jueves, 19 de diciembre de 2013

Tránsito hacia la familia

El aeropuerto es un sitio donde se juntan varias historias siempre, y con más ahínco ahora en el ocaso, en el ocaso de este año que cierra su existencia sacando su último cartucho que le queda: la navidad. Es imposible no mencionarla, quedarse indiferente ante la movilización de tropas de niños, de jóvenes y de adultos hacia sus tierras, hacia sus orígenes. Es esta época necesaria y vital para el regocijo.

Todo en la vida tiene su función. Los cumpleaños motivan a felicitar al agasajado, a proporcionarle una corta visita, a regalarle un pendiente o una torta, cosa que no ocurriría si tal fecha en la que Dios lo trajo al mundo no fuera celebrada. Por muy breve que sea el trino o el abrazo, queda un sentimiento de gratificación. Estas efemérides sirven. Y esta otra efemérides, la Navidad, bien sea que alguien la vea desde el punto de vista religioso o que la vean desde el punto de vista familiar, o simplemente desde la óptica del descanso merecido y las fiestas, desde cualquier punto de vista es válida su celebración. Es una oda a la familia y a los amigos. Es libar una copa por ver a los padres, a los abuelos, a los amigos. Es partir una torta por los que ya no están. Es dejar que un niño lea la novena con términos ininteligibles. Pero para esto se necesita infraestructura.

En qué epicentro ocurre ésta? En un aeropuerto. Recuerdo la película Love Actually, que de hecho cumplió diez años hace poco. Ellas, como seres que son, celebran también su existencia. En esta película inglesa a más no poder, como les digo, muestran diversas parejas despidiéndose, riendo, saludándose, llorando, angustiadas, ansiosas, felices, mirando el reloj, esperando la vida, esperando el amor, a cámaras rápidas y a cámaras lentas. Y todo lo filman en Heathrow, aeropuerto de Londres.

Pero en cualquier parte lo podemos palpar. Ver al joven con un morral gigantesco en sus espaldas despedirse de sus padres, en búsqueda de la educación internacional con miles de sueños en sus bolsillos mientras ellos se quedan aquí, añorándolo pero sabiendo que es lo mejor para su futuro. El tercer llamado de una voz distante exhorta a su separación y a que pase a la siguiente sala. Adiós, queda el momento, las lágrimas en los ojos, quedó congelado el presente para ir a buscar algo más.

Quedan los padres abrazados, tristes y con el esplín a flor de piel, mientras que a dos metros una pareja espera a su niña, seis años menor que el que acaba de marcharse. Es su niña que llega de intercambio. Están las alegrías, la semiología colombiana, el recibimiento, alguna muestra de folklore, de esa idiosincrasia tan propia que sale por nuestros poros. La alegría del reencuentro convive con la amargura de la separación.

Sueños frustrados y sueños nacientes. La juventud y la vejez. Uno que otro crimen estará siendo detectado en este instante en tal recinto. Alguien también con sueños pero con contextos diferentes de engaño, ignorancia y ambición. Todo ocurre allí.

Vienen las filas del chequeo rutinario, la sala de espera, a veces atestada y a veces vacía, el cómodo salón VIP, el tinto, los dulces, a unos metros un hombre vocifera vituperios al enterarse que perdió el vuelo por alguna razón de índole citadina, un niño llora cansado por un retraso, una mujer cuenta las horas para ir a ver a su amado príncipe gallardo en otro país, otro muchacho de gafas oscuras y traje elegante espera con una maleta de mano abordar para asistir a una reunión fugaz de trabajo.

Cada humano cuenta y transmite su historia, mientras unos almuerzan y otros consultan información, a veces profunda y a veces banal en sus dispositivos portátiles.

La vida transcurre así, en la espera a ser trasladados, en la espera de ir a otra ciudad que, por cosas del destino y arbitrariamente, no es propia o sí lo es, es la de otros o es la de todos. Con todas las afugias, los estruendos, los afanes y lo inefablemente rutinario, se forjan las actividades, se cierran negocios, se cierran romances y se abren amistades.

Nuestra sociedad es de núcleos y de colmenas: terminales, centros comerciales, estaciones terrestres, colegios, buses y estaciones aéreas. Aquí estamos y el tercer llamado obliga a ingresar al avión. Unos volverán, otros no, es el símil con la vida misma, esa vida que transcurre entre encuentros, besos, peleas y satisfacciones. No podría ser de otra manera.

Bien lo dice una canción: Life’s a journey, not a destination. La vida es un viaje, no un destino. El mismo proceso de ir es la muestra de que vivimos. Y más ahora en Navidad, donde siempre habrá alguien que nos espera y a quien esperamos. Regalos de efemérides manifestados en presencia y calor humano.


Buen viaje en la vida y Feliz Navidad para todos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Las pegas

Existe en el ser humano siempre una completa añoranza hacia los hechos, modas, artefactos y usanzas de épocas pasadas. Estamos en una época en la que todo ocurre rápido, hacemos cada vez más actividades y podemos comunicarnos más fácilmente con todos. Pero no quiero escribir sobre eso, ni sobre qué tan bueno o malo era el pasado, o sobre qué tan bueno o malo será el futuro. De hecho el pilar fundamental de estas divagaciones no se centrará en aspectos generales de tiempos y nostalgias.

