jueves, 25 de abril de 2013

La hora loca


La vida se compone de encuentros y de sorpresas. De encuentros con gente que no vemos casi, y de sorpresas causadas por gente que vemos mucho, para motivar encuentros con esa gente que no vemos casi. Así fue ese día. La idea era celebrar un onomástico; al sombrerero loco le gusta celebrar el no cumpleaños; a mí me gusta lo contrario. Por lo tanto hubo una convocatoria múltiple para encontrarnos  en un sitio predeterminado, a una hora predeterminada, y ya existiendo y cohabitando la gente en el mismo lugar, pues ahí sí dejar que las mismas intenciones y ánimos plasmaran lo que tuviera que venir; que la misma dinámica humana, entre risas estentóreas, cocteles y música secuenciada trazara el mapa a recorrer en una noche que, como cosa rara, no estuvo pasada por agua.

Cansados porque ese mismo día había habido otra celebración, me encontraba yo en el apartamento pensando, con la mano en la barbilla, tratando de dilucidar cómo diablos convencerla de volver a salir, de volver a surcar el tráfico y el frío capitalino, pudiendo tener como opción bastante igual de atractiva ver al cuentahuesos, ver La Reina Infiel, ejercer el arte de la coquetería con un vaso de whiskey de bucanero, o quedarse oyendo al grupo gótico inglés  que se había presentado en concierto el día anterior.

Hay que hacer algo, tenemos que salir ya, me repetía a mí mismo, y la niña mayor me ayudó a convencer a su mamá de ir un rato a comer algo; mientras pasaba este momento álgido de convencimiento, ya no con la mano en la barbilla sino en la patilla o sideburn izquierda, miraba yo a la niña menor, con el dedo izquierdo en su boca, mirando al infinito, con ganas ya de explayarse en su sueño delicioso y en sus movimientos oculares rápidos. Le comenté de mis planes e inmediatamente se puso de pie, cual soldado coreano.

En fin, salimos de la casa, pedimos un taxi, y sin más detalles llegamos al sitio de encuentro. Estaban ellos y ellas. Qué gente bonita. Buenos peinados, buena ropa y buena actitud. Sombreros de cumpleaños, serpentinas, silbatos, gritos y felicitaciones, no sin antes la matrona del lugar haberle cubierto los ojos a la homenajeada para generarle algún tipo de cosquilleo. Sorpresa!

El resto de gente iba llegando minutos después, incrementando las alegrías. Bufandas, chaquetas, buenos tenis y sonrisas. Habían estado horas antes con ella y habían fingido despedidas. Se empezó a cocinar el caldo. Alitas, nachos sin Nacho, salsas, guacamoles y manjares. El volumen empezó a incrementarse a medida que las meseras, algunas muy terrenales y una que otra del mismo planeta de Miranda Kerr y Erin Heatherton, iban animando al público saltando y gritando. “Lo que le falta al pop es el peligro”, dice Prince. Yo me pregunto cómo sería el nivel de peligro si pusieran psychedelic trance. No quiero ni imaginarlo.

Y de mojito en mojito nos fuimos de boliche en boliche, como dicen los argentinos. Salimos de ahí, muy contentos y animados. Se prendió la chispa. Caminando por la avenida en la cual Pepe no cierra, quedábamos aproximadamente 8 gatos. La batalla puede seguir, son apenas las 12, hay todavía soldados y sed de guerra. Entramos posteriormente a un cuchitril de música formidable, sin meseras marcianas pero con más tendencia a discoteca, a parranda. Iba con nosotros un flaco y una flaca. Vaya grupo tan agradable, sarta de muchachos y muchachas sin más intención de pasarla bien con la homenajeada, de pasar un rato agradable. Y bailamos mucho. Cantó el mismo grupo gótico de conciertos largos, cantó Yuri, cantamos una canción que pide a gritos jamaiquinos que “agarren al ladrón”, bailamos merengue, bailamos reguetón, las damas del ágape cantaron a pulmón herido Sufre mamón, y hasta hubo coreografía de meneíto. Todo un set de fiesta ochentera de sábado santo, que llenaría coliseos en mi ciudad blanca.

Entre los asistentes al sitio, me llamó la atención una señora octogenaria sentada en un sofá, muy quietica y muy tranquila; en medio de la cantadera y de la saltadera permanecía impasible. Pelo blanco. Casi casi la saco a bailar, inspiraba ternura, y no me parecía que estuviera en el lugar equivocado, ya que ella estaba muy pispa, muy risueña, estaba en su edad dorada, en sus full ochentas. También había por ahí un muchachón grandote, bien alimentado, parecido al Che Guevara que vitoreaba coros de plancha como si supiera que un aerolito ya iba a caer al planeta y nos iba a destruir a todos. Para él, el mundo iba a acabar esa noche. Y tal vez para todos. Es la mejor manera de valorar un momento así.

Todo estaba cocinado. Amores horneados. Satisfacción de saber que si se hubiera planeado al pie de la letra no hubiera resultado. Pero ojo, uno no siempre está bailando:  también uno habla. Entre esos ires y venires, surgió una comparación entre la música de Rick Astley que sonaba en ese momento y la que le gusta a uno de la gallada: el metal, por mencionar lo más mainstream del género; sabemos que hay múltiples subdivisiones. Aun así, es difícil comparar; difícil poner en un lado de la balanza a Kylie Minogue y en el otro a Gorgoroth. Complicado poner objetividad y comparar una voz de sirena como la de Natusha frente a una voz gutural como la  de Luz Concha. No se pudieron establecer comparaciones, pero sí bastantes risotadas. Tomando whiskey, riendo, comiendo alas de pollo, tirando los huesos a la calle y diciendo groserías, parecíamos bucaneros de la Edad Media. Whiskey de bucanero.

