jueves, 17 de octubre de 2013

El tendero de la cabaña

Al final de la avenida, yendo hacia el norte, había que cruzar a la derecha para entrar a una calle más angosta;  transitando por esta calle había una curva, una bajada, y desde ese punto el terreno de asfalto pasaba a ser de piedras pequeñas, una mezcla perfecta entre carretera y trocha. Si alguien transitaba en carro debía bajar su velocidad un poco, si iba en bicicleta debía sortear alguna que otra piedra, de esas que se posan a veces en el camino y que truncan el proseguir corriente, pero digamos que no era tan necesario ir más despacio; con un poco de cuidado se podía llegar al destino.

Es más, era recomendable llegar en bicicleta; siempre lo es. De esta forma al ir cuesta abajo se podía sentir el viento fuerte en el rostro, las mejillas se podrían llenar de un fulgurante rosado y la sensación de actividad en las piernas, de frenar un poco la llanta delantera, otro tanto la trasera y el incesante devaneo entre los surcos hacía la llegada más amena. Y esto suponiendo que no hubiera paisaje alrededor para admirar. Sin embargo, había un sembrado de azucenas blancas y amarillas al costado derecho, de seis pétalos oblongos y un poco puntiagudos, un sembrado que hacía inevitable detenerse en el vehículo, sea cual fuere, y arrancar siquiera una de estas maravillas de la vida y olerla por unos segundos. La única condición que tenía impuesta el dueño del sembrado era que toda flor que fuera arrancada debía ser regalada a alguien.  

Al ser regalada, bien fuera al cónyuge, al hijo o a la madre, por citar unos pocos ejemplos, esta flor cumpliría la función para la cual fue creada: brindar alimento al espíritu con su color y fragancia.

Dejando atrás el campo de azucenas y rodando unos veinte metros más quedaba la cabaña. Una cabaña de madera, café oscuro, con puerta gruesa, un par de vitrinas y una ventana grande con su alféizar ancho para recibir visitas; de esos donde se recitaban poemas, de esos que ya casi no existen. Al tocar el aldabón salía el dueño, al cabo de unos treinta segundos.

En la cabaña siempre estaba él; era conocido en todas las villas cercanas como el tendero. Una persona de mediana edad a la que los vecinos y coterráneos acudían, bien fuera por las bebidas tan refrescantes que brindaba, por las golosinas que vendía en una de las vitrinas que mencioné antes o por los consejos que daba a toda alma necesitada.

Estar con el oído atento y el corazón abierto era una labor que el tendero siempre tenía como lema. La dinámica era la siguiente: sonaba el portazo, él se trasladaba del balcón hacia la puerta, no sin antes bajarle un poco al volumen de la música que siempre estaba ahí ubicua en todo el recinto,  miraba por el ojo mágico a la persona que estaba al otro lado y la recibía con una sonrisa. Muchas amistades hizo porque gracias a la cadena del voz a voz, la gente que tocaba la puerta ya sabía expresamente a qué se dirigía.

Hace pocos meses golpearon el aldabón. Sin aspavientos sonó y el tendero lentamente fue a abrir, con la habitualidad de hacer una labor común, con una mirada convencional; miró por el ojo mágico y ahí esperaban dos amigos de la infancia. Sabemos que previamente le había bajado el volumen a ese jazz tan ecléctico que infundía ceremonias melómanas en medio de sofás y leña.

Con gran abrazo fueron saludados por él y pasaron a la sala. Cada quien cogió un vaso de bebida refrescante, un jugo mixto de frutas cuyos ingredientes y proporciones eran un verdadero secreto, y se sentaron, uno en una silla de mimbre clásica, otro en el sofá de terciopelo morado y el tendero quedó de pie, por el momento. Les preguntó si querían algo más y uno de los presentes respondió que quería comprar unas cuantas galguerías para su novia; golosinas que además de saber rico eran bonitas y envueltas en papeles plastificados. Claro que sí, él le empacó unas cuantas en una caja junto con un dibujo hecho a lápiz, con colores básicos y hojas bond; ahí venía plasmado un mensaje de amor, de ese coqueteo constante que debe haber entre el novio y la novia, ese que produce cosquilleos.

Muy agradecido quedo el amigo con él; no se veían aproximadamente hace dos años; aquí no hablaremos de amistades antiguas congeladas en el tiempo por múltiples ocupaciones, sino solamente de un trío de amigos un poco ingratos que se veían a veces.

El otro muchacho, mayor un par de años que el tendero, quería darle un pequeño detalle a su hijo pero no quería caer en los típicos presentes que tanto promulgaban los medios de comunicación, así que le pidió algo que de pronto pudiera alegrarle el corazón floreciente e imberbe. Después de unos minutos, dibujó en una hoja sencilla un carrusel inmerso en una ciudad de hierro, con mucha gente, y sobresalía la figura de un niño sonriendo. Atado a éste, venía un barquillo de chocolate, una almendra recubierta y un mensaje corto, pedagógico e infantil.

Los dos amigos tenían listos sus encargos. Lo que vendría después sería la tertulia en la que se ponen al día, se comparten palabras acerca de los sueños, las expectativas y los desamores para unos contrastando con los amores para otros. En este caso quedó plasmada la amistad entre ellos y la prueba irrefutable de la misma: la confianza. Quedaron los tres departiendo con soltura, sin la incomodidad del momento de silencio, con la comodidad de decir lo que les gusta y lo que no. Con la placidez de ser personas libres.

Siendo las diez de la noche, después de comer bizcochos de agrás y amapola, los amigos se despidieron; se fueron con el estómago lleno, con el corazón  contento y con la satisfacción de la visita. Llevaban además los productos del tendero, los que él diariamente cultivaba y comercializaba, unos productos muy bien empacados: dulzura y palabras.