No. Si acaso les haré emitir un suspiro o una sonrisa hacia una actividad que es imposible de hacer en el presente. Ya no existe Studio 54 ni Alelusis, no hay casi vinilos, o lo que es lo mismo, no hay casi acetatos, no hay casetes y el teléfono fijo es cada vez más avanzado aun existiendo el celular, incorpora timbres digitales, mayor alcance en ondas y mayor calidad en sonido. Aparte de estas características tecnológicas que nos llevan cogidos de la mano hacia la modernidad relativa, término tan usado en escrituras actuales, existe una función que mató toda clase de posibilidad de reírnos, mató toda clase de imaginación en historias inimaginables, mató la imitación de voces entre usuarios. Es el identificador de llamadas. Muchacho antipático, función moderna que decodifica la onda y nos sopla en el oído –y también en la pantalla- de qué código de números proviene la voz del prójimo que se digna a hablarnos.

Mató una fuente de risotadas estentóreas, unas inofensivas y otras no tanto. El identificador de llamadas acabó con las pegas. O bromas en su acepción más general.

En las épocas universitarias, saliendo del alma máter, en las que se gestaban reuniones donde amigos de la infancia o también donde amigos emergentes propios de dicha época, luego de cierta elevación y ataques de cordura –y también de locura- surgía una idea luego de ya haber departido un rato, luego de haber oído canciones espectaculares de moda y luego de haber comido algunos snacks. Alguien en medio de la nada, con el calor propio de la ciudad en la que se gestaban dichos encuentros y tales estudios, de un momento a otro tendría la iluminación en su  cerebro y transmitiría dicho arranque a sus coetáneos: Hagamos una pega!!

Luego de un silencio corto, no quedaba nada más que imaginarse la actitud y la incomodidad de la otra contraparte al recibir a altas horas de la madrugada una llamada fría, antipática o incluso risueña. No se sabría dilucidar qué era peor. Luego del silencio que les cuento, vendría una risa, vendría la adrenalina secretada –y también secreta- al tomar una decisión sublime y esencial para ese entonces. La decisión de quién sería el soldado, quién sería el gallardo príncipe que sería capaz de portar la bandera, de conducir el ejército y de tomar la vocería. Quién sería el duro que tendría la capacidad de hablar, de prestar su voz para tal peligrosa y divertida empresa.

Después vendría otra pregunta. A quién llamamos? Debería ser a alguien no tan común, no tan familiar, que no los conociese tanto. Sigue la adrenalina. Surge una lista de innumerables candidatos, entre machos y féminas, entre familiares y vecinos, entre profesores y conocidos. El cónclave empieza a deliberar y surge un elegido. Después de miradas nerviosas y expectantes, a las tres de la mañana, ambiente tenso, silencio absoluto, tal vez a la distancia suena una moto acelerada a varias revoluciones, tal vez suene un eurodance a muy bajo volumen, tal vez suene un estornudo. Tal vez la persona responda el repiquete del teléfono.

Ring……..ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. Después de unos cuantos repiquetes la voz perezosa, un tanto cansada y un tanto angustiada, contesta. Un poco aterrada, es madrugada, quién puede estar necesitando algún favor, algún recado, algunas palabras a esa hora? Esto es extraño, ojalá no sea una calamidad, qué puede ser?

Al cabo de unos segundos existen dos opciones.  Primero, las ofensivas, que consistían en groserías, ajo y picante, claro está, enfundados en una voz distorsionada por la manga de un saco; y segundo, las jocosas, que simplemente implicaban la imitación de alguna voz de un personaje famoso, de un exnovio de la afectada o de algún compañero peculiar que incitara burlas. Todo esto se daba con una mano que tapa la bocina, mientras todos morían de la risa y mostraban rostros rubicundos.

Sigue el jaleo, sigue la faena, y el interpelado se empezará a dar cuenta que esa voz, esa risa, ese acento, o hasta alguna interferencia característica del teléfono solo puede corresponder a………Cuelgan el teléfono.

Vienen las risas después de colgar. Viene la celebración, en la que se ha logrado el objetivo propuesto, y todo es un mar de satisfacciones. Pero el mayor placer podría llegar al otro día, o dentro de dos meses, o incluso al cabo de un par de años. Si tal vez se encuentran en un evento de reunión de amigos del colegio, o por casualidad se toparan con alguien, podría ser que la otra persona dijera: -no, yo recuerdo la otra vez que alguien llamo a mi teléfono a las tres de la mañana a insultarme, no podía creer, quedé desvelada, es el colmo que me falten de esta forma al respeto-. –Tienes toda la razón, es el colmo- fue la respuesta que el interpelado aducía.

Y siguieron las bromas. Las pegas. Hay otras, que hacen parte del género de los clásicos, como llamar a preguntar si alguien lava ahí su ropa. Este, debido a su simplicidad, se da para que sea realizado por niños pequeños. Hay otros delatores, en los que se da un mensaje clave respecto a algún evento, por ejemplo alguna fiesta sorpresa o alguna serenata de perdón sin ser anunciada.