Y así termina la noche de sorpresas y encuentros, no sin antes contarles que salimos, nos despedimos entre sí, quedamos sólo 4 gatos, nos angustiamos un poco al ver que a doscientos metros, al otro lado de la acera, iban unos jayanes de plazuela, unos genuinos sayayines, ocasionándole problemas a una pobre muchareja; generando problemas debido a la exacerbación que producen los mariachis, género también muy pero muy discutible que suena en demasía por esa cuadra. Llegamos a la casa sanos y salvos, gracias a Dios. Ella me dio las gracias, había sido uno de los cumpleaños más felices de su vida, y que no se imaginaba nada. Yo le dije a ella que era por lo que sentía por ella, por lo que siento por ella. Por todo lo que siento por ti, amor, que cumplas muchos más.

jueves, 18 de abril de 2013

Música es Música......y Letras son letras


Estaba hablando con un amigo, hace pocos días, sobre Oasis mientras pinchábamos una tarta de limón con espresso machiatto. Oasis es mi grupo favorito. Así se haya desintegrado, así  no exista, digo que lo sigue siendo; para mí todavía Oasis existe así sus integrantes no estén juntos. Así Liam esté con Beady eye y Noel con The flying Birds. La forma de cantar de Liam, con sus brazos atrás, su vestimenta, su pelo (su pelo ¡!!!), sus gafas, su inclinación un poco hacia atrás para hacer coincidir su boca con el micrófono, sus peleas con el hermano (no quisiera que existieran pero hacían parte de su entorno), sus desparpajo en las declaraciones en Mtv, su inglés tan de trainspotting, sus loquizas; ahh y su música. Claro, su música, sus muchas canciones en muchos álbumes, majestuosas; lo que me hacen recordar, lo que me hacen sentir, lo que representaron hace 15 años y lo que siguen representando ahora para mí. La hermosa música por sí misma.

Prosiguiendo con la conversación, en la cual se mencionan todas esas cosas malas y buenas que hacen al grupo, me hablaba mi amigo sobre la letra de las canciones, de cómo en “live forever” hablaban sobre el futuro, de cómo en “champagne supernova” hablaban sobre las drogas; de cómo en “Little james” habla Liam sobre su hijo. Y así sucesivamente iban resultando ejemplos; acto seguido me pregunta el personaje lo que veía venir: y usted qué opina de las letras de Oasis, ese grupo preferido por usted.

Antes de responder algo así, debo saber en qué modo estoy, qué tanto quiero hablar, si tengo pereza de demostrar argumentos, si estoy excesivamente feliz, si estoy de afán, o si simplemente me da lo mismo lo que el interlocutor piense de mí y no me quiero desgastar, para así poder simplemente asentir y aparentar estar de acuerdo. Esta vez, a medida que me devoraba la tarta, raspando el plato de porcelana rusa con la cucharita de plata, me quedé pensando un rato, digamos unos 10 segundos, miré a lontananza; pasaban los carros, los buses y las renoletas. Respondí lo que, usted lector, va a leer a continuación.

No tengo ni idea de las letras de las canciones de mi grupo favorito. No me interesa. La música es música, es algo hecho melódicamente que produce cosquilleo, mariposas en la panza, remembranzas y emociones, así como las pepas blancas en un vestido, o los encajes victorianos de alguna bella doncella. Cómo cantan, las guitarras, los bajos, las bajadas, las subidas, los solos. Eso es una canción. Que la letra es horrible porque habla de una separación o de la muerte de un ser querido? Listo, la letra no es la canción, la letra es un texto que me lo leo, así como leo un libro, así como leo el hace 100 años de El Tiempo. Y me causará risa o tristeza. No la desvirtúo, pero no hace parte de ella.

Una canción buena es lo que suena, y es absolutamente delicioso oírla, pero no me importa lo que dice. Lo que dice no hace parte del hilo conductor, no es el éxito de una canción, mas sí es el éxito de un buen libro, de un buen poema, naturalmente. Si una canción es triste lo será porque la melodía está llena de ritmos sosegados y la voz es angustiosa, el feeling es nostálgico. No porque diga “amor, te perdí” la hace una canción triste. Así como con una canción alegre, qué importa que diga? Mientras tenga teclados estruendosos, beats pulsantes y ritmo que invite a danzar y a no comer pavo, es una canción alegre; así diga “es un día hermoso” o algo así. Difícil manifestar esto, difícil hacerse entender. Pero poniéndolo en algún término más coloquial, digo que si quiero buenas letras, buen texto, me leo algo. Si quiero buenas melodías, buenos sonidos, oigo algo. No quiero oír algo para percibir buen texto. No va. Tal vez por eso pienso que la música más pura es la que no tiene letra. Lo piensa Magda, lo pensó Vivaldi y lo pensó Paganini. Sonido es música. Letra es texto. Así como hay señores tan pobres que lo único que tienen es dinero, también hay canciones tan malas que lo único que tienen es letra, no tienen de dónde más agarrarse.