No ocurrió nada más. La gran mayoría de los días son así: ordinarios, mas no aburridores. El periodismo y los noticieros deben ocuparse de lo extraordinario. La sencillez de la vida se hizo notar y el tendero fue a descansar con su abrigo, sus medias gruesas y su corazón sereno. Al día siguiente la vida continuaría y alguien más tocaría a su puerta, ya sabiendo de antemano las delicias que había adentro de esa acogedora cabaña.

jueves, 10 de octubre de 2013

Una maestra

A las siete de la mañana de un lunes, luego de caminar aproximadamente treinta minutos por la acera, llegó la maestra al colegio. Era un colegio humilde, con presupuesto mitad oficial y mitad privado, que consistía en cinco aulas, una oficina de profesores, un patio de cemento, dos baños y una tienda de comestibles; en esta última se podía acceder a algunos bocados típicos. Era una educación brindada con poco tecnicismo y con bastante rigor, un rigor que rayaba en el maltrato, con un volumen alto en voces que genera un aminoramiento de las personalidades de los educandos.

La educación tradicional y a la antigua, más aun al aplicarse a una población adolescente, difícil y de escasos recursos, se hacía con gritos, con amenazas y aplicando la escala vertical del poder; dogmatismos ancestrales en los que la voz del profesor ahoga y suprime la opinión del rebelde muchacho. Existían unas guías, unos preceptos y salirse de esos límites en un recinto con también bastantes límites era impensable. Las formalizaciones impuestas hacían que todo fuera gris y plano, cumplir una teoría era el único norte, en un claustro inundado de almas que buscaban mejorar pero no lo estaban haciendo.

La maestra llevaba poco tiempo trabajando ahí; llegó con su delantal, su cartera y una libreta para apuntar cualquier idea. Ya en días anteriores había empezado a tratar dos cursos con sus teorías sobre la convivencia, la autoestima y la orientación profesional, con resultados de a pulso y muy meritorios. Se acercó al salón de profesores y habló con la directora; ella le dio un material fotocopiado de veinte hojas donde se plasmaba el tema que sería estudiado y discutido en las horas posteriores. La diferencia radicaba en que el curso al cual iba a entrar era desconocido para ella, y por lo tanto ella era desconocida para los alumnos. Era la primera vez con ellos, sentimientos encontrados acerca de no saber qué iría a ocurrir.

Personalidades disímiles convivían en el recinto; treinta alumnos adolescentes de afecto estaban ahí, algunos enfundados en sus chaquetas, algunos con sus audífonos escondidos y otros tantos conversando a altos volúmenes; no importaba de qué estuvieran hablando, la idea era generar una turbamulta que hacía el normal cumplimiento del programa una tarea imposible. Cuando la maestra se presentó y empezó, nadie se callaba y las miradas amenazadoras hacia ella eran indecibles.

Tal desazón ocurrió allí que la docente no tuvo más opción que tratar de callarlos; al ver que no pasaba nada, decidió esperar a que terminara la clase. Sonó el timbre, todos los muchachos alevosos empezaron a retirarse, sin despedirse. Cuando el último se hubo marchado y quedó sola, muchas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, unas lágrimas grandes, amargas y transparentes de impotencia. Cuando el desahogo cesó, limpió su cara, retocó su maquillaje y volvió a la sala de profesores a buscar a la directora. La pregunta inicial era porqué ellos habían tenido ese comportamiento. La respuesta inicial era porque ellos eran así.

Habiéndole dicho esto, la naturalidad de un comportamiento que no puede ser cambiado, la directora le aconsejó, de manera adusta y laboral, que la única forma de haber sentado un indicio de autoridad momento atrás era por medio de un grito estentóreo y una amenaza. Decir que si no elaboraban el taller de 10 preguntas su estancia se vería comprometida y podrían ser expulsados era un arma que nunca fallaba. Señalar con el dedo, subir la voz, mirar con las cejas arcadas y amenazar era la opción. La maestra pensaba en las vidas de todos y cada uno de los estudiantes; eran unas vidas extracurriculares entintadas de maltrato, abandono, soledad y abusos por decir lo menos. El educando promedio tenía relaciones álgidas en su núcleo familiar, aquí el problema no eran solamente los medios económicos, sino los formativos; de estos problemas ella ya había tenido algo de conocimiento por conversaciones escuetas que tenía al inicio y al final de la jornada. Acá están viniendo a estudiar y reciben el mismo trato que en su hogar, pensaba la maestra. Bolas de nieve alimentadas de miradas y malos tratos que imploraban ser detenidas.

Eran las siete de la mañana del día siguiente, martes. La maestra vio en su cronograma que tenía clase con el mismo grupo. Entró al salón, un aula que estaba embebida en rechiflas y bulla. Escribió una nota en el tablero con letra cursiva legible y se marchó.

“El ejercicio de hoy es el siguiente: el compañero le debe decir al de al lado algo que le guste, que le parezca agradable de él. Vuelvo en cinco minutos”. Las rechiflas y falsos orgullos, que no denotaban nada más que inseguridad y baja autoestima, fueron remplazados por risas nerviosas, castañear de dientes, mordisqueo de uñas, miradas cómplices y rubor natural en mejillas multiétnicas.

A los cinco minutos efectivamente volvió la profesora, saludó cordialmente con una sonrisa muy bella y refrescante, de esas que lo ponen a uno a suspirar; tónico esencial para empezar de manera alegre una mañana. Los que antes miraban mal y gritaban, ahora esperaban con un poco de incredulidad el desarrollo del taller. La maestra, con su voz pausada, llamó a dos alumnos, los más distantes en el salón y en el trato. Se paró uno al frente de la otra. No eran capaces de mirarse a los ojos.