Son las pegas. Son como la juventud y como la niñez: quedaron en el pasado, en los recuerdos y en la certeza de lo imposible de su retorno. Pero también causarán risa siempre al recordarlas con los amigos, y seguro también causarán risa en víctimas y victimarios. Risa de satisfacción y alivio porque están seguros que nunca volverán a ser despertados, en pleno sueño delicioso, por algún cantaor anónimo de flamenco embebido en licor cantándole la tabla, o por algún payaso trasnochado con voz opaca gritando a los cuatro vientos un sinnúmero de sandeces y denuestos. Puedo descansar, y puede descansar Usted. Felices sueños, el identificador nos protege.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Llegando ( 3er capítulo )

En su maleta, Osías alistó ropa para cinco días. Sin saber qué clima podría haber en el paraje final, o sea la residencia de Laura, él fue precavido y llevó una tricota de lana de vicuña, perfecto escampadero para algún posible frío atroz. Sin embargo, llevó camisetas y pantalones cortos por si hacía calor. Naturalmente, llevaría su traje marrón cruzado, el traje que fue testigo del primer encuentro, ese encuentro que produjo chispas mesmerizantes de un enamoramiento inevitable e inatajable. Todo quedó empacado en una maleta pequeña de cuero.

La ansiedad y el imaginar a su amada producen palpitaciones rápidas; debe ser por eso que siempre al hablar de amor se habla del corazón. En ese órgano se metaboliza el sentimiento. Cada vez menos tiempo, cada vez menos distancia.

La década de los cuarenta. Él viviendo su modernidad relativa. Era su contexto, era su juventud. Ella allá en su tierra natal, sin imaginar siquiera la posibilidad de un reencuentro; y el destino nada más sonriendo al ver a estos dos seres. El bus Kenworth modelo 1933 surcaba las carreteras, algunas a medio pavimentar, otras empedradas, a veces bajo un sol refulgente y enceguecedor y  a veces bajo una lluvia pulsante. Pero todo es ganancia, cada minuto es un avance, a cada hora de estos tres días de viaje lo sublime se iba volviendo aterrizado, lo virtual se iba haciendo real.

Qué más queda yendo de pasajero en un bus lento, sin ninguna distracción, sin radio y sin la posibilidad de leer algún pasquín debido a la vibración incesante en el asiento?. Era imposible entretener la vista ya que el mareo sería insoportable, la retina inmediatamente se desprendería. Cuando no hay posibilidad de entretener la vista, hay que entretener la mente; divagar es la opción y qué mejor forma de hacerlo que pensando en el futuro, haciendo planes y elaborando conceptos.

Mientras llovía a cántaros en una recta de clima tropical húmedo, Osías empezó a imaginarse el futuro con ella, de una manera fugaz, tan fugaz como él quería. En ese futuro virtual él la besaba: juntaba su boca con la de ella, cerraba los ojos pero no del todo, cosa que levemente pudiera ver el rostro de Laura acercándosele, abriendo la boca poco a poco, girándose 45 grados para lograr la perfecta sincronía entre los labios; y al producirse el primer toque vendrían los cómplices: el paladar, los dientes y la lengua, transmitiendo endorfinas y demás sustancias que producen tanto placer.

Era ese beso virtual el objetivo, era oler su fragancia a Chanel número cinco. Era ver sus bucles, probablemente ahora igual de rubios pero más largos. Había un hijo en los planes, había madurez, había una hamaca, siempre un futuro forjado en pareja, ni más del lado masculino ni más del lado femenino. Ahí se plasmaba algo típico: el hijo hombre que él siempre había querido tener; un niño con rostro oval, cejas pobladas, con similar nombre al ficticio padre, merodeaba esas divagaciones con un pantalón corto, una camiseta de rayas y unas botas de cuero negras.

Ella, Laura, ahí estaba en ese universo, estarían tomándose fotos en la piscina municipal, ella con trajes de baño conservadores, enteros y sin ninguna curvatura sinuosa e insinuante, adornando su cabello y protegiendo su dermis con una pava azul tenue aguamarina.

Todo esto era el futuro. Con una aparición desordenada de diapositivas, pero cuando los componentes son agradables, ese desorden no existe, no es tal.  Más bien se vuelve variedad.

Entre juego y juego el bus se detuvo. Una patrulla de policías, compuesta de seis hombres fornidos y bastante imperturbables, estaba en pleno inicio del puente limítrofe entre el país de él y el país de ella. De manera amable solicitaron a la gente bajarse del vehículo, mientras preguntaban de dónde venían y hacia dónde iban. En plena exploración de los bártulos y de la ropa, saludaron a Osías. Él explicó que nunca había entrado al país, que era su primera vez, que el amor tocaba su puerta por primera vez y debía abrirle. El policía no podía decirle nada más. –Bienvenido, sea bienvenido el amor- le dijo.

Después de una hora, el bus arrancó. Son procedimientos habituales entre naciones. Si antes dicho encuentro estaba avalado por el destino y por Dios, ahora estaba legalizado y plenamente formalizado. Hay vía libre para ir a visitar a Laura. Cuando los eventos dejan de estar en lontananza y pasan a ser contados regresivamente, es como cuando se va a entrar en la ducha y se siente el salpicar de las gotas a unos centímetros. Prácticamente está inmerso en el evento. Faltarían cuatro horas, aparentemente de más lluvias incesantes y andinas.

