jueves, 26 de septiembre de 2013

El reencuentro

Ella entró al recinto, gracias a que abrió la puerta con una llave que encontró tirada en el piso.  Parece que ese objeto le hubiera hablado, ya que no se sabe porqué ella iba caminando por la calle y por esas cosas de la vida volteó a ver hacia un rincón de ladrillo, un rincón que nadie mira; ahí estaba el pedazo dentado de metal, esperando ser recogido. Hay veces que los objetos tienen vida propia, y esa vida propia cambiaría su vida.

En la superficie roñosa de la llave estaba grabada en relieve una especie de torre inclinada de 8 pisos, con columnas dóricas, de color blanco, de un estilo muy propio; ella conocía esa construcción, sabía a dónde exactamente debía dirigirse. La intuición, gran arma de las féminas, le hizo pensar que esa llave abriría la puerta del cuarto principal de esa torre; para allá se fue, no sin antes asegurarse de comprar unos víveres, unos medicamentos y recoger su trench coat de cuero rojo. El sitio a donde se disponía ir era de clima frío y de vientos fuertes.

La gran mayoría de veces no importan los resultados ni el objetivo, ya que estos pueden darse mucho tiempo después o incluso podemos no verlos nunca; pero el proceso, ese sí que es importante, el día a día en el cual se camina hasta llegar a donde queremos llegar. Así que empezó a caminar durante largas jornadas para llegar allá.

A medida que caminaba, a veces por llanuras, a veces por caminos empedrados y a veces por cuestas álgidas, se encontraba y saludaba a muchos niños, ancianos, adultos, elefantes, libélulas y mariposas con hermosos ocelos, de variados colores, impresos en sus alas. Era gratificante ver cómo un niño asintió con la cabeza y se le quitó el sombrero cuando la vio. Siempre sonreía, no importa que estuviera cansada o desesperada, ya que los seres que se encontraban con ella mostraban tal actitud de amistad que desarmaban a cualquier alma ponzoñosa.

En el trasegar de los pasos empezó a envejecer. La sonrisa de las mujeres nunca cambia en esencia, solo cambian sus aditamentos: una línea de expresión más demarcada, un pelo más débil y con canas, una imperfección natural y progresiva. Pero esa energía en su mirada era la misma; todavía era ella, todavía era bella. Un día de otoño, en el que el viento azotaba las paredes y el cansancio azotaba las almas, llegó por fin a su destino, a esa torre inclinada de columnas dóricas.

Del bolsillo derecho inferior del trench coat sacó la llave. Sin embargo, antes de decidirse a entrar, sin saber qué habría al pasar la puerta, sin saber si volvería a palpar este mundo con todo lo bueno y malo que lo caracteriza, decidió detenerse.

Miró para atrás, para los lados y para adelante. Sólo se oía el soplar del viento y el crujir de toda la estructura blanca a causa del mismo. Se sentó un rato en una banca que vio abandonada por ahí cerca, y descansó; estaba cansada de tanto caminar, estaba sola, pero estaba feliz y realizada. Mientras estaba ahí, se le posó una ardilla en el hombro y le causó bastante gracia ver a ese pequeño animal, no veía un animal así desde hace veinte años.

Recordó cuando estaba con él, cuando iban cogidos de la mano paseando por el parque, a unos pocos kilómetros de distancia de donde se encontraba ahora, y se les posó una ardilla al frente, con esa mirada tan pícara y ese crepitar de dientes al mascar su alimento. Recordó también las risas de esa época, risas setenteras, cuando en pocos segundos la ardilla se escabulló entre las ramas de un arbusto y desapareció por completo.

Los recuerdos estaban ahí, llenos de alegría y música; siempre recordaba, tenía en su libreta de apuntes una frase de un periodista checo que decía lo siguiente: “Recordar es la manera de detener el tiempo”. Cogió la llave entre sus dedos y decidida abrió la puerta.

Acto seguido, pudo divisar todo lo que había en el recinto: un candelabro, tres óleos renacentistas, un comedor de madera maciza sin mantel, una canastilla con frutas silvestres, servilletas de tela fina, dos platos con su respectivo set de seis cubiertos, una jarra de cristal llena de sangría, sangría hecha con el mejor vino tinto de la región, y una comida deliciosa presta a ser servida.

Su rostro se inundó de lágrimas, de esas lágrimas que brotan automáticamente al recibir un shock tan fuerte. Ahí estaba él sonriendo y parado de manera taciturna en una esquina del lugar; empezó a caminar lentamente, denotando un nerviosismo obvio y esperable, y le cogió la mano. Diez segundos que pueden representar toda una eternidad precedieron a lo que vendría después, un baile lento y acompasado, con música pero sin palabras, con presente y mucho pasado.

El vals de fondo hablaba por sí solo. En medio de los bemoles de Strauss, y con el contexto de los bemoles de la vida, ella solo podía mirarlo, era imposible que él estuviera ahí, después del accidente que había ocurrido en ese parque años atrás; un accidente que había truncado muchos sueños, ilusiones, bailes y puntualmente una cena que habían estado planeando durante esos días para celebrar su primer aniversario.