Edith Piaf me hizo llorar. Hymn a l’amour me sacó lágrimas muchas veces. No sé bien qué dice, no sé francés. Lloro porque me acuerdo cuando, en la película, ella se levanta delirando y piensa que su amado Marcel, el amor de su vida, llegó del viaje a verla a ella. Delirio. El nunca llega, se había accidentado, con fatales consecuencias. Ella no lo concibe, hasta que poco a poco va cayendo en la realidad, a medida que sus sirvientes la miran, el dolor que puedo sacar de esa escena me estruja el corazón, me rompe mis sentimientos; se caen todos mis esquemas. Oír esa canción, que ella le dedicó a Marcel, es evocar toda esa tristeza, todo ese dolor que impregna de lágrimas los ojos y que  hace al humano tan vulnerable. Es una melodía que evoca algo, aun sin saberse la letra.

Muchas canciones me animan y me hacen explotar internamente de júbilo y de amor. Cuando Sasha mezcla dos canciones, la armonía de los dos beats produce más alegría que un poema cantado. Oír “a thousand years” de cristina perri es un absoluto enamoramiento; es romance elevado a la enésima potencia, y lo sé por lo que percibo, no por conocer de la letra sólo el título. Esa es la música, la que me hace vibrar, un violín, una guitarra, una voz, no importa si lo que dice está en islandés, patua o francés.

Mi amigo, al igual que yo minutos antes, se quedó meditando, y me dijo que pensaba lo mismo que yo, que esas referencias sobre las letras de Oasis eran sacadas de google, y que sólo quería medir cuál sería mi reacción. Hubo un silencio, el cual fue seguido de una risa cómplice, un fuerte apretón de manos y una despedida, claro está, después de pagar la tarta  de limón y el espresso machiatto.

jueves, 11 de abril de 2013

Los orígenes


Antes de ver este planeta Tierra poblado de lovatics, selenators, amantes inexplicables de café Tacuba y tranceros,  llegó a las inmediaciones del valle de Pubenza  Pepín; este perro era un skater consumado y soñador, que vivió en una ciudad de ese valle en la década de los 80s. Decían siempre que esa década fue una época perdida, por los vaporosos peinados de mötley crue, por los bailes de Rick Astley, por las gafas que ahora vemos pululando en los festines de la capital, y por demás estilos que consideran los puristas de la moda y de la lúdica como pésimos, perdidos,  boleta y mañé. Yo antes pensaba eso, ahora no. La década de los 80s marcó los inicios  de Sasha, de Digweed, del garaje rock, de mi amado Oasis, de las bellezas que hay ahora, de todo, de todo lo hermoso del mundo icónico actual. Todo fue gracias a los 80s,  Pepín es otro tesoro de esa década.

En enero de 1979, en un árbol de guayaba situado en un barrio de la ciudad (que les voy a contar, era Popayán) se produjo un fenómeno de lo más extraño: empezó a germinar un fruto gigante, y cayó al piso; naturalmente estaba muy maduro y se reventó al chocar con el prado. Eso fue lo que dijo doña Teresa, una habitante de dicha casa, una señora de armas tomar, ávida lectora del periódico El País, y de carácter recio pero dócil; sí, ella dijo que había visto un fruto grande reventarse; lo que no sabía era que Pepín había llegado a nuestro mundo.

Podría haber caído el óvulo fecundado del espacio, camuflado por las demás gotas de lluvia, e impregnar de su sustancia, de su ser, a los granos de tierra, que a su vez transmitieron por medio del tallo la información al árbol de guayaba, y ahí haber creado en medio de los frutos al magnánimo ser de quien les hablo; nadie lo supo. Doña Teresa estaba tan aterrada, pero luego se calmó al ver la inocencia y la dulzura en los ojos de él; estaba desprotegido; era pedestre, o sea que caminaba, siempre caminó en dos patas, y nació con sombrero y ropa. Es muy raro eso de que haya nacido con sombrero, pero qué puedo decir, eso no me compete a mí. Lo que importa es que ese sombrero ha sido motivo de inspiración para óleos con mujeres hermosas. Pepín se despidió de la señora, cogiéndole mucho cariño.

Había otra mujer que estaba en la calle sexta de la misma ciudad, a unas treinta cuadras. Estaba pintando un cuadro en su casa, una casa blanca con piso de tablero de ajedrez. Y sonó el timbre. La fámula, llamada Libia, fue a donde su matrona y le dijo que la necesitaba un personaje bastante peculiar. Ella le mandó a  decir que entrara. Pepín entró. Quedó maravillado, era como entrar a la casa  de la película Great Expectations. Era la segunda persona que conocía en el planeta tierra. Mucho gusto, me llamo Pepín; mucho gusto, me llamo Edmée.

Pepín probó el delicioso café, al tiempo que veía obras de arte alrededor. Al oír que la fámula le preguntó a la matrona si servía el entredía, Pepín se levantó y dijo que debía marcharse . Miró un cuadro impresionista  de Mary Casssat, y le dijo a la dueña del cuadro, a doña Edmée, que le había gustado mucho; misteriosa y rápidamente se despidió. Edmée se preguntó a sí misma “vaya personaje tan extraño, porqué habrá venido?”. Salió por la tremenda bajada de esa calle sexta y se perdió por entre el comercio del centro de la ciudad; también le cogió mucho cariño.