Pudo dormir durante ese lapso. Al llegar toda la gente al destino final, una ciudad pequeña donde nunca pasa nada, con su gente aburguesada, si hubiera en ese instante un periodista él podría aducir que todos estaban demacrados, hambrientos y harapientos por el extenuante trayecto. Y de hecho así era, solo había un personaje que casi podría relucir entre todos, dibujando en sus labios delgados una sonrisa que muestra en sus ingredientes cincuenta por ciento satisfacción y cincuenta por ciento nerviosismo. Todos agradecidos con el chofer. Maletas en buen estado. Podían desocupar el vehículo. El viaje llegó a su fin.

Tres de la tarde en punto. La hora nona, dirían algunos. La hora en la que el sol muere y se larga la lluvia, dirían otros. Era la hora en la que, en esa pequeña ciudad, cambiaba el clima. Estaba Osías cogiendo un pequeño transporte que lo llevaría a la vivienda de la damisela en cuestión. Era una casa colonial, insertada en una pequeña cuesta, muy blanca y con un alféizar hermoso.

Hay que dejar el nerviosismo, hay que actuar. Al tocar el aldabón, a los treinta segundos, abrió una señora, aproximadamente cinco años mayor a Laura. Era la hermana. Al verlo con su atuendo recién puesto, de color marrón, sus zapatos usados con tesón pero con cuidado, su sombrero que ocultaba el flequillo y su maleta, no podía más que hacerle una venía y decirle que debía esperar unos minutos. Minutos que para él fueron eternidad, minutos de ahogo, sudor pero al final, minutos que serían recordados por siempre.


Al cabo de ese periodo de espera solicitado, abrió la puerta Laura.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La sociedad capicúa

Existe una tribu que nos pisa los talones todos los días, es una legión secreta de gente normal y convencional, como todos. Es una secta que cohabita con nosotros  sin ni siquiera poder percibirlo. Puede ser su vecino, su esposa, o su mejor amigo. No existen registros en ninguna página de internet ni buscador. Al poner el nombre del club, un nombre que pude oír por ahí confidencialmente, no sale nada en los motores de búsqueda. El resultado es cero. Toda esta imposibilidad en la búsqueda de información hace las cosas incluso más engorrosas y más insondables de averiguar.

Tal y como la sociedad Juliette: ésta es una sociedad en la que personas de las más altas esferas satisfacen sus gustos sicalípticos y libidinosos entre sí, a unos niveles elevadísimos de pasión, música y desenfreno. Es una sociedad secreta, no sé si en la ficción o en la realidad, ya que si uno no la conoce en últimas da lo mismo, y se llegaba a ella por medio de alguna invitación, por medio de laberintos infestados de música gabber a niveles insoportablemente trepidantes y galopantes. Cueros, arneses, máquinas, techno. Así es esa sociedad que pongo de ejemplo. Sin embargo, este club anónimo del que les escribo no tiene esos fines tan instintivos y marchosos. No. El objetivo de este club es otro.

El objetivo de este club es cuadrar minuciosamente las cifras en sus sistemas. Es lograr que ese presente tan efímero, pero a la vez tan eterno, quede congelado en las pantallas táctiles de estos nuevos artefactos inteligentes que nos ofrece hoy en día la tecnología. Que tanto acercan y facilitan, pero que tanto alejan.

Es posible pensar no en un club; más bien se podría decir que es una subcultura urbana. Sus integrantes no tienen cláusula de permanencia, en oposición a sus aparatos celulares que sí la tienen. Un hombre y una mujer pueden ser miembros de dicha asociación y pueden estar haciendo cualquier actividad. Pueden estar dando clase, pueden estar corriendo, pueden estar durmiendo, o incluso pueden estar en la fila del banco, fila que suscita toda clase de complicidades y temas vacuos. En las filas, las esperas y las hordas de gente, ahí mismo puede llegar el momento esperado.

El momento esperado por esta subcultura llega pocas veces en el día. Se vive al día. Se vive por el día. Cuando llega la noche todo ha terminado, el día siguiente estará enfrascado de múltiples y nuevas vicisitudes. Cuando llega ese momento, no importa qué esté haciendo el integrante, no importa que haya problemas, el tiempo se detiene. Y es este momento en el reloj el que provoca las más inmaculadas celebraciones, el elevamiento máximo al ver, por ejemplo, las 2:22 pm, ó las 3:33pm. Son los capicúas, números que se leen igual al derecho o al revés. Por ejemplo las 10:01am, las 13:31, así sucesivamente. Es el equivalente numérico de las palíndromas. Es la razón de ser, es el motor del club del mismo nombre: capicúa.

Segundos antes de producirse esa elevación máxima de cifras alineándose en la pantalla, tal y como se acomodan los astros en un eclipse, momentos antes de producirse la perfecta sincronización hay nerviosismo, hay afán y angustia de que las perfecciones no queden suspendidas en el tiempo, hay horror al pensar acaso que por un problema mayor, una llamada de última hora o una distracción menester de sopesar manejando vehículos, se lleguen a pasar de la hora y que no se logre el objetivo.