En estas almas, tan necesitadas de ser esculpidas, almas como todas, la invitación para hablar de algún aspecto positivo parecía poco menos que un exabrupto, nunca lo habían hecho.  El tiempo transcurrido entre la unión de dos miradas y su separación empezó a pasar de instantes mínimos a varios segundos. Ver lo positivo era ver los ojos del compañero, su brillo, sentir el nerviosismo, mirar una sonrisa. Fue algo bueno, por primera vez había unión y se estaba logrando un objetivo.

Él respondió que lo más bonito de ella eran sus trenzas, después de divagar y casi llorar, porque le costaba mucho hablar de lo positivo; ella a su vez dijo que lo que más le gustaba era la risa. Seguirían así quince parejas más hasta lograr las treinta personas, los treinta corazones que hoy por primera vez habían conocido la cordialidad. Las barreras autoimpuestas empezaron a ser derribadas.

La maestra logró lo improbable. La directora, sorprendida por lo que había ocurrido, fue a felicitarla, ya que luego del taller pudo capturar la atención de sus alumnos, empezó a llamarlos por su nombre, pudo hablarles sin necesidad de subir la voz y motivó a forjar amistades, incluso algunos romances. Cuando el rigor es cambiado por el corazón empiezan a producirse explosiones.

Era ella, la maestra. La que con corazón y ejemplo logró mostrarles a ellos que todo en la vida, con buena actitud, es posible. Este ejercicio fue aplicado por todos y cada uno, tiempo después, en sus hogares, con excelentes resultados. Gracias a ella el colegio se convirtió en un catalizador de emociones y valores, en un ente verdaderamente educativo; sus ojos lograron desentrañar en el alumnado una gran verdad: que lo positivo está latente en cada rincón de la existencia, solo hay que saber de qué forma sacarlo a la luz. De ahí en adelante, sin necesidad de recurrir al ejercicio formal, cada quien enaltecía al otro, adornándole su vida problemática con flores; incluso a la maestra también le exaltaron su ser; lo que en algún momento dio, empezaba a ser retribuido.


Y todo el proceso de educación continuó. Lo ortodoxo siguió de la mano con lo heterodoxo, los formalismos y teorías se mezclaron con la camaradería y el cariño, la explosión de sentimientos y conocimiento seguiría produciendo chispas. Ahí empezaron a sentir que vivían, así empezó una verdadera vida para los alumnos.

jueves, 3 de octubre de 2013

La carta rectangular

Hace un tiempo llegó una tarjeta en la cual cordialmente se hacía una invitación a un mundo cercano pero lejano, a un mundo adornado de múltiples maneras. La tarjeta consistía en un rectángulo de cartulina blanca plastificada llegando incluso a tener similitud con el papel bond, de letras cursivas y sencillas de color azul oscuro. Decía “Bienvenido sea Usted”. El sobre estaba cerrado y como pegatina para hacerlo estaba un pequeño broche de zafiro, de ese zafiro que escasea en el mercado de las piedras preciosas, y que sólo se usa para ocasiones especiales como esta.

El cartero que andaba repartiendo las invitaciones cumplió su labor a carta cabal. Muy juicioso fue de casa en casa, haciendo dos toques sutiles al maderamen del pórtico y acto seguido, independientemente de que abrieran o no, echaba la invitación por debajo de la puerta, con poca fuerza pero con la mínima necesaria para que el sobre recorriera unos cuantos centímetros de arrastre, cosa que cuando el destinatario se dispusiera a abrir se topara con él.

Mientras tanto estaba en su sillón reclinable un señor pomposo y rebosante en boato; mientras degustaba un plato rico en sabor y en calorías, daba órdenes a mansalva a sus súbditos, ya que siempre estaba exigiéndoles más de lo que podían dar. Llevaba un traje de precio alto pero de glamour bajo, muy acorde con su personalidad. El vestido tiene la forma del cuerpo, y a veces refleja el alma. A medida que se quejaba, ahíto de preocupaciones, llegó el mensajero y le entregó el sobre sin argumentar nada, ya que en realidad no sabía cómo había llegado a la recepción. Permaneció unos segundos dudando y antes de echar dicho papel a la basura, y al darse cuenta que la caneca estaba llena, decidió abrirlo. Así mismo hizo mucha gente también.

La inmensa cantidad de sobres  fue abierta en múltiples lugares, en diferentes partes del mundo, al unísono. Al hacer lo anterior, se dejaba entrever la invitación en papel reciclable, un poco rústico y de color beige. Con el mismo tipo de fuente usada en el sobre, estaba una inscripción que decía “déjate llevar por el olor de tu bebida de la mañana”.

Gran parte de los lectores leían tal frase e inmediatamente miraban al reverso, para ver si ahí estaba la continuación. Pero no había más letras.

En otro sitio, en la misma ciudad, caminaba discutiendo una pareja, ya cansada de sus múltiples desavenencias, considerando la idea de separarse. Separaciones que se planean cuando hay nortes disímiles, cuando el desamor les circunda. Mientras andaban en un alegato de razones fútiles, un niño que vendía globos inflados con helio le entregó un sobre a  cada uno; la simple mención de la bienvenida plasmada en las letras les hizo callar la boca, leyeron, y se detuvieron.

Entretanto, el señor pomposo se paró, miró hacia la ventana, atisbó los altos edificios vecinos y pensó en la frase. Su bebida de la mañana era un café excelso. Al sentir su aroma, un aroma que todo el mundo percibe pero en realidad pocos se detienen a admirar, su rostro cambió, se acordó de sus familiares a quienes tan abandonados tenía, ya que ese olor le recordó un paseo en carro que había hecho hace unos años. El aroma de remembranzas lo hizo llamar por teléfono a su mamá, a preguntarle cómo estaba, a preguntarle por su vida, una vida que él desperdiciaba trabajando y mandando.