“Bueno, ya estoy aquí, qué mundo tan hermoso, qué ricas empanadas, qué bellas mujeres, qué lindos los zuecos negros, qué bacanas las patillas de ese man y qué buena música esa de giorgio moroder, desde hoy empieza mi vida con los humanos”

Caminó por el parque. Le dolía un poco el hombro izquierdo por su caída de la rama del árbol al piso. Estaba medio loco, desubicado, ya que el planeta del cual él llegó era diferente, era surreal si lo quisiéramos poner en términos humanos. Luego que nos hicimos amigos años después y pude dibujar bajo mis interpretaciones su mundo, me daría cuenta que no es que fuera tan diferente, sino que más bien la diferente era la gente que no tenía la imaginación para plasmarlo en el papel, para visualizarlo en su mente y en su corazón. Pero eso vendría después.

Pepín. Un perro que vino del espacio. O de la imaginación. Ya no sé. Por esos mismos días de 1979 nací yo, en un hospital de esa misma ciudad. Pepín me llevaba ventaja, ya conocía a dos personas del planeta Tierra, yo a ninguna. El me llevaba ventaja porque había conocido a esas dos señoras, la del árbol de guayaba y la que vivía en la calle empinada, mis dos abuelas.

Lo único que no le satisfacía del todo es que, si bien este mundo era vivible e interesante, no había nadie de su especie con quién tener coquetry o con quien pajarear. Pero era posible que él no fuera el único, que tal vez en algún otro lugar de la Tierra, estuviera otro ser como él, esperando lo mismo que él: la compañía. Difícil saberlo. Pepín iba caminando, como les dije, por las calles de la ciudad, feliz, rozagante, y llegó a visitar a alguien al hospital San José.

Aquí queda la historia en punta, pero es la punta del iceberg de la historia de Pepín. Ya lo conocen, ya se los presenté, de ahora en adelante la vida se reconstruye.

jueves, 4 de abril de 2013

La Villa del Doctor Andrés


Estaban en la plaza del pueblo cuyo centro tiene calles empedradas. Ahí les tomé fotos, con el propósito de guardar el momento, y así ya irnos tranquilos a comer waffles con nutella. Ellas son las catecúmenas. Leí esta palabra en la guía del Sermón de las siete palabras, en la iglesia de ese pueblo, el viernes santo; me gustó esa palabra. Está definida como las personas neófitas que se están instruyendo en la doctrina católica. Ellas, mis hijas, son así, neófitas, catecúmenas. Yo también soy así. Mi ondina también lo es. Muchos lo somos en este tema de la religión; hay muchas cosas lindas por aprender.

Esa villa de la que les hablo es atemporal, anacrónica. Dormimos en una casa muy bonita, de dueños tradicionales, conversadores y juiciosos en sus vidas, de patios hermosos, de flores, de buen café, buen desayuno y pan caliente. Tres días de descanso.

A medida que íbamos caminando por sus calles, veíamos las piedras del piso, cada una con sus formas, algunas redondas, otra en forma de bota y otra en forma de corazón. Es delicioso caminar donde uno no conoce, ir viendo todo lo nuevo que transcurre, comer algo diferente, descansar en la banca, o acostarse en el prado. En esa villa conseguimos matrioskas rusas, empanadas argentinas, cerveza Quilmes, corrientazos de los puros criollos, focaccia italiana y chocolates alemanes. Variopintos brochazos de culturas disímiles. Cogidos de la mano íbamos caminando.

Volviendo al tema de la religión, quiero manifestar mi gusto por la belleza de los templos. La religión es hermana del arte. Aquí no quiero convencer ni ofender a nadie. Amo las iglesias, y amo a Dios. Lo que me produce ver las imágenes religiosas allá en esa villa, o en algún otro pueblo, o en mi Popayán, es hermoso; san Juan, la Dolorosa, el Sagrado Corazón, el niño Jesús, san Martín de Porres, Jesús, sus detalles, las facciones, los esmaltes, los mantos, el sentimiento, el amor, su brillantez, el dolor y la nostalgia. Esa nostalgia estuvo plasmada allá en la villa de Andrés Díaz Venero de Leyva, una Cartagena sin mar.

Durante esos días de dolor y pasión de Semana Santa, con el clima seco y caliente de día, visitamos nuestros antepasados, los dinosaurios. Las catecúmenas se echaron mucha agua en el parque de esos seres cretáceos. Sol, canoa y risas. Nos topamos también con avestruces y llamas. Les confieso una cosa: yo pensaba que el clima de la villa del Dr de Leyva era más frío, y que me iba a encontrar al señor gordo, bajito, de bigote, de ruana, bipolar, o sea con dos polas en la mesa, como nos lo han enseñado en las novelas, como nos lo enseñaron en don Chinche. Pero no. No había tales, y debido a esa desinformación y falta de cautela, mi rostro, cuello y extremidades superiores sufrieron un cambio de color del blanco monja polaca al rojo pletórico de campesino redneck.

Y así transcurrieron esos días, en algunos momentos con cortes de agua por racionamiento, ya que el Viernes Santo hubo más lágrimas que gotas de lluvia; mucho amor paternal y conyugal, comidas opíparas y deliciosas de mi hermoso país, helados, caminatas, gente maravillosa que uno encuentra donde menos piensa. Ejemplo de ello fue una artista visual, o pintora, que conocimos, muy talentosa, muy querida; tenía un local pequeño con bonitas composiciones, y nos contaba la historia de cada una de ellas. Posible futura amistad para la musa.