Incluso existe en el club capicúa un ala fundamentalista. Como en todos los grupos sociales, bien sea familias, colegios y religiones, hay miembros que son ortodoxos, cerrados y extremistas. Estos fundamentalistas, no contentos con detener el tiempo en horas y minutos y hacerle la captura de pantalla que es debida, buscan hacer la perfecta sincronía agregándole segundos. Habrá por lo tanto hombres que se dejan crecer la barba y las patillas, cual judíos ashkenazi, y buscan cerrar sus aplicaciones de celulares, ya no a las 2:22pm, sino a las 2:22:22pm. Los amigos en línea de estas personas verán que su última conexión se hizo a esa hora. Así sonreirán y darán fe del cumplimiento de la meta.

Son más eruditos en la materia, se visten diferente incluso. Todo su transcurrir diario gira en torno a hallar números capicúas como si fueran detectives de lo numérico, como si fueran la Gestapo de los algoritmos. Al igual que la sociedad Juliette, se transpira placer al lograr los objetivos, y en últimas hay complicidad. Vi la otra vez una niña que pudo percibir a las 4:43pm que su compañera de puesto estaba sudando, muy nerviosa y le colgó al novio porque tenía una urgencia. Un minuto después estaría dejando constancia de que congeló sus aplicaciones a las 4:44pm. La observadora hacía lo mismo, ambas estaban pendientes de esto. Luego de unas semanas se volvieron a encontrar y tan grande sería la emoción que motivó a saludarse entre sí, pero no con un abrazo. Esto es secreto, la ceja de una de ellas se enarcó y se conectó en la distancia con la otra ceja. Eran complicidades subrepticias, todas bajo una misma pasión capicúa. Sincronías de números que motivan sincronías en almas.

Pero sigue sin haber registros de ellos. Los clubes y las sociedades secretas siguen existiendo. En esta ciudad se reúnen secretamente, cada quien muestra en su celular las veces que logró desconectarse de las redes sociales a horas capicúas; se crean foros, se discute, se intercambian suvenires, se crea cultura. Y lo más importante, se crean satisfacciones, que son el alimento diario del ser humano. Son sincronías de números que ayudan a vivir más alegremente. Para eso se reúnen; ¿sino para qué?


Así siguen transcurriendo las cosas. Cuando aparentemente se ve alguna damisela pelear con su muchacho en plena calle, se pone nerviosa y corre despavorida, no es exactamente por eso; es porque debe ir a algún sitio íntimo, donde podrá dar alimento a su obsesión numérica trascendente en su vida, donde podrá detener el tiempo. Sólo ahí logrará respirar tranquila. Ocurre bastante, ocurre más veces de lo imaginable. Ellos deben irse, tienen una obligación, discúlpenlos, deben detener el tiempo. Son las 10:01pm. 

jueves, 21 de noviembre de 2013

A la espera (2o capítulo)

Al día siguiente Osías despertó. Nuevamente madrugó con la intención de entregar sus diarios a los cien hogares. Haría cinco viajes, cada uno con veinte diarios en la canastilla de su bicicleta desvencijada. La pueden imaginar fácilmente: tenía llantas muy delgadas, rines oxidados, canguro de cuero raído y la bocina roja situada al lado izquierdo. Era una bicicleta anoréxica que le servía incondicionalmente, pocas veces se dañaba y era como esos modelos viejos, aplicable también a vehículos, en los cuales las latas son más feas pero más resistentes, un diseño aerodinámico es remplazado por uno obsoleto; pero aquí era su amiga, su confidente, su bicicleta.

Este nuevo día sí que fue diferente. Se podría esperar que luego de haber partido el bus hacia tierras lejanas, Osías quedaría con el bonito recuerdo de Laura y sus labores diarias seguirían acaeciendo normalmente. Nada más lejano de la realidad. La tormenta en el corazón apenas estaba empezando, apenas era un embrión nutriéndose de gotas de alimento, esa tormenta apenas comenzaba a formar su carácter.

Un parámetro de normalidad en un pueblo normal es que el corazón realice sus pulsaciones a una razón de ochenta por minuto. Cuando Osías se levantó de la cama sintió que estaba latiendo con más rapidez. Alcanzó a percibir noventa. Esto le pareció muy extraño. Se paró, fue a prepararse un desayuno pequeño, consistente en té negro con galletas, al igual que todos los días. Es común delimitar el sabor de un té como amargo. Este no era el caso, ese día el té sabía más rico, sabía más dulce, tenía más sustancia. Además olía a esencias mitad florales mitad herbales. Él, aterrado, comió su alimento y se vistió rápidamente, el asombro que causó percibir la extrañeza en estos sabores le hizo perder tiempo y ahora estaba un poco retrasado.

Mientras iba en su bicicleta en medio de un frío atroz, irradiaba otra energía. El rubicundo señor de la oficina de correos le preguntó lo siguiente: “le pasa algo? Está un poco agitado, lo veo mirando como para todos los lados, lo veo diferente”, a lo que Osías respondió sin mayor reparo: “no señor, no sabría decirle, discúlpeme”.