El resto del día estuvo muy contento, a cada rato acercaba la taza a su boca, tomaba su café y olía su aroma, y pensó en porqué desperdiciar tanto tiempo haciendo llamadas, trazando cronogramas y motivando outsourcings, siendo que su familia, que es lo más importante, estaba cada vez más distante; ni siquiera él sabía en qué vicisitudes estaban sus hijas. Miró a los demás, miró todo claro. La vida consiste en nacer, ver nacer, ver morir y morir. Eso era todo, eso es todo, y canceló todas sus citas. Dos horas después estaba en el parque jugando pelota con ellas, con sus hijas, sudoroso, con su traje de precio alto y ahora sí con algo más de glamour.

La pareja que altercaba mientras desayunaba afanosamente en la calle hizo caso al aviso: él bajó su mirada hacia el té de frutos rojos, ella hacia su café latte. Olores ancestrales, mordiscón ancestral del subconsciente que lleva a parajes lejanos; y ahí fueron transportados a su primera cita, tomando lo mismo, con el olor de paz y relajación que emana de estos ingredientes. Eran las mismas almas, un poco más jóvenes, construyendo un futuro que se estaba destruyendo en el presente. A veces el mero recuerdo de algo cambia la perspectiva y hace que lo que estaba ocurriendo segundos antes sea visto de manera diferente.

Ella, con su pelo rubio, lo miró y vio una base sólida, un amor sólido; porqué enmascarar ese amor con problemas diarios e inanes de convivencia? Ahí estaban, estaban sus cuerpos, la sonrisa fluye y el beso que hace tiempo estaba tan esquivo volvió a convertirse en el protagonista y cómplice de su historia. Nada en la vida es demasiado grave, estaban juntos de nuevo, los suspiros volvieron. Larga libación a ese té y a ese café latte.

Los cambios en el mundo se producen de a cucharaditas. Que se tenga conocimiento, una pareja retomó su rumbo ese día y un padre mejoró ostensiblemente la relación con su familia; seguro que otras mejoras en la carretera de la vida hubo ese día causadas por lo mismo, sin embargo plasmo dos casos vívidos; algo que está ahí todas las mañanas y que permanece imperceptible desencadena profusión de sentimientos y así el optimismo gana la partida.


Ese día también se produjo otro cambio: En el autor de esas tarjetas se pintó una leve pero sustanciosa sonrisa de satisfacción, un inflamiento de pecho por haber sido artífice de un movimiento que curó un par de familias y otro tanto de corazones. La invitación, llena de color e inocencia, había surtido efecto. Estaba contribuyendo a cambiar nuestro mundo.

jueves, 26 de septiembre de 2013

El reencuentro

Ella entró al recinto, gracias a que abrió la puerta con una llave que encontró tirada en el piso.  Parece que ese objeto le hubiera hablado, ya que no se sabe porqué ella iba caminando por la calle y por esas cosas de la vida volteó a ver hacia un rincón de ladrillo, un rincón que nadie mira; ahí estaba el pedazo dentado de metal, esperando ser recogido. Hay veces que los objetos tienen vida propia, y esa vida propia cambiaría su vida.

En la superficie roñosa de la llave estaba grabada en relieve una especie de torre inclinada de 8 pisos, con columnas dóricas, de color blanco, de un estilo muy propio; ella conocía esa construcción, sabía a dónde exactamente debía dirigirse. La intuición, gran arma de las féminas, le hizo pensar que esa llave abriría la puerta del cuarto principal de esa torre; para allá se fue, no sin antes asegurarse de comprar unos víveres, unos medicamentos y recoger su trench coat de cuero rojo. El sitio a donde se disponía ir era de clima frío y de vientos fuertes.

La gran mayoría de veces no importan los resultados ni el objetivo, ya que estos pueden darse mucho tiempo después o incluso podemos no verlos nunca; pero el proceso, ese sí que es importante, el día a día en el cual se camina hasta llegar a donde queremos llegar. Así que empezó a caminar durante largas jornadas para llegar allá.

A medida que caminaba, a veces por llanuras, a veces por caminos empedrados y a veces por cuestas álgidas, se encontraba y saludaba a muchos niños, ancianos, adultos, elefantes, libélulas y mariposas con hermosos ocelos, de variados colores, impresos en sus alas. Era gratificante ver cómo un niño asintió con la cabeza y se le quitó el sombrero cuando la vio. Siempre sonreía, no importa que estuviera cansada o desesperada, ya que los seres que se encontraban con ella mostraban tal actitud de amistad que desarmaban a cualquier alma ponzoñosa.

En el trasegar de los pasos empezó a envejecer. La sonrisa de las mujeres nunca cambia en esencia, solo cambian sus aditamentos: una línea de expresión más demarcada, un pelo más débil y con canas, una imperfección natural y progresiva. Pero esa energía en su mirada era la misma; todavía era ella, todavía era bella. Un día de otoño, en el que el viento azotaba las paredes y el cansancio azotaba las almas, llegó por fin a su destino, a esa torre inclinada de columnas dóricas.

Del bolsillo derecho inferior del trench coat sacó la llave. Sin embargo, antes de decidirse a entrar, sin saber qué habría al pasar la puerta, sin saber si volvería a palpar este mundo con todo lo bueno y malo que lo caracteriza, decidió detenerse.