En la vida todo lo que debe ocurrir ocurrirá en algún momento, tarde o temprano. Ella lo esperó estos veinte años, y ahora estaban juntos de nuevo, en ese cielo melódico y diáfano. “Tranquila, no digas nada, esta es la cena que te prometí, ahora tenemos todo el tiempo del mundo para estar juntos” le dijo él. Y continuaron bailando, ella recostada en su hombro, con toda una eternidad por delante.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Don José

Don José Jaramillo vivía en las inmediaciones rurales de un pueblo, metido en el corazón colombiano: el municipio de Belén de Umbría, allá en el departamento de Risaralda. Este municipio es un bello sitio, a dos mil metros sobre el nivel del mar, donde se cultiva café, un café delicioso, tostado y humeante, que se vende muy bien y tiene ciertas características especiales que le dan un sabor diferente. Resulta que don José había vivido siempre allá, a 75 kilómetros de Pereira, lo cual se podría traducir a hora y media en yipao por la trocha, o a tres en caballo por en medio de los paisajes, de los cultivos de ese grano rojo que impulsó la economía de toda esa región. Para él, la distancia era expresada en dos tabacos, consumidos éstos de la cabeza a los pies, esparcido su humo lenta o rápidamente de acuerdo al viento que se estuviese presentando, o de acuerdo a la premura con la que don José quisiera echar las bocanadas.

Él tenía que ir una vez al mes en promedio a Pereira, por cuestiones netamente laborales; debía llevar los granos de café, debía pagar sus cuentas, sus impuestos, debía hacer cosas en la capital, en la Perla del Otún. Pero la última vez esos dos tabacos de duración del trayecto estuvieron acompañados por la presencia de unos señores desconocidos, que parecían de otra ciudad. Lo observaban fijamente a él, y solamente a él. Eran dos señores muy bien vestidos, de corbata, de aproximadamente 40 años y peinado de lado.

Han transcurrido 65 abriles desde que doña Mariela dio a luz a este cafetero trabajador y amoroso. Ahora en la actualidad, si bien él no está calvo, tiene un pelo blanco y escaso, el cual peina para atrás. No existía nadie entre todos los belumbrenses que fuera más hospitalario que él, nadie podía hacer más y mejores bromas que él, nadie trabajaba con ese fulgor. Era conocido en el pueblo, compartía con la gente y todos lo saludaban; un campesino que se había forjado con el sudor de la frente y la mugre en las manos; sus padres estaban seguramente en el cielo y vivía felizmente casado con doña Amparo, una campesina de ojos claros, de una vereda cercana. Aplica aquí a la perfección el adagio de que detrás de un gran hombre hay una gran mujer.

El amor y la chispa que generan los corazones cuando se juntan produce retoños, y en este caso, los 35 años de casados de esta pareja dieron dos hijos, ya adultos en este momento: Tomás y María.  Todos vivían en el único activo que tenía don José: una casa muy bonita, bucólica, cafetera, pequeña, en la montaña, con fogón de leña, ahora con acueducto, con el valor de saber que todo se fue haciendo poco a poco.

En esta casa, que tenía un corredor lleno de orquídeas, vivía la pareja con sus dos hijos ya mencionados, y una nieta, hija de Tomás, llamada Teresa, a quien don José había acordado  acoger como suya debido a la ausencia de su madre. Lo bonito de toda esta dinámica familiar era la cooperación: cada quien tenía una función. Teresa ayudaba a lavar platos, los dos hijos se encargaban de las frutas y las verduras, don José llevaba la carne, y doña Amparo ayudaba con el aseo.

Había dicho antes que el único bien que tenía don José era esa casa, pero me faltó mencionar otro bien: el corazón, ese corazón que latía por ellos, que lo motivaba a levantarse todos los días, con el cual bailaba la guabina y el pasillo lento, con el cual jugaba con la nieta, ladera abajo. Un corazón que compartía con todo el mundo, hasta con un grupo de cuatro amigos, amigos de toda la vida, con quienes se reunía a veces para jugar fútbol y hablar cháchara. Todo esto podría resumir su vida.

Cuando iba caminando por su hermoso pueblo, hace pocos días, volvió a ver a los dos señores elegantes. Ellos le pidieron el favor, de manera amable y nuevamente distante, de ir a la plaza del pueblo el día domingo porque lo necesitaban, argumentándole que iba a ser una sorpresa. Él notó misterio, más no desconfianza; su corazón no conocía la desconfianza. Dijo que allá estaría a las 3pm según lo acordado. Su timidez inicial se transformó en transparencia y calidez. Le empezaron a llegar imágenes a su mente y cayó en cuenta que los había visto varias veces, atisbándole, en todas sus labores diarias, desde hace varias semanas atrás.

Esa transparencia hizo que sus jornaleros rasos, a quienes él coordinaba diariamente en el sembrado de café, de propiedad de una empresa risaraldense, no lo consideraran su jefe, sino su amigo. Don José siempre llegaba y los saludaba efusivamente, trataba de decir alguna broma, algún comentario que pudiera relajar la tensión, llevaba café (umm, de ese café que sólo allá se consigue) en un termo blanco de tapa negra preparado por doña Amparo, les ofrecía, comían arepa, tomaban jugo de naranja, y empezaban ahí la jornada. Siempre estaba con actitud de trabajo, con fuerza, metido en el campo, dando lo mejor de sí y promulgando lo mejor a los demás.