Cuando terminó su labor diaria aproximadamente a las diez de la mañana, se sentó Osías en el parque a ver caminar transeúntes, a ver qué podría cambiar un día tan convencional. Sentado, tranquilo y con la mente despejada sintió la brisa, esa brisa que se siente con placidez en un sitio bucólico cuando no se piensa en nada. El viento le silbaba con suavidad, el viento le acariciaba. El sol, aunque exangüe, le brilló con una intensidad indescriptible. El viento era Laura y el sol era el intermediario, el compositor subrepticio que escribía la historia de los dos.

El día de él era diferente, y al pensar en el momento en el que la vio por primera vez no pudo dejar de suspirar; la semiología de aquel día era innegable. La vida de él cambiaría desde esta mañana, desde este té más dulce, desde ese viento hablador. Imaginaba él qué podría estar pensando ella y aquí surge la pregunta de siempre, qué impresión se habrá llevado ella de mí? Me pensará? El bus va alejándose cada vez más, cuándo me podré yo acercar cada vez más? La vida es corta y hay que actuar.

El bus iba empinando una cuesta en medio del paisaje andino. Los tipos de vegetación, el aire y la atmósfera iban cambiando a medida que subía en la topografía. Sentada al costado derecho trasero del bus, típico bus de viaje con cortina desplegable, forro de plástico y cobija en las faldas, Laura miraba el paisaje; mientras miraba el entorno sondeaba su interior, recordaba el momento en el que se intercambiaron direcciones, el momento en el que vio el traje cruzado marrón de Osías. Hubo un toque de manos en el cual se transmitió energía de una manera indescriptible mientras las miradas se cruzaban haciendo un chasquido. El recuerdo estaba ahí, y también la creencia en que el viaje podría seguir igual y que la excursión podría volver a tomar el curso de la normalidad.

Cuán equivocada estaba ella. Sintió un zarandeo leve en el brazo, era su mejor amiga diciéndole “Laura, Laura!”. Llevaba hablándole diez minutos y no recibía respuesta alguna. “Qué te pasa?” le dijo. “Estás en otra dimensión”. Ella le respondió que no sabía porqué estaba así, aunque era obvio.

Los días siguieron transcurriendo mientras cada quien llevaba sus labores. Las señales inequívocas del amor se manifestaron y la distancia en kilómetros se fue ensanchando. Habiendo incorporado a la realidad de cada uno de los dos la aceptación del hecho del enamoramiento, al concientizarse cada uno de que habían sido infectados por el virus del amor, ahí, no más que ahí, la perspectiva al futuro cambió. Las realidades se distorsionan al saber que hay alguien que palpita por uno; la habitualidad tan aparentemente gris se torna de colores al sentir uno el suspiro, el imaginarse qué podría estar haciendo ese otro ser en otras latitudes.

Qué está haciendo Laura? Qué está haciendo Osías? Qué estamos haciendo los dos? Preguntas con infinitas respuestas, pero con un solo norte. Ese norte de volverse a ver. Ese objetivo de volver a sentirse mutuamente los surcos de la dermis de las manos, de mirarse los ojos y las cejas con un silencio de fondo, y las ganas de compenetrarse, de conocerse. Pero hay que actuar. Las cosas no son fáciles y la infraestructura del reencuentro implica esfuerzos. Él reparte periódicos, ella es una niña todavía que va de excursión al Perú. El amor no es fácil, aunque es sencillo. La vida tampoco lo es.


En todas estas divagaciones transcurrió ya un mes. Cuando el agua va llegando hasta el tope hay que hacer algo, hay que moverse. Osías tenía unos ahorros. Laura ya estaba de vuelta a su ciudad natal y la excursión había sido un éxito. Se acercó él a la oficina del señor rubicundo, el señor de la oficina de correos tan bonachón y previamente mencionado. Le pidió unos días de permiso para ir en bus a otro país. Iba en busca de la consolidación del amor, a lo que el jefe de mejillas rojas solo pudo reaccionar abrazándolo y felicitándole. Iría en busca del amor! Iría a ver a Laura. Estarían kilómetros cada vez más cerca.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Osías y su bicicleta (1er capítulo)

Osías recorría el pueblo en su bicicleta desvencijada. Madrugaba, en un territorio rural muy arriba en la montaña, de clima bastante frío, se dirigía religiosamente a la oficina de correo todos los días y saludaba al director de entregas, un viejo bonachón pletórico y rubicundo; esta persona le entregaba un paquete grande forrado en plástico y bien amarrado con cabuya. En dicho paquete había cerca de cien periódicos.

La función de Osías era repartirlos; este muchacho tenía treinta años, andaba en búsqueda del amor y tenía fuerza en el corazón, esa fuerza que motiva a despegarse de las cobijas diariamente e impulsa las piernas a moverse, a salir, a ir en búsqueda de la felicidad. Llevar cien diarios era empresa ardua, así que debía hacer cinco viajes, volviendo cada cuarenta minutos a la oficina de correos, donde nuevamente el director de rostro colorado le entregaba los paquetes hasta ya quedar sin nada. En el ínterin Osías recibía algo de tomar y de comer; era un pueblo alto, había presión, había cuestas empinadas, pero él siempre entregaba el periódico a sus cien destinatarios.