Así estuvo el que escribe, su esposa hermosa y las dos niñas, esos dos días en Villa de Leyva. Un pueblo que sigue manteniéndose en otra época, con un museo, el museo del Dr Acuña, que exhibe artilugios, cuadros y elementos muy curiosos, como el periódico antiguo, unas estatuas, y la casa como tal que es ya un recinto resquebrajado, muy agradable para la vista y para los sentidos.

Si hay un lugar donde se siente algo, algo remotamente parecido a lo que siento al oler el incienso o al comer maní en Popayán en el parque Caldas un viernes Santo, ese sitio es Villa de Leyva, ya que la atmósfera de sus iglesias y de sus conventos enmarca solemnidad, e insisto en la nostalgia: es la evocación hacia otras épocas, épocas en las cuales se andaba a caballo y en carrozas, había más magia y romanticismo, había fotos en blanco y negro, cajas de música y sacolevas.  Esta Semana Santa representó una oda al pasado que algún día tuvimos, al pasado que algún día volverá.

martes, 26 de marzo de 2013

Bogotá era una fiesta


Uno de estos últimos sábados fríos de la capital, anduvo Pepín viendo a una artista de música electrónica que es productora y dj. Llegó a las 12 de la noche muy en punto como la anti-cenicienta, tenía botas vino tinto y se quedó hasta las 5 y media de la mañana; a esa hora el taxi lo recogió en plena lluvia, recorrieron de vuelta un tercio de ciudad, y retornó a su morada, a dormir tranquilo. Yo me lo encontré.

Yo andaba en una tienda al lado del evento, comprando un té helado con sabor a pera. Eran las 11 y 45 de la noche y se veía gente alrededor. Empezaron a llegar los asistentes a la fiesta, con sus botas negras dr Martens, peinado rapado en las patillas y puntudo arriba, como en nuestras épocas.  Chaquetas de El Principito, gafas oscuras, gafas claras, botas de punketo, tenis Samba, camisetas desjaretadas con algún estampado de The sex pistols. Cigarros. Latas de cerveza vacías tiradas en el piso; en ese piso donde está el parqueadero del edificio donde se presentó Magda, con su seriedad y su mirada al infinito. Yo estaba ahí comiéndome un sánduche y como les dije, tomándome mi té. Esta dj es famosa, y es muy buena, por lo menos hace una música que a mí me encanta, indie house, minnimal techno, música secuenciada deliciosa, muy del corte de plastikman, de marc houle, de troy pierce, muy Minus, muy alemana; fría, seria, pero cordial, muy cordial. Y vestida de negro.

Yo tenía ganas de esa fiesta desde hace rato. A veces es delicioso ir y escuchar el beat a todo volumen; cuando uno entra y está sonando una secuencia impactante, el dj esboza una leve sonrisa, ve uno una damisela bailando con desenfado y zapatos Oxford; eso no tiene precio. Es alucinante, pero no hablemos de alucinaciones ya que en un tema tan álgido y espinoso como lo es la música electrónica o EDM (electronic dance music), si digo la palabra alucinaciones ya la gente dirá que me enloquecí, y aquí no hay nada de locura extra; sólo la locura que viene implícita con uno, la locura que uno ya lleva consigo; en una fiesta así tan llena de cosquillas musicales, no hay necesidad de nada. Es más, al interpelado se le exige más concentración que en un examen de estadística.

Y esto me lo dijo Pepín, cuando me lo encontré. Nos sentamos un rato y le pregunté qué hacía en una fiesta de estas, y él me dijo que le habían hablado muy bien de Magda, que era una buena artista, y que quería venir. Le pregunté si quería tomar algo, me dijo que no, que a él cuando venía a una fiesta tan vanguardista, no le gustaba ni siquiera prenderse. Es un personaje ese Pepín, después me dijo que qué necesidad había de prenderse en una fiesta así, ya con la música es bastante estimulante, más a más volumen, más entre más retorcidos los sonidos, más entre más puros los filtros, más cuando la mezcla entre un track y el otro se vuelve  armónica, prístina y erizante. Empezó a regarse a hablar. Habla hasta por los codos. Yo miré mi reloj, era ya la 1 am. Compré unos M y Ms y unos tostacos. Estaba haciendo frío cuando salimos de la cafetería y caminamos a la fila de la entrada, yo hice como si botara humo, y salía humo. Señal inequívoca de una noche helada.

Mientras hacíamos la fila me aclaraba que claro, que a él le gustaba tomar, claro que sí, pero no en estas fiestas; pienso lo mismo; para emborracharse hay mil; no, mil no, siete mil planes (parafraseando a un payanés memorable que le dijo a un médico de allá, también muy memorable, que sufría una rasquiña tan atroz que pareciese que no tenía siete luchas, sino siete mil luchas!!). Está el plan donde la tía, donde el tío, la fiesta de la oficina, el cumpleaños del vecino, la juerga al reunirse con amigos de la infancia, el condumio, el gravitrón al entrar a la discotheque para no pagar adentro, la reunión de la reunión, la del despecho, la del matrimonio, la de la primera comunión; en cada plan de estos me emborracho, no importa, decía Pepín, no tengo que estar pendiente de nada, abrazo a Pirulina, abrazo a Perroncho, saltamos, echamos chistes, molestamos, practicamos el arte del coquetry, tengo unos amigos que pelean, se dan puños, se cogen del cuello y dicen groserías. Esto todo está muy bien, y mira que a mí se me suelta la lengua, doy consejos y opiniones. En cambio en un dj set no hay que hacer nada de eso, es como ver una película, hay que estar metido ahí, de lleno, y claro tomar fotos, no veo necesaria una compañía, a no ser que sea alguien de tu entera confianza; No opinas eso? Me dijo Pepín. Lo pensé, lo medité, iba a hablar y me puse la mano en el mentón como el Pensador de Rodin, lo miré inquisitivamente; no sabía qué decir ante tal comentario. Le dije que bueno Pepín, está bien, te entiendo perfectamente, tú allá con tus cosas. Pero nunca había estado tan de acuerdo.