Los jornaleros vivían asombrados de cómo él, siendo su jefe y ganando un poco más que ellos, podía ser de ese talante: “es una gran persona”, decía uno de ellos. Tenía el don de liderar con amor y humildad a su grupo sin recurrir a la fuerza que podría utilizar perfectamente, debido a su poder por ser la autoridad. Trabajaban, tomaban cerveza a veces, comían chicharrón en el puestico de don Luis, y estaban muy contentos con él, su jefe, su amigo, don José, quien veía a todos por igual, a todos con la vara de la comprensión y del humanismo.

A don José le pagaban el día; no recibía un emolumento pecuniario mensual, sino en efectivo diario. Con eso doña Amparo distribuía, con las prioridades reales, la vida diaria; esas prioridades que sólo las esposas saben administrar, y siempre con tesón, sacrificio y esfuerzo conseguían poco a poco sus objetivos: Ampliaron su casa y los hijos pudieron estudiar; una vez a la semana, los domingos, cocinaban un gran almuerzo con gallina, aguardiente, fríjoles y cerdo, e invitaban a unos cuantos vecinos; la nieta era feliz y nunca le faltó un par de zapatos, tenía juguetes, y así seguía la vida.

Las cosas que uno hace, uno cree que nadie las ve. Pero Dios está siempre por ahí dándose cuenta de todo.

Esas guabinas que con tanta emoción bailaba don José en las fiestas decembrinas hicieron que, durante una vuelta mal dada en la pista de baile afuera de su casa, se molestara el tendón del tobillo, cuatro meses atrás. De ahí en adelante, él quedaría con una cojera incipiente en su pie derecho que le impediría ser tan activo como antes; pero esto simplemente le disminuyó un poco de velocidad a la vida, ya que las actividades seguían siendo las mismas: los juegos con la nieta, su trabajo, sus bailes con doña Amparo y los diálogos con sus hijos hasta altas horas de la noche. Este hecho motivó a don José a hacer una pausa y a tomar las cosas con más calma de aquí en adelante en sus 65 años.

 “Para qué a mí, una persona del campo, más común y corriente pa’ dónde, sin nada de riquezas materiales, sin papeles en el gobierno, sin poder ni apellido, para qué me necesitan?”. Lo anterior se lo preguntaba siempre don José, a medida que iba caminando el domingo hacia la plaza, junto con su familia. “No sabría decirle abuelo”, decían todos muy circunspectos e indiferentes.

Llegó el día. Los belumbrenses estaban muy aglutinados en dicho recinto y sonaba bambuco a todo volumen. Por cada dos adultos había un joven y un niño, todos sonrientes y sencillos, mirando la tarima, la pantalla gigante, oyendo la música y comiendo alguna delicia típica.

Don José, que ya de por sí era buen jefe, con el sentido de la cooperación y del liderazgo esenciales; buen padre, estableciendo las prioridades de lo que en últimas es importante en la vida y dándoles siempre raíces y alas; buen abuelo, dando cariño y proporcionando alcahuetería; como si esto no fuera suficiente, don José tenía claro en su corazón, en ese bien el más magnánimo, el ímpetu por su patria, siempre sacaba la bandera raída todas las fechas nacionales; se emocionaba a las 6 de la tarde cuando oía en la radio el himno (en esa radio vieja de cuatro pilas y antena desplegable); sabía que su país es una tierra querida, himno de fe y armonía, una armonía que él trataba de llevar en todos los avatares de su existencia.

“Oiga mija, y porqué hay tanta gente en la plaza hoy? Parece que hoy nadie se quedó adentro en sus casas, todos están disfrutando de este sol y esta brisa!”. La música sonaba, la guabina se bailaba por unas 20 parejas de adultos, la gente estaba muy sonriente; era un día muy feliz, y era domingo, día perfecto para usar el sombrero clásico, herencia de su abuelo, y su vestido café oscuro con pañuelo blanco que, si bien hacía calor, daba orgullo y placer lucir.

La gente empezó a llorar de la emoción, don José preguntándose porqué, a medida que los dos señores, muy a las 3pm en punto, se acercaron al recinto, elegantes con gafas oscuras, montados en una tarima. Haciendo un breve saludo al público, le sonrieron, hablaron un rato y citaron unas palabras que decían así: “el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo”. Todo el mundo aplaudía, sonaba pólvora, música, risas, Belén de Umbría era una fiesta. Todos lo miraron a él, a don José, el personaje según él común y corriente. Pero un gran personaje, de gran corazón, para todo el resto del pueblo. Subió a la tarima y su familia lloraba.

“Felicitaciones, usted ha ganado el premio”, decían los dos señores que lo habían estado siguiendo todas estas semanas, analizando su vida, su forma de ser, su carisma, su esfuerzo y su fuerza en el corazón. Reunía todos los requisitos. Segundos después, don José agradeció, dedicó el premio a todo su pueblo, a Dios y a su familia. Ese día todo fue alegría y celebración más que merecida. Sí, don José ganó el premio al Gran Colombiano, un premio que también dedica a usted porque incluso usted también está en su corazón.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Los sonidos del silencio

Cuando el ruido se apaga y llega la melodía –la armonía incesante de la buena música o del silencio- se abre una puerta y se cierra otra. La vida cambia de color, en el juego de la vida saltamos desde un pedestal de ladrillo, bajamos la bandera, recibimos unos cuantos puntos y pasamos a otro mundo de otro color, con otra música y con otros personajes, o más bien con los mismos pero actuando diferente, moviéndose diferente.