La mayoría de veces él llegaba a alguna casa determinada y tocaba su bocina, que estaba al lado izquierdo del manubrio. Se emitía un sonido característico, un sonido que ya tenía su propia personalidad luego de cinco años de estar sonando todos los días a la misma hora. El destinatario abría, podría ser un niño o un adulto, y recibía el periódico antes de agradecerle. Y así todos los días.

Todos eran amigos de Osías, desde los niños de seis años, las adolescentes de diecisiete y los señores de cincuenta. Eso era bueno, pero también era malo, ya que una cosa es la amistad, y otra muy diferente es la chispa que produce ver a la mujer moviéndose mientras comía helado en la plaza, el nerviosismo de hablarle, el temblor en las manos al pedirle la dirección y así poderla visitar en el alféizar, y la satisfacción de, una vez haber sido aceptado, poder invitarla a tomar algo a la fuente de soda del pueblo. Ese cosquilleo, el amor, el deseo y su proceso de enamoramiento no existía para él, y no era por nada en especial, ya que él era poeta en sus ratos libres y era bien plantado; solamente que Dios no le había puesto a la persona aun.

Año de 1940. Las faldas de holanes  en su punto exacto, hasta debajo de la rodilla, florecían por doquier, al igual que florecían las azaleas e inundaban de un hermoso tinte fucsia las mañanas y las tardes del pequeño pueblo, siempre con la complicidad y ayuda del sol que, aunque casi siempre exangüe por la altura, ayudaba a iluminar los caminos. Abundaban los sombreros, los trajes marrones cruzados de seis botones, la elegancia, el tabaco, el bolero y los encendedores oxidados. Los bucles y tirabuzones de pelo negro y estilizado en pieles blancas cubiertas de alabastro, entintadas con labial rojo, eran la tendencia creciente en el arnés femenino, atavíos que desarman a un batallón con solo una fragancia. Coco Chanel ya daba muestras de su influencia al producir vestidos negros, simples, concretos y femeninos. Con este contexto ya descrito, hay que decir que de otro país venía un bus a paso lento, transportando a treinta jovencitas.

Jovencitas colegialas de faldas largas, de experiencias cortas, con ganas de lanzarse a volar, no habría ahora nada que las detuviera, sus almas están ahí, frescas como esos aromas innovadores, su almas estaban marchosas y desenfadadas.

Mientras iba Osías en su bicicleta con su conjunto elegante vistiéndole y momentos antes de entregar su periódico número cien, pudo ver en la única calle principal cuesta abajo al bus amarillo que se acercaba. Se oían risas en la distancia, risas agudas, risas de niñas florecientes. La curiosidad era infinita y mientras alelado atisbaba al medio de transporte atestado con las niñas, éste se detuvo en plena plaza.

-“muy buenos días, bienvenido señor conductor y bienvenidas sean ustedes, féminas atractivas de otras tierras. Aquí estoy a la orden, yo reparto periódicos, llevo letras e ideas todos los días por las mañanas a la gente. En este pueblo hay droguería, plaza, hospital, fuente de soda, posada, comidas, lo que necesiten. Estoy a su disposición”.

Qué más quisiera él ver a ese grupo de mujeres alegrarle la vida, una vida que era satisfactoria y plácida pero que no tenía amor. Sin embargo, la estancia de esta turbamulta sería temporal; un par de horas estaría ahí solamente, ya que el destino final distaba varios kilómetros de ahí. No obstante debían hacer una parada técnica, conseguir un mecánico que revisara frenos y echar en sus viandas algo de bebida y comida, que por cierto era abundante, barata y deliciosa.

-“Muchas gracias, muchacho. Osías te llamas no? La verdad es que venimos de paso y haremos solo un par de cosas. Gracias”. Acto seguido se bajaron, tomaron aire, compraron agua, panes, bizcochos y salchichas listas para comer. Eran treinta niñas en su transición, cada una con un estilo diferente pero promediando tendencias, tal y como ocurre en estos días. Aparentemente todas son iguales pero no, cada universo femenino es insondablemente profundo, profundamente maravilloso.

Y en medio de mocasines, faldas largas amplias y rosadas, cuellos de Peter Pan y estoperoles, Osías la conoció. Treinta centímetros más baja que él, pelo corto que daba para rizos pero no para bucles y cara redonda. La mochila amarilla dio un giro. Era amarilla, por supuesto. El giro se dio cuando él le preguntó: “y tú, cómo te llamas?”. “Me llamo Laura”, contestaría ella. Esta respuesta suscitó sensaciones diferentes, no era amistad, era otro sentimiento, eran los años 40s y no importaba nada más. Después de una mínima llovizna salió un arcoíris.