Aproveché para preguntarle qué opinaba del merengue. Y el vanidoso y melómano mas no megalómano perro me dijo que no tenía nada en contra del merengue, que porqué le preguntaba eso. Estaría preguntándole algo fuera de tono. Asumí mi pose de pensador nuevamente, sorbí té, le miré la camiseta que decía “Cleveland rocks, baby!!!!”, y corregí: lo que yo quería saber es qué opinaba el perro sobre el arte de bailar merengue.

Y a medida que avanzábamos en la fila, y momentos después que nos decomisasen los MyMs y los tostacos, alegando que adentro no se podía comer nada, me dijo al oído: Mira Jorge, el bailado del merengue es lo más interesante del mundo; yo bailo siempre con Pirulina y damos vueltas, y más vueltas, y más vueltas, y más. Al cabo de unas, qué sé yo, 100 vueltas, los dos en silencio y con mirada de cómplice decidimos en que ya está bien, y tácitamente decidimos hacer una serie de vueltas, llamada en nuestra pandilla “el ocho”, nos entretejemos, termino abrazándola, claro, no había caído en cuenta!!  hacemos como un número ocho con nuestros brazos!! Ahí procedemos a desenvolvernos y damos unas 100 vueltas más, yo cogiéndole los gorditos y ella poniéndome el brazo en el hombro. Es algo lo más de delicioso. Sobra decirte que a las 100 vueltas hacemos una leve separación, quedamos cogidos de una sola mano, y volvemos nuevamente a unirnos ad infinitum. Es un baile interesante, no como aquí que uno baila solo, como un robot autista.

Prometimos al entrar no hablar de nada, sólo asentir al momento en que ocurriera algo majestuoso. Es que no hay necesidad de hablar. Magda empezó a las 2 y 30. Yo me la pasé tomando fotos y filmando. Pepín también. Y sólo tomé coca cola y té. Nos separamos un rato,  ya que al entrar, el cúmulo de gente bailando nos empezó a distanciar.

Lo que siguió después no se puede describir, y no por lo absolutamente espectacular que haya sido o que no haya sido, sino por el hecho en sí; uno no puede escribir de música. Sólo puede escribir que escuchó música. Track sobre track, mezclas perfectas, canciones melódicas, planas, llevadas a su mínima expresión pero a su máximo goce, canciones blancas y texturas plateadas, minimalismo; y diría una palabra que creo yo es acertada: sofisticación. Pero también impotencia, porque así como uno no puede escribir lo que siente al besar, tampoco puede escribir lo que siente al oír buena música, ni en la casa, ni ahí con Magda, en ningún lado. Asentí con mi amigo, todo el tiempo, en señal de aceptación, en señal de gusto. Allá en el sitio quedaron las pulsaciones, aquí quedaron las letras que tratan de explicarle a usted.

Al salir me despedí de él,  llegué a mi casa, dormí y descansé. No recuperé mi mecato. Yo pienso que lo que me decomisaron les dará para pensar a los organizadores la necesidad de crear una sala especial, vintage pero sofisticada, donde vendan chocolates, capuchino, esencias, que huela delicioso, que haya luces blancas y robóticas y donde pueda estar plácidamente, con mis 5 sentidos, viendo al artista, bien puede ser Ellen Allien o Luciano, bien puede ser the chemical brothers o the Klaxons, sin licor ni nada de sustancias; sólo música y concentración. Un templo en el cual se sienta todo el pulsante y asfixiante sonido del beat, en su máxima expresión. Lo único malo es que, al igual que con este artículo, no se podrá expresar cien por ciento lo que se siente al ver a un artista así, sino que sólo se puede tratar de demarcar unas opiniones.  

Bogotá era una fiesta, una fiesta que nos sigue, tal y como dijo alguna vez Ernest Hemingway sobre París en su libro póstumo. Y espero que lo continúe siendo, para seguir nutriendo estas columnas, tan llenas de música que queda allá en la gente y aquí en mi mente, y que trato de plasmar aquí en estas letras.

viernes, 15 de marzo de 2013

Bueno, el libro o la película???