El silencio es un lujo que el ser humano se debe permitir. Es poder oír los pasos de la gente, el viento, el crepitar de la teja de acrílico al ser castigada y a la vez bendecida por el sol, es oír el agua, el sonido del humo y también el sonido del ruido. Al estar en silencio, con los oídos abiertos a las experiencias, se puede oír ese ruido a la distancia, una fuerte aceleración de una moto a cuadras varias, un grito y una niña llorando.

En este silencio que siento, huelo y veo, se me ocurren ideas. Lo busco siempre: el silencio en el ruido, y paradójicamente también en el mismo silencio, ya que éste, en su estado más extremo y prístino,  produce desconcentración.

Es probable que lograr esto no sea tan fácil; el silencio se escabulle, es un niño que está detrás de un árbol sonriendo y tirando pequeñas piedras con el fin de pegarle al transeúnte en sus zapatos y de emitir algún sonido que haga aflorar la curiosidad y motive a empezar el viaje: tal y como el conejo blanco que Alicia siguió, previa instancia antes de llegar a un mundo donde su estatura fluctuaba y se volatilizaba.

Suena the Walkmen y el ruido exterior se esconde. El momento es mágico. El silencio interior se ha apoderado de mí, el silencio a todo volumen; es el receso, es el respiro, es lo hermoso de leer labios, imaginar diálogos y recrear conversaciones; es ver a una turista mostrar su abdomen y sincronizar su contoneo con la guitarra raída y acompasada; es oír una tos acompañada de su respectivo eco y del sonido de un par de tacones; es ver por varios segundos la espuma del jugo, de ver los surcos de la mesa de madera, unos rayones un poco más claros que el color original.

Detalles imperceptibles a primera vista, olores a torta y a humo de bus viejo, hordas de gente que me sobrepasa en velocidad, taquicardias de emoción y sonrisas.

Todo esto me recuerda una actividad grupal a la que asistí. El moderador del grupo nos regaló la oportunidad de irnos veinte minutos a campo abierto a disfrutar del silencio, de la manera en la que cada quien pudiera y quisiera interiorizar; consistía en irnos a caminar y ver qué podemos encontrar al estar con nosotros mismos, viendo el tronco del árbol que nos miraba imponente, viendo las gotas de rocío sobre el pasto y oyendo todo a distancia.

Este ejercicio representó para unos cuantos una experiencia extraña, al estar en ese silencio natural y ver que en últimas la comunicación más difícil es con su propio ser, al existir siempre en la rutina tanto ruido externo e interno: las preocupaciones, el preguntarse qué estará pasando en ese día hábil, la mente jugando sus cartas para mostrarle al dueño que necesita un descanso, la necesidad de evaluar aspectos de la vida importantes pero inviablemente poco urgentes.

Para otros resultó sinónimo de plenitud, de goce, de hacer un checklist mental sobre todos los ítems de su existencia. Surgieron inquietudes sobre qué están haciendo mal, qué están haciendo bien, a qué amigos no han llamado en los últimos meses y qué quieren en la vida. Catarsis salpicada de existencialismo, y catarsis a la par con el afán de la vida. Ambas percepciones -la extrañeza para unos y la plenitud para otros- son válidas.

En esta actividad el silencio me saludó, ese gran amigo me abrazó esos veinte minutos, me guiñó un ojo y me acogió; reviví incontables experiencias en las que lo busco diariamente por mi propia voluntad. Pero esta vez era diferente, ya que él me buscó a mí. Y me encontró. Fue un momento de reminiscencias y alegría, de la valoración del momento y del grupo con el que me encontraba, un grupo de personas en búsqueda de la felicidad.

Después vendría el intercambio de ideas, los diálogos, oír las experiencias cuyas conclusiones están ya plasmadas. Todo vuelve a su normalidad, el momento queda en nuestro corazón y la única forma de exteriorizarlo es con un suspiro.


El silencio exterior se convierte en mi cómplice, y la música interior en mi amiga; ambos inseparables. Son un tiquete de ida y vuelta a la imaginación. Así la tinta empieza a desplegarse de a gotas sobre este papel y como coadyuvante pretende plasmarles una fracción mínima de ellos. Una fracción mínima de la musicalidad del silencio.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Los juegos del hambre

Está el indigente en la calle sentado en un costado, junto con todos sus activos de riesgo: un perro nauseabundo de raza genérica, unos tenis negros rotos heredados de algún muchacho que de darles tanto palo jugando fútbol los dejó abandonados, un pantalón viejo y raído color caqui, una chaqueta larga y negra, miles de recuerdos, varios años todavía activos, barba larga, manchas, pústulas, pelo seco y negro, tres cajas de supermercado desarmadas malmandadamente y una bolsa de plástico con tres envases vacíos de gaseosa, a la espera de ser vendidos en algún lado.

Mientras está el señor de mediana edad -también es un señor- con toda su desesperanza, malos olores y dientes aterciopelados, ahí sentado por la noche en el centro de la ciudad, ve pasar gente de todos los colores y sabores; la mayoría lo denigra, la mayoría lo mira mal, uno que otro se compadece, uno que otro se pregunta qué pudo haberle pasado para llegar a ese estado: el estado de indigencia, en el que al igual que la enfermedad, puede uno ver lo que ha sufrido con solo mirar a los ojos; nuestras cicatrices tienen el poder de recordarnos que el pasado fue real, dicen por ahí; las cicatrices están ahí, el sufrimiento está ahí, no importan las razones.

