo callar la boca, leyeron, y se detuvieron.

Entretanto, el señor pomposo se paró, miró hacia la ventana, atisbó los altos edificios vecinos y pensó en la frase. Su bebida de la mañana era un café excelso. Al sentir su aroma, un aroma que todo el mundo percibe pero en realidad pocos se detienen a admirar, su rostro cambió, se acordó de sus familiares a quienes tan abandonados tenía, ya que ese olor le recordó un paseo en carro que había hecho hace unos años. El aroma de remembranzas lo hizo llamar por teléfono a su mamá, a preguntarle cómo estaba, a preguntarle por su vida, una vida que él desperdiciaba trabajando y mandando.

El resto del día estuvo muy contento, a cada rato acercaba la taza a su boca, tomaba su café y olía su aroma, y pensó en porqué desperdiciar tanto tiempo haciendo llamadas, trazando cronogramas y motivando outsourcings, siendo que su familia, que es lo más importante, estaba cada vez más distante; ni siquiera él sabía en qué vicisitudes estaban sus hijas. Miró a los demás, miró todo claro. La vida consiste en nacer, ver nacer, ver morir y morir. Eso era todo, eso es todo, y canceló todas sus citas. Dos horas después estaba en el parque jugando pelota con ellas, con sus hijas, sudoroso, con su traje de precio alto y ahora sí con algo más de glamour.

La pareja que altercaba mientras desayunaba afanosamente en la calle hizo caso al aviso: él bajó su mirada hacia el té de frutos rojos, ella hacia su café latte. Olores ancestrales, mordiscón ancestral del subconsciente que lleva a parajes lejanos; y ahí fueron transportados a su primera cita, tomando lo mismo, con el olor de paz y relajación que emana de estos ingredientes. Eran las mismas almas, un poco más jóvenes, construyendo un futuro que se estaba destruyendo en el presente. A veces el mero recuerdo de algo cambia la perspectiva y hace que lo que estaba ocurriendo segundos antes sea visto de manera diferente.

Ella, con su pelo rubio, lo miró y vio una base sólida, un amor sólido; porqué enmascarar ese amor con problemas diarios e inanes de convivencia? Ahí estaban, estaban sus cuerpos, la sonrisa fluye y el beso que hace tiempo estaba tan esquivo volvió a convertirse en el protagonista y cómplice de su historia. Nada en la vida es demasiado grave, estaban juntos de nuevo, los suspiros volvieron. Larga libación a ese té y a ese café latte.

Los cambios en el mundo se producen de a cucharaditas. Que se tenga conocimiento, una pareja retomó su rumbo ese día y un padre mejoró ostensiblemente la relación con su familia; seguro que otras mejoras en la carretera de la vida hubo ese día causadas por lo mismo, sin embargo plasmo dos casos vívidos; algo que está ahí todas las mañanas y que permanece imperceptible desencadena profusión de sentimientos y así el optimismo gana la partida.


Ese día también se produjo otro cambio: En el autor de esas tarjetas se pintó una leve pero sustanciosa sonrisa de satisfacción, un inflamiento de pecho por haber sido artífice de un movimiento que curó un par de familias y otro tanto de corazones. La invitación, llena de color e inocencia, había surtido efecto. Estaba contribuyendo a cambiar nuestro mundo.