Miró para atrás, para los lados y para adelante. Sólo se oía el soplar del viento y el crujir de toda la estructura blanca a causa del mismo. Se sentó un rato en una banca que vio abandonada por ahí cerca, y descansó; estaba cansada de tanto caminar, estaba sola, pero estaba feliz y realizada. Mientras estaba ahí, se le posó una ardilla en el hombro y le causó bastante gracia ver a ese pequeño animal, no veía un animal así desde hace veinte años.

Recordó cuando estaba con él, cuando iban cogidos de la mano paseando por el parque, a unos pocos kilómetros de distancia de donde se encontraba ahora, y se les posó una ardilla al frente, con esa mirada tan pícara y ese crepitar de dientes al mascar su alimento. Recordó también las risas de esa época, risas setenteras, cuando en pocos segundos la ardilla se escabulló entre las ramas de un arbusto y desapareció por completo.

Los recuerdos estaban ahí, llenos de alegría y música; siempre recordaba, tenía en su libreta de apuntes una frase de un periodista checo que decía lo siguiente: “Recordar es la manera de detener el tiempo”. Cogió la llave entre sus dedos y decidida abrió la puerta.

Acto seguido, pudo divisar todo lo que había en el recinto: un candelabro, tres óleos renacentistas, un comedor de madera maciza sin mantel, una canastilla con frutas silvestres, servilletas de tela fina, dos platos con su respectivo set de seis cubiertos, una jarra de cristal llena de sangría, sangría hecha con el mejor vino tinto de la región, y una comida deliciosa presta a ser servida.

Su rostro se inundó de lágrimas, de esas lágrimas que brotan automáticamente al recibir un shock tan fuerte. Ahí estaba él sonriendo y parado de manera taciturna en una esquina del lugar; empezó a caminar lentamente, denotando un nerviosismo obvio y esperable, y le cogió la mano. Diez segundos que pueden representar toda una eternidad precedieron a lo que vendría después, un baile lento y acompasado, con música pero sin palabras, con presente y mucho pasado.

El vals de fondo hablaba por sí solo. En medio de los bemoles de Strauss, y con el contexto de los bemoles de la vida, ella solo podía mirarlo, era imposible que él estuviera ahí, después del accidente que había ocurrido en ese parque años atrás; un accidente que había truncado muchos sueños, ilusiones, bailes y puntualmente una cena que habían estado planeando durante esos días para celebrar su primer aniversario.


En la vida todo lo que debe ocurrir ocurrirá en algún momento, tarde o temprano. Ella lo esperó estos veinte años, y ahora estaban juntos de nuevo, en ese cielo melódico y diáfano. “Tranquila, no digas nada, esta es la cena que te prometí, ahora tenemos todo el tiempo del mundo para estar juntos” le dijo él. Y continuaron bailando, ella recostada en su hombro, con toda una eternidad por delante.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Don José

Don José Jaramillo vivía en las inmediaciones rurales de un pueblo, metido en el corazón colombiano: el municipio de Belén de Umbría, allá en el departamento de Risaralda. Este municipio es un bello sitio, a dos mil metros sobre el nivel del mar, donde se cultiva café, un café delicioso, tostado y humeante, que se vende muy bien y tiene ciertas características especiales que le dan un sabor diferente. Resulta que don José había vivido siempre allá, a 75 kilómetros de Pereira, lo cual se podría traducir a hora y media en yipao por la trocha, o a tres en caballo por en medio de los paisajes, de los cultivos de ese grano rojo que impulsó la economía de toda esa región. Para él, la distancia era expresada en dos tabacos, consumidos éstos de la cabeza a los pies, esparcido su humo lenta o rápidamente de acuerdo al viento que se estuviese presentando, o de acuerdo a la premura con la que don José quisiera echar las bocanadas.

Él tenía que ir una vez al mes en promedio a Pereira, por cuestiones netamente laborales; debía llevar los granos de café, debía pagar sus cuentas, sus impuestos, debía hacer cosas en la capital, en la Perla del Otún. Pero la última vez esos dos tabacos de duración del trayecto estuvieron acompañados por la presencia de unos señores desconocidos, que parecían de otra ciudad. Lo observaban fijamente a él, y solamente a él. Eran dos señores muy bien vestidos, de corbata, de aproximadamente 40 años y peinado de lado.

Han transcurrido 65 abriles desde que doña Mariela dio a luz a este cafetero trabajador y amoroso. Ahora en la actualidad, si bien él no está calvo, tiene un pelo blanco y escaso, el cual peina para atrás. No existía nadie entre todos los belumbrenses que fuera más hospitalario que él, nadie podía hacer más y mejores bromas que él, nadie trabajaba con ese fulgor. Era conocido en el pueblo, compartía con la gente y todos lo saludaban; un campesino que se había forjado con el sudor de la frente y la mugre en las manos; sus padres estaban seguramente en el cielo y vivía felizmente casado con doña Amparo, una campesina de ojos claros, de una vereda cercana. Aplica aquí a la perfección el adagio de que detrás de un gran hombre hay una gran mujer.

El amor y la chispa que generan los corazones cuando se juntan produce retoños, y en este caso, los 35 años de casados de esta pareja dieron dos hijos, ya adultos en este momento: Tomás y María.  Todos vivían en el único activo que tenía don José: una casa muy bonita, bucólica, cafetera, pequeña, en la montaña, con fogón de leña, ahora con acueducto, con el valor de saber que todo se fue haciendo poco a poco.

En esta casa, que tenía un corredor lleno de orquídeas, vivía la pareja con sus dos hijos ya mencionados, y una nieta, hija de Tomás, llamada Teresa, a quien don José había acordado  acoger como suya debido a la ausencia de su madre. Lo bonito de toda esta dinámica familiar era la cooperación: cada quien tenía una función. Teresa ayudaba a lavar platos, los dos hijos se encargaban de las frutas y las verduras, don José llevaba la carne, y doña Amparo ayudaba con el aseo.