El señor pudo haber sido un miembro de las altas esferas del poder, pudo haber sido una eminencia, tal vez lo sea, eso no importa. Ahora está ahí sumido en la más grande desesperación, apagando fuego con gasolina.

En ese momento pasa caminando una de las musas que son objeto de fantasías. Va ataviada con sus ornamentos, sus brazaletes y explota tendencias masivas a lo largo de toda su indumentaria: cristales de murano, ónix, aretes, oro, metales, carteras de cuero fino y elegancia. Milimétricamente todo está perfecto. Su cuerpo va contoneándose en cámara lenta, como se va difundiendo el humo de una buena pipa, sinuosamente, y pasa cerca a esta víctima –o victimaria- del pasado.

Aquí no hay nada diferente a instintos; el hambre que él siente desde hace dos días lo carcome por dentro. Es un sentimiento que nunca he sentido y que sé que usted lector tampoco. Todos queremos comer y nos dirigimos a la nevera, a la tienda de barrio, al restaurante o a donde la señora que tiene un puesto en la esquina y compramos un paquete de algo, un snack que nos llena; claro, habrá épocas de vacas flacas para algunos, otros tienen épocas de vacas gordas, pero el alimento nunca nos ha faltado. Leguminosas y tubérculos están en todos lados, podemos adquirir el líquido perlático de la consorte del toro, término referido años atrás a la leche, para nutrirnos. Él no. Ha comenzado el juego del hambre.

Camus dice que el hombre no es hombre por lo que hace, sino por aquello que los escrúpulos o la vergüenza le impiden hacer; pero en esta situación no hay escrúpulos, la definición de hombre expresada hace años por este escritor argelino no aplica frente a lo que en últimas somos: un animal. Y el hombre al sentir necesidad y apremio pierde su identidad. Él no sabe qué tiene ella puesto, no tiene ni idea cómo puede cotizarse la más mínima prenda que ella lleva, él necesita comer, él debe saciar su apetito. La ataca, la maltrata, la roba y corre despavorido. Dejó de ser hombre por saciar su hambre; ya posteriormente iría a vender por cualquier monto lo que robó.

El límite entre lo que está bien y lo que está mal se difumina cuando un ser humano está en una situación así; somos vulnerables y lo tenemos todo. El hambre ha sido el motor que activa lo inimaginable.

Casi todos los crímenes que castiga la ley se deben al hambre, decía Francois René de Chateaubriand, un político de hace dos siglos que, paradójicamente, prestó su apellido para nombrar un delicioso plato, un delicioso corte de solomillo servido en recintos a mantel que sacia y acaba precisamente con ese mal que él menciona como causa de los problemas.

La vida es muy corta, venimos a algo acá y acepto que exista toda clase de males, de carencias y de problemas, ya que todo nos forma –o nos deforma- para bien o para mal; pero que exista todavía el hambre y que un ser humano no tenga qué comer para por lo menos obtener la energía mínima para caminar y para pensar es algo surreal.

En Africa sopas hechas con cartón para exprimir al máximo alguna sustancia que mezclada con el agua hirviendo genere algo de metabolismo en usted.  En todos los rincones del planeta personas pensando cómo alcanzar la dignidad de poder conseguir qué comer; a pocas cuadras él atracándola a ella. Todo continúa. El salvajismo aflora cada vez que la necesidad lo exige.

Revoluciones, independencias, inventos, revueltas, paros y muerte. Son las consecuencias de algo tan básico y tan complicado como el hambre. En un concurso famoso en la televisión que hubo hace unos años, que consistía en pasar varios días con poco muy poco qué comer y bajo el escrutinio de jueces y realización ardua de múltiples pruebas físicas,  el ganador manifestó haber aprendido algo: que sentir hambre, hambre de verdad, hace que el ser humano se lance al abismo, que cometa lo más atroz.


Es lo absurdo de la condición humana, y es precisamente eso lo que nos hace humanos, animales y mortales: la dependencia en sentido macro, no de la inteligencia ni de la integración en el conglomerado social, sino del alimento, de algo que no nos falta pero que a muchos sí. Bienvenidos a  los juegos del hambre.

jueves, 29 de agosto de 2013

Calvin y la pintura

Hay una historieta que me encantó de Calvin y Hobbes en la que este niño le pregunta al padre si antes de inventarse el color en la televisión, el mundo también era  en blanco y negro, a lo que el padre le responde que sí, muy enfrascado en su café y en su periódico, respondiéndole por salir del paso; el niño inquieto, bien inquieto como es él, se queda pensando y le dice que si eso es verdad, entonces porqué los cuadros que están pegados en la casa siempre han sido de colores; el padre gesticula el ademán universal de la turbación y la interrupción, una tos corta e insípida, llevándose la mano a la barbilla, y le dice que no, que los cuadros también eran a blanco y negro y en el mismo momento en que salió la televisión a color, se tiñeron. Una vez dicha la mentira, entre más se metía en el lodo ante las preguntas corchadoras, más debía luchar para defenderse. Metida la mano, metido el brazo. El padre nervioso miraba para todos los lados hasta que Calvin se marchó, con su tigre Hobbes, que para unos era de peluche y para él era real.