Me encontraba hablando por la calle con Pepín, un amigo mío, que creo es el que más me conoce, un personificado y humanizado perro el cual les tengo que presentar, no tiene raza porque no es de este planeta, y algunos allegados ya lo han visto por ahí dibujado en mis cuadernos. Íbamos caminando por la calle, hablando de las múltiples vicisitudes de la vida, de las noticias, de la política, de todo el interesante juego de los gobiernos y la política en la vida de nuestro país. Estábamos encorbatados. Pepín, en medio de un café y un postre de banano, me comentó sobre una película que se había visto, dijo que había ido con Pirulina a vérsela al Embajador, la habían pasado delicioso, comieron sánduche y palomitas; se rieron, la pasaron delicioso, de ahí me dijo que se habían ido a rematar, vaya usted a saber qué tanto habrán hecho. Pero al final, retomando el tema de la película, me dijo que, si bien la había pasado rico, “no es ni punto de comparación con el libro; el libro es mucho mejor”. Sonó la chicharra en el soundtrack interno mío.
Usted lector, podría ponerle ahí otro comentario similar, tal vez el que habla que “las adaptaciones filmográficas del libro nunca serán buenas” o “uyyy, no, el autor se debe estar retorciendo en su cripta”, o “yo me leí el libro, el cual obvio, obvio, es mejor, la película no le da ni en los tobillos”. Me quedé mirando a Pepín, circunspecto, miré hacia atrás, miré alrededor, pensé un rato, y me detuve.  Me miré los zapatos, y me comí la uña del dedo anular; miré mis zapatos, que por cierto eran unos estilo Oxford. Le dije “ahh, bueno, Pepín, sigamos hablando de otros aspectos, cuéntame más bien qué vas a hacer el viernes, al fin van de rumba?, o más bien dime qué opinas sobre los nuevos proyectos jurídicos del ejecutivo ”. El tema se canceló y seguimos caminando, hablando de cosas más agradables, como la política y las noticias. En todas esas, el tema quedó olvidado.
Bueno, es que yo siempre he pensado que no es comparable, es una conversación fútil, poner en un mismo nivel el cine y la literatura; son dos medios que por su misma definición y concepción en la mente, o por lo menos en mi mente, son diferentes. Una película dura 2 horas, en 2 horas tu trance empieza y termina, a las 2 horas, para mal o para bien, quedaste con tu rollo en la cabeza, sufriste intensamente, reíste intensamente, la protagonista era una mamacita, o resultó horrible, los paisajes hermosos eran las villas en Escocia, castillos, o las calles harapientas de algún pueblo en el siglo XVII. Y bueno, se contó la historia, con técnicas visuales, sonidos, y la premura del tiempo. Salvo algunos casos en los que las películas se extienden a más dos horas y media, la mayoría las logras ver en la comodidad de tu casa, un sábado o un martes en la madrugada, en un cinema, bien sea en el Embajador o en Campanario, y con la compañía que quieras, bien sea con la preguntona, el sabelotodo o el adivino predictor que siempre sabe lo que pasará en la siguiente escena, y lo dice en tono afirmativo y súper certero “este man ahí se mata”. El cine no da para que te imagines cosas, por lo general; aunque yo sí me imagino qué pasa entre los actores mientras almuerzan, o si se enamoran después, pero eso ya es harina de otro costal.
Sí, es harina de otro costal. Yo siempre me imagino qué pasa cuando gritan “corten”. Será que wolverine va y se quita las garras al baño, se lava las manos con neko loción, y va a descansar y a comer yupis? O siempre imagino qué pasa después del chiste de Condorito: imaginen que ese personaje le dice algo a la suegra y ella sale para atrás y suena “plop!!”. Ahí acaba el chiste; a mí me gustaría saber qué pasa luego, si él de pronto le  dice a la suegra “ay perdón, discúlpeme doña tremebunda, era mentira”, o si la suegra sale corriendo a denunciarlo al juzgado promiscuo de familia. Eso es otro tema, el cual podría ser retomado luego, pero con la compañía de Pepín. A Pepín le gusta la revista mixmag. Sigamos adelante.
Lo que pasa con los libros es diferente. Tú lo empiezas poco a poco; supongamos que tiene 200 hojas; ahí no hay adaptaciones, la película se empieza a formar en tu cabeza. Y el modo de desglosarse no es ni mejor ni peor: es diferente; te lees 50 hojas, o con bulla o en silencio, comiéndote un sancocho de cola, o un elegante wrap; en el bus, o en la casa, y de nuevo vuelves  a ser tú el que lo lee, así como en el cine eras tú el que lo veía. Y te duermes pensando e imaginándote ese hijuemadre loco qué será que va a hacer, yo lo visualizo parecido a Lucho, o a don Enrique, o al vecino, o al tío Jaime; es que es algo más plano, pero más constante el hecho de leer. Al otro día vuelves a leer y se va formando la historia; hay que describir todo con palabras, no hay de otra, en 30 hojas hay que describir una escena la cual en el cine está ahí y dura 1 minuto. Y cuando vas acabándote la historia y ves que la parte derecha está más delgada que la izquierda (no la del cerebro sino la del libro), terminó todo y quedó en tu  cabeza, sólo en tu cabeza.
En tu propia mente quedó el final, el sinsabor que dejó la separación, en tu mente quedó la imagen del protagonista, y pues si nos vamos estrictamente a los hechos, ninguna adaptación será buena, porque la película está en tu mente, y nadie te la podrá plasmar cien por ciento igual.
Así que podría decir que un libro será malo o será bueno, o le gustará o no le gustará, per se. Y la película le gustará o no le gustará, per se. Me puede gustar una película, y no me he leído el libro, cuál es el problema? Qué me quita, qué me pone?  No haberlo leído me quita es la experiencia de no haberlo leído, tal cual, pero no me impide ver la película, no me agrega sesgo. Suponga lector de este blog que usted se leyó el libro, y en la película omiten una escena que usted consideraba importante, cuál es el problema? Así lo visualizó usted, y asá lo visualizó el director. Gozó con la película? Es lo que importa. Nunca será cien por ciento a lo que usted preconcibe en el libro. Y perdóneme que antes pasé de hablarle de Tú a Usted, pero es que me emberraqué. Eso fue un chiste. Sigamos adelante.
Nunca habrá adaptaciones perfectas. Si le gustó el libro, bien; y si sale la película, buenísimo, véasela; y si le gustó la película, perfecto!! Puede ser alguna buena adaptación, pero en últimas lo importante es que sea una buena película. Qué importa que sea una buena adaptación, pero que sea una mala película? Considero que no hay relación alguna, así como es imposible criar caballos con patos.
O como con los besos. Ay, los besos. Qué buena cosa  los besos. Imagínese que llega un periodista y lo para en plena séptima con micrófono en mano y le dice: “doctor, usted qué prefiere, los besos de su novia o los besos de su hija”….Usted pensaría “bueno, los besos de mi novia me elevan a la estratósfera, como Blake Lively, me llenan de pasión, por unos minutos, secreto endorfinas en secreto, y produce lo que llamamos Traga”. Y por otro lado pensaría “pero los besos de mi hija me dan otro tipo de cosquilleo, ganas de llorar, ternura, ganas de morderle el cachete, ganas de sólo mirarla a los ojos, otras cosas, e igual me enloquecen, y produce lo que llamamos prueba-de-que-Dios-existe”. Tal vez al periodista usted le respondería “no sé, no son comparables, así como las películas y los libros, querida gente del noticiero, no son comparables, saludos a mis papás en Popayán”. Bueno, pues así es, no es comparable.
Lo que puede quedar de estas líneas es básicamente que si alguien me dice “viejo Jorge, no te veas esa película, es pésima, el libro es mucho más bacano”, yo le diré “ahh, bueno, muchas gracias, de una papá”. Y seguiré con Pepín viendo a ver dónde mecateamos algo. Porque bien mecatero que sí es Pepín.