Había dicho antes que el único bien que tenía don José era esa casa, pero me faltó mencionar otro bien: el corazón, ese corazón que latía por ellos, que lo motivaba a levantarse todos los días, con el cual bailaba la guabina y el pasillo lento, con el cual jugaba con la nieta, ladera abajo. Un corazón que compartía con todo el mundo, hasta con un grupo de cuatro amigos, amigos de toda la vida, con quienes se reunía a veces para jugar fútbol y hablar cháchara. Todo esto podría resumir su vida.

Cuando iba caminando por su hermoso pueblo, hace pocos días, volvió a ver a los dos señores elegantes. Ellos le pidieron el favor, de manera amable y nuevamente distante, de ir a la plaza del pueblo el día domingo porque lo necesitaban, argumentándole que iba a ser una sorpresa. Él notó misterio, más no desconfianza; su corazón no conocía la desconfianza. Dijo que allá estaría a las 3pm según lo acordado. Su timidez inicial se transformó en transparencia y calidez. Le empezaron a llegar imágenes a su mente y cayó en cuenta que los había visto varias veces, atisbándole, en todas sus labores diarias, desde hace varias semanas atrás.

Esa transparencia hizo que sus jornaleros rasos, a quienes él coordinaba diariamente en el sembrado de café, de propiedad de una empresa risaraldense, no lo consideraran su jefe, sino su amigo. Don José siempre llegaba y los saludaba efusivamente, trataba de decir alguna broma, algún comentario que pudiera relajar la tensión, llevaba café (umm, de ese café que sólo allá se consigue) en un termo blanco de tapa negra preparado por doña Amparo, les ofrecía, comían arepa, tomaban jugo de naranja, y empezaban ahí la jornada. Siempre estaba con actitud de trabajo, con fuerza, metido en el campo, dando lo mejor de sí y promulgando lo mejor a los demás.

Los jornaleros vivían asombrados de cómo él, siendo su jefe y ganando un poco más que ellos, podía ser de ese talante: “es una gran persona”, decía uno de ellos. Tenía el don de liderar con amor y humildad a su grupo sin recurrir a la fuerza que podría utilizar perfectamente, debido a su poder por ser la autoridad. Trabajaban, tomaban cerveza a veces, comían chicharrón en el puestico de don Luis, y estaban muy contentos con él, su jefe, su amigo, don José, quien veía a todos por igual, a todos con la vara de la comprensión y del humanismo.

A don José le pagaban el día; no recibía un emolumento pecuniario mensual, sino en efectivo diario. Con eso doña Amparo distribuía, con las prioridades reales, la vida diaria; esas prioridades que sólo las esposas saben administrar, y siempre con tesón, sacrificio y esfuerzo conseguían poco a poco sus objetivos: Ampliaron su casa y los hijos pudieron estudiar; una vez a la semana, los domingos, cocinaban un gran almuerzo con gallina, aguardiente, fríjoles y cerdo, e invitaban a unos cuantos vecinos; la nieta era feliz y nunca le faltó un par de zapatos, tenía juguetes, y así seguía la vida.

Las cosas que uno hace, uno cree que nadie las ve. Pero Dios está siempre por ahí dándose cuenta de todo.

Esas guabinas que con tanta emoción bailaba don José en las fiestas decembrinas hicieron que, durante una vuelta mal dada en la pista de baile afuera de su casa, se molestara el tendón del tobillo, cuatro meses atrás. De ahí en adelante, él quedaría con una cojera incipiente en su pie derecho que le impediría ser tan activo como antes; pero esto simplemente le disminuyó un poco de velocidad a la vida, ya que las actividades seguían siendo las mismas: los juegos con la nieta, su trabajo, sus bailes con doña Amparo y los diálogos con sus hijos hasta altas horas de la noche. Este hecho motivó a don José a hacer una pausa y a tomar las cosas con más calma de aquí en adelante en sus 65 años.

 “Para qué a mí, una persona del campo, más común y corriente pa’ dónde, sin nada de riquezas materiales, sin papeles en el gobierno, sin poder ni apellido, para qué me necesitan?”. Lo anterior se lo preguntaba siempre don José, a medida que iba caminando el domingo hacia la plaza, junto con su familia. “No sabría decirle abuelo”, decían todos muy circunspectos e indiferentes.

Llegó el día. Los belumbrenses estaban muy aglutinados en dicho recinto y sonaba bambuco a todo volumen. Por cada dos adultos había un joven y un niño, todos sonrientes y sencillos, mirando la tarima, la pantalla gigante, oyendo la música y comiendo alguna delicia típica.

Don José, que ya de por sí era buen jefe, con el sentido de la cooperación y del liderazgo esenciales; buen padre, estableciendo las prioridades de lo que en últimas es importante en la vida y dándoles siempre raíces y alas; buen abuelo, dando cariño y proporcionando alcahuetería; como si esto no fuera suficiente, don José tenía claro en su corazón, en ese bien el más magnánimo, el ímpetu por su patria, siempre sacaba la bandera raída todas las fechas nacionales; se emocionaba a las 6 de la tarde cuando oía en la radio el himno (en esa radio vieja de cuatro pilas y antena desplegable); sabía que su país es una tierra querida, himno de fe y armonía, una armonía que él trataba de llevar en todos los avatares de su existencia.

“Oiga mija, y porqué hay tanta gente en la plaza hoy? Parece que hoy nadie se quedó adentro en sus casas, todos están disfrutando de este sol y esta brisa!”. La música sonaba, la guabina se bailaba por unas 20 parejas de adultos, la gente estaba muy sonriente; era un día muy feliz, y era domingo, día perfecto para usar el sombrero clásico, herencia de su abuelo, y su vestido café oscuro con pañuelo blanco que, si bien hacía calor, daba orgullo y placer lucir.