Imagino la confusión, pero la palabra del padre es ley, y en su cerebro quedó la imagen de un mundo ancestral aburridor de color blanco y negro, remplazado por uno de colores, de matices, tal y como lo vemos hoy. Nada más triste, nada más fuera de la realidad. Si así hubiera sido muchas cosas, como el enamoramiento y el placer, no existirían.

Los colores han estado siempre con nosotros, y el ser humano, además de tener la sensibilidad de captarlos y disfrutarlos, bien sea en un atardecer de cielo naranja o en un arcoíris después de una tormenta, también ha tenido la precaución, la majestuosa idea de reproducirlos en medio verificable. Agradezco aquí, en un medio verificable también, en nombre de toda la humanidad, al primero que quiso pintar su realidad: al primero que mezcló arena y múltiples elementos que veía en la naturaleza para producir algún polvillo con el cual sobre alguna piedra pudiera pintar lo que veía, por ejemplo el sol, ese astro tan inexplicable que nos calienta, o los animales que convivían con él, o su familia.

Al haber plasmado eso, modificando la realidad al ponerle su sello personal, con o sin habilidades técnicas para hacerlo, el primer pintor plasmó sentimiento; y así vendría de ahí en adelante. Es la pintura, los dibujos, los colores, todos estos mutando en el tiempo al igual que el mismo ser humano.

500 años antes de Cristo los griegos pintaron en vasijas de barro toda su mitología y todos sus rituales: los matrimonios que duraban tres días, la entrega de regalos, los entierros, la hermosa y despampanante Artemisa, los niños, los viejos, la vida. Y sin saberlo, al pintar en vasijas pesadas y sin valor intrínseco –eran solo barro, no eran de oro ni de plata- quedaron indemnes al paso de las guerras, al paso del revoltoso ser humano. Sentimientos y vida diaria en medio verificable.

Luego un muchacho pletórico en hormonas y juventud ve que el arte le emana a borbotones por la piel, y quiere plasmar para siempre a su amada; tal vez no sea muy práctico, ya que hay un poco más de progreso, el hecho de pintar en una piedra y con el dedo a su curvilínea amante; procede, a continuación, a mezclar otras sustancias y aparecen los pinceles, la acuarela, los lienzos, las telas, y los suspiros al escribir lo anterior.

Llega la mujer a la casa del pintor, se acomoda, se sienta, se desnuda y posa. El que posa se enamora. Sesiones de tres horas diarias, en las cuales mientras ella sonríe y muestra su cuerpo hermoso, el pintor va esbozando su sonrisa, a veces hierática, a veces fulgurante, o pinta su melancolía, esa felicidad de estar triste, como la definió Víctor Hugo. Apareció ahí el Renacimiento, la exaltación del ser humano, de poner en el lienzo la realidad lo más parecida posible.

Decía Botticelli que él esperaba no haber pintado para los sabios, sino para los locos, porque creía que solo ellos serían capaces de desplegar la trama que permite que sus personajes se relacionen entre sí; El nacimiento de Venus, La primavera. Cuadros que son un mundo entero, una psicología entera.

Vendrían después muchos movimientos pictóricos que, con alguna u otra técnica, con fantasías o realidades, buscaban poner en colores, líneas y trazos una serie de sentimientos, así como la literatura busca lo mismo pero por medio de caracteres. Llega el impresionismo con su realidad difusa y el manejo de la luz, con miles de ejemplos de belleza colorida; solo pondré uno en cuestión: Hermanas,de Mary Cassat, dos niñas abrazadas vestidas con manto blanco y con una expresión en sus miradas indescifrable, cariño, ternura y lozanía.

Algunos un poco más atrevidos, no contentos con ver que la realidad se podría pintar, intentaron hacer lo mismo con el paraíso onírico, los sueños, universo con más abstracciones y más vericuetos; llega Dalí con su tiempo pluscuamperfecto y Escher con sus laberintos infinitos, su juego con terceras o incluso cuartas dimensiones, dignas del más avanzado software de diseño. Me quedo corto con todo; viene lo moderno, los cómics, el abstraccionismo y el tren sigue a velocidades inimaginables. Somos pasajeros de él, de todo lo que el arte nos ofrece.


Cuán equivocada percepción del mundo se llevó Calvin; naturalmente cuando sea adulto y maduro se reirá con su padre recordando el incidente, se develará la verdad; pero tal vez no, ya que ahora que lo pienso, la pintura representa el sentimiento del autor, y puesto que Calvin también es pintura, es una caricatura tan respetable y tan representadora de sensaciones como un cuadro de Andrés de Santa María, probablemente su edad y su entorno siempre sea el mismo. Calvin nunca comentará su pasado porque siempre existirá tal y como es ahora, al igual que todas las pinturas. Nunca envejecen, nunca mueren.

jueves, 22 de agosto de 2013

La modernidad relativa

Siempre el ser humano ha tenido la curiosidad por saber cómo será el mundo en el futuro. Premisa inicial de la que se desprenden infinidad de teorías y angustias; Nada más interesante que lo desconocido, y nada más aburridor que el saber que todo está dado y que no hay incertidumbre.