jueves, 24 de enero de 2013


PALABRAS A MI AMIGO LUCHO EL DÍA DE SU MATRIMONIO


Niños, niñas, doctores, doctos, muchachas, muchachos, doña Alejandrina, don Leo, rumberos, solteros, casados, señoras y señores:

Desde la capital colombiana estamos expectantes, estamos pendientes, tristes de no haber podido asistir, pero felices de ver esta unión plasmada bajo el hermoso paisaje de Orlando. Es que no es cualquier evento: es el evento en el que Lucho, gran personaje de la farándula criolla y galénica, une su vida, sus pasiones, su gran corazón y su ser, con Pao. Es algo hermoso. Pero veamos: Lucho, Freddy Mercury, qué podríamos decir de él?

Digamos que lo vi la primera vez en una fuente de soda payanesa a más no poder, donde la juventud de peinado hongo y zapatos Corona con monedita hacía su banal reunión para hacer levantes, pelear, flirtear y hacer amigos: Frozen cake. Me acuerdo que iba ahí tal muchacho imberbe, con cara de yo no fui, a recrear el ojo, cosa que este pecho también hacía. Luego entró al colegio Los Andes, a estudiar, a tirar tizas, a hacer lo que todos los jóvenes hacíamos: vivir con desenfado y buscando la felicidad, con el sazón de las puntas cubanas y el guarilax.

Fue fácil hacerme amigo de él: salíamos, conocíamos gente, rumbas, caballos, planadas, amanecidas, muchachos locos, pero siempre con metas de estudiar, en últimas éramos juiciosos, con metas de ser alguien en la vida y de salir adelante. Iba a la casa de él, conocí a su familia, a veces “tomábamos en demasía”, íbamos en moto, parche Los andes, y la amistad crecía, conoció a mi familia, me le puse bravo una vez que fuimos a Bogotá, el gran paseo a Hacienda Santa Bárbara, y gritó mi nombre entero durísimo, volviéndome yo el hazmerreír de las rolas: ahora no me da pena que me llamen Jorge Alonso, pero a los 15 años uno sólo quisiera llamarse diferente, tal vez Julián o Jacobo, no como un conquistador del siglo XV.

Y conocimos Bogotá, y cada vez se iban forjando más los lazos de amistad. Luego nos graduamos, la universidad, el alma ya define sus perfiles, me fui a Cali, él Popayán, luego él Bogotá y ahora yo también.

Gran muchacho, nerdo como él solo, familiar, talentoso, reservado, sensible, chocho, trabajador, sobre todo disciplinado, a lo largo del tiempo he visto su crecimiento profesional, sentimental y personal, y lo he visto madurar. Con ese gran corazón supo conquistar a una gran mujer, dotada de hermosas cualidades y virtudes que hacen que entre los dos conformen un equipo hermoso.

Acá te pensamos mucho amigo, te agradezco mucho todo tu apoyo y tu amistad valiosa durante todos estos años, sos mi amigo del alma desde hace 20 años, y acá seguimos, yo con mi familia y vos formando la tuya con Pao, a quien también quiero mucho y con la cual te embarcarás en el matrimonio, una empresa con momentos tristes, felices, lúcidos, apasionados, pero una empresa que tiene el motor de la vida: el amor que Dios pone en cada uno, el amor que es el que motiva a vivir y a respirar.
Muchas felicidades, los quiero mucho!!!
Jorge Ruiz y compañía…….