El bus se marchó del pueblo y siguió su camino hacia tierras lejanas. Osías quedó enamorado de Laura, prometió escribirle muchas veces, prometió plasmarle letras, con fragancias y dibujo incluidos, pero más valioso que cualquier otra promesa, dijo que le guardaría ahí el corazón, que lo mantendría latiendo hasta que la vida le diera la oportunidad de viajar y de poder irla a visitar a su país natal. La esperanza motiva todo, motiva las mayores ilusiones, y eso era precisamente lo que ellos tenían: la ilusión y el suspiro de volverse a ver, el recuerdo de la fragancia del cuello de Laura, el recuerdo del flequillo en el pelo de Osías. El recuerdo del amor a primera vista. Una historia de amor que apenas comienza.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Gilgamesh queda en evidencia

Eran unas civilizaciones antiguas, eran los años antiguos, incluso es poco decir antiguos, más bien digamos anteriores al nacimiento de Cristo, muy de lejos anteriores al Anno Domini, el año del Señor. Puede que la mente tenga problemas en imaginar la época anterior a Cristo, pero hay que hacer el ejercicio. Tres mil años antes de su nacimiento estaban ahí.

Solamente tres milenios faltarían para que apareciera Jesús. Estaba este grupo de personas, luego de haber experimentado la revolución agrícola, una revolución donde ya no hay que estar cazando y recolectando lo del día. Están plácidos porque existen las siembras, la posibilidad de saber que lo que hay en el suelo será para su subsistencia, y puede ser guardado. Como gran innovación nace el concepto del largo plazo, y al ver que está la cuestión del alimento saciada pueden empezar a ver qué más se puede pensar, de qué otra manera se pueden organizar.

Eran los sumerios. Tribu de personas de años ha. Precursores de civilizaciones que vendrían, grandes adalides de nuevas teorías y nuevos modos de vivir. Agrupaciones de personas, ya no de forma primitiva, sino en ciudades-estado, bajo esquemas de libro de historia de estudiante modélica; temas obligados en la niñez que como una chispa afloran en épocas tardías para llenar de curiosidad la mente.

Trabajaban y se reunían en los zigurats, que para efectos prácticos eran como unas pirámides. Podemos suponer que ya en sus edificaciones, con sus sistemas de agricultura, nacientes estratificaciones de personas y de poder, división del trabajo, religiones con varios dioses, e incertidumbres de varias índoles, podrían estar un poco más tranquilos. El hecho es que estaban jugando y hablando, como hacen los humanos sofisticados, con sus sotanas y sandalias tal y como hemos visto en los libros. Allá en Asia, todo con mucha arena y calor.

Un personaje observador ve en su realidad a un gigante. Entender la diferencia entre lo que se ve y lo que se imagina, en términos históricos, no importa. Nada se puede comprobar. Gigantes no existen, pero de que los hay los hay. La necesidad de plasmar lo que se siente en el momento, de hacerle sentir a alguien la más mínima sensación de lo que el testigo vive, el querer compartir una sola fracción si fuera posible del miedo que se produjo, era latente.

Y qué más queda? Correr. Surcar los valles, los desiertos tan áridos, los climas tan álgidos y jadeando el acto que debe seguir es transmitirlo vía oral a su familia o a la primera persona que viera a su alrededor.

-“Sí, lo acabo de ver, era un gigante y poseía cierto aire animal y cierto aire humano, era extraño, tenía un olor fuerte, corría hacia mí, nunca pude darme cuenta qué necesitaba”. La gente naturalmente se aterraría ante una descripción así, pero el narrador tenía un sinsabor. Desconocía qué tanto su familia podría tergiversar su historia, podrían agregarle más tamaño, un cuerno, volverlo caritativo, volverlo asesino, y así su esencia cambiaría.

-“Puedo morir hoy, qué hago para que mi idea, lo que quiero plasmar, sea fiel? Qué me da la naturaleza?” se debió preguntar ese humilde sumerio narrador en parte de su realidad y en parte de la fantasía. En últimas no hay diferencia. La idea del teléfono roto, si bien este artefacto no estaba ni siquiera en proyectos, no le sonaba mucho.

El ser humano quiere compartir su vida. Busca compartir su corazón con su amada, busca compartir el pan con su familia, busca compartir su vestido con el necesitado y busca compartir sus historias con sus semejantes: habrá una porción de ellas que no querrá ventilar y las guardará para sí, pero dar a conocer sus abstracciones y vivencias le hace latir con más premura pero con más vitalidad su corazón. El proceso de plasmar ya de por sí es vigorizante, y el proceso de ver digerido su producto por el otro lo es más.

Los sumerios. Maestros experimentales de matemáticas, de arquitectura e inquietos sobre la existencia de las almas y de su paradero. Artefactos para arar tierras atados a bueyes fueron los tatarabuelos de los hoy modernos tractores. Todo gracias a ellos.

-“Qué hago!? Será muy absurdo en esa piedra que veo ahí, ponerme a dibujar esta historia que tengo viva en mi mente? Con este palo cuneiforme lo haré, contaré la historia de este ser. Lo llamaré Gilgamesh y narraré su epopeya”.

Y nació así el primer libro del que se tiene conocimiento. Nació la literatura en tablas, que pasó luego al papel y ahora a las tabletas. Le doy gracias a ese narrador inquieto, que no se conformó y que no quiso que todo quedara en teléfono roto. El primer escribano, tres mil años antes de Él.