Esa curiosidad motivó a un vikingo a explorar qué podría haber al oeste -antes sólo exploraba el este- y así llegar a las costas de Inglaterra; citando a  Eca de Queirós, este sentimiento oscila entre lo grosero y lo sublime: sirve para fisgonear a la vecina cambiándose su ropaje o para descubrir continentes como América. La curiosidad es un importante combustible, a veces con mugre y a veces con alto octanaje.

Las pruebas de las ganas de saber qué pasará están en los libros -cuando éstos empezaron a existir- pero mucho antes ya estaba la tradición oral, el voz a voz legendario que obligaba a aprender de memoria (con todos los errores que ese teléfono roto implicó) las percepciones sobre la vida, las poesías y las profecías. Antes las historias se contaban y se memorizaban.

Imagino a Lucy, la primera humana que la paleontología menciona, en Etiopía hace millones de años, pensando y angustiándose por saber qué vendría después, cómo cambiaría esa llanura calurosa en la que cazaba su alimento, dormía y desarrollaba sus funciones corporales; la imagino comunicando de alguna manera, no sé cómo, sus perspectivas a su núcleo familiar -no había lenguaje-, viendo la imposibilidad de que hubiera algo diferente; ya todo está creado, ya están los animales, la comida, qué más puede existir? Vivía en su modernidad relativa.

Posteriormente vendría lo que conocemos como Historia, y continuaron imaginándose el futuro. A la par de esto empezaron a vaticinar el fin de todo; al oír un trueno una noche de invierno, salen a relucir los miedos y fantasmas y alguien da un paso al frente, se apersona, se pega en el pecho tomando el liderazgo y dice que el mundo, sí señor, se está acabando y dejará de existir tal y como lo conocemos. Expectativa y miedo al fin, otra característica más del adulto contemporáneo.

Surgen los profetas motivados por el temor. Existieron también los zahoríes, que veían lo oculto; luego los arúspices, que examinaban las entrañas de los animales para profetizar el futuro (no más imagínense el reguero de sangre y tripas para concluir que habrá una guerra con los mismos ingredientes escatológicos), y así sucesivamente.

En Italia existió un profeta llamado Savonarola, que luego fue quemado en la Inquisición; construyó una red social de muchos seguidores, aun sin existir el computador, y acabó con la estabilidad del sistema de poder de Florencia, tan concentrado en la familia Médicis; todo con el patrocinio de la incertidumbre.

Otros instrumentos para especular con el fin son los números per se, esas cifras inventadas por tribus ancestrales e impuestas por emperadores. Al ver que llegaban al año 1200, por ejemplo, los profetas decían que el mundo acabaría. Cómo? No sé, pero todo acabaría. Y así con el año 1300, 1400, etc. En el mercado financiero los niveles cerrados (1900 ó 1800 ó 7,00) implican la ruptura o comienzo de alguna tendencia; así es con la vida. Cada nuevo milenio, década o año trae nueva energía, e involucra rituales. No más acuérdense del año 2000, la gran celebración que hubo, el Y2K y demás.

Miles de casos así, hasta que llegamos a la modernidad, nuestra modernidad relativa. La gente se sigue matando para no morir; el locuaz Nicolás Gómez Dávila a principio del siglo XX dijo que la sociedad del futuro sería una esclavitud sin amos. Algo tiene de razón. Incluso mi padre, una vez que le pregunté sobre cómo seríamos dentro de 100 años, dijo que todo sería igual, sólo con más pobreza y más problemas, con los mismos humanos, sus angustias y su alegría, que siempre al inicio de cada año habría profetas que vaticinan un atentado contra el Papa y un terremoto; el mundo siempre será igual, sólo con más gente y más tecnología. Las cosas cambian, lo que antes eran monarcas déspotas ahora son corruptos, también déspotas; sólo hay cambios en las apariencias, no en la esencia.

Creemos que esa modernidad es exclusiva de nosotros, pero no es así. Nuestro entorno era algo impensable hace 100 años pero causará gracia dentro del mismo tiempo, pronto esta modernidad será una época primitiva en los libros de historia. Hoy puede haber un taumaturgo diciendo que el fin se aproxima, siempre con el mismo cuento; seguirán saliendo películas y libros con temas futuristas, en ese territorio en el que todo es permitido; el miedo y la incertidumbre continúan, echando carbones a la hoguera de la humanidad.

Por mi lado encuentro fascinante imaginar el futuro, y cree uno que ahora está todo inventado, así como creyó un indígena paez hace 200 años, o así como creyó Lucy. Pero nada está escrito, o más bien todo está escrito, sino que no sabemos dónde. Cómo será la música? No tengo la menor idea, me hice esta pregunta hace 20 años sobre cómo sería cuando fuera adulto, y nunca imaginé todo lo que hay ahora: el espectro es gigante.


El mundo siempre será triste y feliz, justo e injusto, primitivo y sofisticado; ahí navegamos, depende qué lado de la balanza quiera agarrar uno. Me encanta estar viviendo y estar expectante, no del  presente continuo, sino del futuro progresivo. Esa es mi modernidad relativa.

jueves, 15 de agosto de 2013

Todo de todo

Corría el año 1993 y estaba viendo televisión con mis papás y mi hermana, haciendo zapping entre tantos canales que existían en ese momento, todo esto gracias a un concepto novedoso: la antena parabólica. Esta consistía en un plato pandeado inmensamente grande, a veces incluso más grande que la misma casa, instalado en un lote de 4x4 metros, que miraba hacia arriba como los girasoles y captaba señal  de los satélites de cadenas de televisión del otro lado del charco y del otro lado de la luna. Por su tamaño, este tipo de antena fue un gran invasor de espacio en la floreciente terminología de zonas comunes y propiedad horizontal.