La gente empezó a llorar de la emoción, don José preguntándose porqué, a medida que los dos señores, muy a las 3pm en punto, se acercaron al recinto, elegantes con gafas oscuras, montados en una tarima. Haciendo un breve saludo al público, le sonrieron, hablaron un rato y citaron unas palabras que decían así: “el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo”. Todo el mundo aplaudía, sonaba pólvora, música, risas, Belén de Umbría era una fiesta. Todos lo miraron a él, a don José, el personaje según él común y corriente. Pero un gran personaje, de gran corazón, para todo el resto del pueblo. Subió a la tarima y su familia lloraba.

“Felicitaciones, usted ha ganado el premio”, decían los dos señores que lo habían estado siguiendo todas estas semanas, analizando su vida, su forma de ser, su carisma, su esfuerzo y su fuerza en el corazón. Reunía todos los requisitos. Segundos después, don José agradeció, dedicó el premio a todo su pueblo, a Dios y a su familia. Ese día todo fue alegría y celebración más que merecida. Sí, don José ganó el premio al Gran Colombiano, un premio que también dedica a usted porque incluso usted también está en su corazón.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Los sonidos del silencio

Cuando el ruido se apaga y llega la melodía –la armonía incesante de la buena música o del silencio- se abre una puerta y se cierra otra. La vida cambia de color, en el juego de la vida saltamos desde un pedestal de ladrillo, bajamos la bandera, recibimos unos cuantos puntos y pasamos a otro mundo de otro color, con otra música y con otros personajes, o más bien con los mismos pero actuando diferente, moviéndose diferente.

El silencio es un lujo que el ser humano se debe permitir. Es poder oír los pasos de la gente, el viento, el crepitar de la teja de acrílico al ser castigada y a la vez bendecida por el sol, es oír el agua, el sonido del humo y también el sonido del ruido. Al estar en silencio, con los oídos abiertos a las experiencias, se puede oír ese ruido a la distancia, una fuerte aceleración de una moto a cuadras varias, un grito y una niña llorando.

En este silencio que siento, huelo y veo, se me ocurren ideas. Lo busco siempre: el silencio en el ruido, y paradójicamente también en el mismo silencio, ya que éste, en su estado más extremo y prístino,  produce desconcentración.

Es probable que lograr esto no sea tan fácil; el silencio se escabulle, es un niño que está detrás de un árbol sonriendo y tirando pequeñas piedras con el fin de pegarle al transeúnte en sus zapatos y de emitir algún sonido que haga aflorar la curiosidad y motive a empezar el viaje: tal y como el conejo blanco que Alicia siguió, previa instancia antes de llegar a un mundo donde su estatura fluctuaba y se volatilizaba.

Suena the Walkmen y el ruido exterior se esconde. El momento es mágico. El silencio interior se ha apoderado de mí, el silencio a todo volumen; es el receso, es el respiro, es lo hermoso de leer labios, imaginar diálogos y recrear conversaciones; es ver a una turista mostrar su abdomen y sincronizar su contoneo con la guitarra raída y acompasada; es oír una tos acompañada de su respectivo eco y del sonido de un par de tacones; es ver por varios segundos la espuma del jugo, de ver los surcos de la mesa de madera, unos rayones un poco más claros que el color original.

Detalles imperceptibles a primera vista, olores a torta y a humo de bus viejo, hordas de gente que me sobrepasa en velocidad, taquicardias de emoción y sonrisas.

Todo esto me recuerda una actividad grupal a la que asistí. El moderador del grupo nos regaló la oportunidad de irnos veinte minutos a campo abierto a disfrutar del silencio, de la manera en la que cada quien pudiera y quisiera interiorizar; consistía en irnos a caminar y ver qué podemos encontrar al estar con nosotros mismos, viendo el tronco del árbol que nos miraba imponente, viendo las gotas de rocío sobre el pasto y oyendo todo a distancia.

Este ejercicio representó para unos cuantos una experiencia extraña, al estar en ese silencio natural y ver que en últimas la comunicación más difícil es con su propio ser, al existir siempre en la rutina tanto ruido externo e interno: las preocupaciones, el preguntarse qué estará pasando en ese día hábil, la mente jugando sus cartas para mostrarle al dueño que necesita un descanso, la necesidad de evaluar aspectos de la vida importantes pero inviablemente poco urgentes.

Para otros resultó sinónimo de plenitud, de goce, de hacer un checklist mental sobre todos los ítems de su existencia. Surgieron inquietudes sobre qué están haciendo mal, qué están haciendo bien, a qué amigos no han llamado en los últimos meses y qué quieren en la vida. Catarsis salpicada de existencialismo, y catarsis a la par con el afán de la vida. Ambas percepciones -la extrañeza para unos y la plenitud para otros- son válidas.

En esta actividad el silencio me saludó, ese gran amigo me abrazó esos veinte minutos, me guiñó un ojo y me acogió; reviví incontables experiencias en las que lo busco diariamente por mi propia voluntad. Pero esta vez era diferente, ya que él me buscó a mí. Y me encontró. Fue un momento de reminiscencias y alegría, de la valoración del momento y del grupo con el que me encontraba, un grupo de personas en búsqueda de la felicidad.

Después vendría el intercambio de ideas, los diálogos, oír las experiencias cuyas conclusiones están ya plasmadas. Todo vuelve a su normalidad, el momento queda en nuestro corazón y la única forma de exteriorizarlo es con un suspiro.


El silencio exterior se convierte en mi cómplice, y la música interior en mi amiga; ambos inseparables. Son un tiquete de ida y vuelta a la imaginación. Así la tinta empieza a desplegarse de a gotas sobre este papel y como coadyuvante pretende plasmarles una fracción mínima de ellos. Una fracción mínima de la musicalidad del silencio.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Los juegos del hambre

Está el indigente en la calle sentado en un costado, junto con todos sus activos de riesgo: un perro nauseabundo de raza genérica, unos tenis negros rotos heredados de algún muchacho que de darles tanto palo jugando fútbol los dejó abandonados, un pantalón viejo y raído color caqui, una chaqueta larga y negra, miles de recuerdos, varios años todavía activos, barba larga, manchas, pústulas, pelo seco y negro, tres cajas de supermercado desarmadas malmandadamente y una bolsa de plástico con tres envases vacíos de gaseosa, a la espera de ser vendidos en algún lado.

Mientras está el señor de mediana edad -también es un señor- con toda su desesperanza, malos olores y dientes aterciopelados, ahí sentado por la noche en el centro de la ciudad, ve pasar gente de todos los colores y sabores; la mayoría lo denigra, la mayoría lo mira mal, uno que otro se compadece, uno que otro se pregunta qué pudo haberle pasado para llegar a ese estado: el estado de indigencia, en el que al igual que la enfermedad, puede uno ver lo que ha sufrido con solo mirar a los ojos; nuestras cicatrices tienen el poder de recordarnos que el pasado fue real, dicen por ahí; las cicatrices están ahí, el sufrimiento está ahí, no importan las razones.

El señor pudo haber sido un miembro de las altas esferas del poder, pudo haber sido una eminencia, tal vez lo sea, eso no importa. Ahora está ahí sumido en la más grande desesperación, apagando fuego con gasolina.

En ese momento pasa caminando una de las musas que son objeto de fantasías. Va ataviada con sus ornamentos, sus brazaletes y explota tendencias masivas a lo largo de toda su indumentaria: cristales de murano, ónix, aretes, oro, metales, carteras de cuero fino y elegancia. Milimétricamente todo está perfecto. Su cuerpo va contoneándose en cámara lenta, como se va difundiendo el humo de una buena pipa, sinuosamente, y pasa cerca a esta víctima –o victimaria- del pasado.

Aquí no hay nada diferente a instintos; el hambre que él siente desde hace dos días lo carcome por dentro. Es un sentimiento que nunca he sentido y que sé que usted lector tampoco. Todos queremos comer y nos dirigimos a la nevera, a la tienda de barrio, al restaurante o a donde la señora que tiene un puesto en la esquina y compramos un paquete de algo, un snack que nos llena; claro, habrá épocas de vacas flacas para algunos, otros tienen épocas de vacas gordas, pero el alimento nunca nos ha faltado. Leguminosas y tubérculos están en todos lados, podemos adquirir el líquido perlático de la consorte del toro, término referido años atrás a la leche, para nutrirnos. Él no. Ha comenzado el juego del hambre.

Camus dice que el hombre no es hombre por lo que hace, sino por aquello que los escrúpulos o la vergüenza le impiden hacer; pero en esta situación no hay escrúpulos, la definición de hombre expresada hace años por este escritor argelino no aplica frente a lo que en últimas somos: un animal. Y el hombre al sentir necesidad y apremio pierde su identidad. Él no sabe qué tiene ella puesto, no tiene ni idea cómo puede cotizarse la más mínima prenda que ella lleva, él necesita comer, él debe saciar su apetito. La ataca, la maltrata, la roba y corre despavorido. Dejó de ser hombre por saciar su hambre; ya posteriormente iría a vender por cualquier monto lo que robó.

El límite entre lo que está bien y lo que está mal se difumina cuando un ser humano está en una situación así; somos vulnerables y lo tenemos todo. El hambre ha sido el motor que activa lo inimaginable.

Casi todos los crímenes que castiga la ley se deben al hambre, decía Francois René de Chateaubriand, un político de hace dos siglos que, paradójicamente, prestó su apellido para nombrar un delicioso plato, un delicioso corte de solomillo servido en recintos a mantel que sacia y acaba precisamente con ese mal que él menciona como causa de los problemas.

La vida es muy corta, venimos a algo acá y acepto que exista toda clase de males, de carencias y de problemas, ya que todo nos forma –o nos deforma- para bien o para mal; pero que exista todavía el hambre y que un ser humano no tenga qué comer para por lo menos obtener la energía mínima para caminar y para pensar es algo surreal.

En Africa sopas hechas con cartón para exprimir al máximo alguna sustancia que mezclada con el agua hirviendo genere algo de metabolismo en usted.  En todos los rincones del planeta personas pensando cómo alcanzar la dignidad de poder conseguir qué comer; a pocas cuadras él atracándola a ella. Todo continúa. El salvajismo aflora cada vez que la necesidad lo exige.

Revoluciones, independencias, inventos, revueltas, paros y muerte. Son las consecuencias de algo tan básico y tan complicado como el hambre. En un concurso famoso en la televisión que hubo hace unos años, que consistía en pasar varios días con poco muy poco qué comer y bajo el escrutinio de jueces y realización ardua de múltiples pruebas físicas,  el ganador manifestó haber aprendido algo: que sentir hambre, hambre de verdad, hace que el ser humano se lance al abismo, que cometa lo más atroz.


Es lo absurdo de la condición humana, y es precisamente eso lo que nos hace humanos, animales y mortales: la dependencia en sentido macro, no de la inteligencia ni de la integración en el conglomerado social, sino del alimento, de algo que no nos falta pero que a muchos sí. Bienvenidos a  los juegos del hambre.