Empecé a ver canales diferentes, comerciales de cereales y de GI Joe que me dejaban absorto, noticias en inglés, y también canales peruanos, argentinos y mexicanos. Nos volvimos multimedia e internacionales.

Iba cambiando canales, como les digo, y me detuve en un espacio de humor en un canal mexicano. Teniendo como derrotero y bases teóricas la Carabina de Ambrosio y Qué nos pasa noté cierto parecido entre los actores de estos clásicos  y el que aparecía en ese momento en la pantalla.

Todo de Todo se llamaba el programa, un collage de sketches que colmaba media hora semanal. Yo lo esperaba ansiosamente cada jueves con palomitas de maíz y gaseosa y posteriormente caí en cuenta de que podía empezar a grabarlo en el Betamax.

Ahí salían muchos personajes, entre ellos un español gordo y peludísimo haciendo monerías, conocido como el Trompetero, volviendo la lengua un ocho mientras era insultado y humillado por su amigo buen mozo y malgeniado, el Tabaquete, a raíz de sus comentarios estúpidos, fuera de tono y absolutamente hilarantes. Uno era gallego y el otro andaluz.

Qué bien que la pasaba. Además del par de españoles tontos, existió un profesor, apodado Hugo del Metate, que en un papelógrafo explicaba múltiples términos a sus alumnos y mientras preguntaba si le entendían, movía la cabeza hacia adelante, el peluquín se le despegaba a medias y le cubría la cara. Muy chistoso además otro personaje, un científico alemán, naturalmente basado en Einstein: el doctor Von-Va. Imagínenlo con su acento alemán, el pelo parado y la espuma desbordando las pipetas y beakers de su laboratorio.

Hasta aquí la primera parte del fenómeno: el asombro y la risa.

Luego empieza la difusión, segunda parte natural del mismo. Empecé a gesticular igual al trompetero, les conté a mis primos, a mis amigos, a mi hermana, a mis papás, ellos también empezaron a gesticular y hacer el ocho con la lengua al terminar un chiste, empecé a sacarle parecidos a la gente con algunos personajes del programa e incluso me aprendí diálogos de memoria, que aún recuerdo sin falla. Están en mi memoria, y me río todavía.

Todo de Todo se convirtió en una institución para mí, en un estilo de vida, así como el transmisor gigante e incómodo para sintonizarlo por medio de las ondas, la parabólica, se convertía en el estilo de vida de los demás. Contábamos con múltiples opciones, el panorama se iba atiborrando de estas antenas: nunca antes los Supersónicos estarían más acertados en su visión del futuro.

Primos y primas de otras latitudes y disímiles edades hacían la mueca del Trompetero en señal de complicidad conmigo, e incluso recitaban algunas oraciones repetidas insaciablemente por este pecho, había rebobinadas de casete casi a diario y ese rodillo de cinta se convirtió un poco menos que una joya, un trofeo. El clímax de toda esta situación llegó en un capítulo puntual en el que uno de los personajes -el profesor- al cerrar su papelógrafo y marcharse del recinto se machuca tres dedos de las manos, pega un aullido máximo de dolor y se va absolutamente adolorido, mientras todo el público casi se parte de la risa. Podrían ustedes imaginarse cuántas veces vi la escena, la devolví, la volví a ver, proceso que casi daña los cabezotes del reproductor.

Como en todo fenómeno, después del clímax y el movimiento, llega la calma. Así como todas las dinastías y gobiernos poderosos declinan, también empezó a mermar la calidad del espacio humorístico; empezaron a repetir ediciones viejas, ya los personajes no eran tan genuinos sino más bien aburridores; así mismo la programación de canales de la parabólica empezó a menguar, veíamos canales en inglés que transmitían los pronósticos del clima las veinticuatro horas del día, incluso hubo un canal árabe, o iraní, no importa: era incomprensible y de letras raras.

El fin llega, tarde o temprano pero llega. Alguna ley de algún señor triple A (abogado, adulto y aburrido) se coló en el Senado, supongo, y bueno, palabra va palabra viene, las parabólicas pasaron a ser ilegales; los dinosaurios eran gigantes, aparentemente invencibles y longevos pero aun así se extinguieron; eso mismo pasó con la parabólica. Desmontaron todas las estructuras, y nunca más volvería a saber nada de estos amados personajes, de estos dinosaurios; pero poseía un fósil: el casete en el que grabé todo, la prueba reina.

El tiempo siguió avanzando a la par de la tecnología, llegó internet, los planes de televisión por cable y demás comodidades; y resulta que así como la corriente del mar o algún terremoto sepulta los fósiles mandándolos a parajes lejanos y escondidos, me pasó que en un trasteo (nada más parecido a un terremoto) el afán de salir de bártulos le dio un adiós para siempre a la única prueba que quedaba de la existencia del trompetero: el casete se perdió.

Ahora corre el 2013 y mencioné que llegó internet porque gracias a ella pude ponerme en la labor, desde hace algunos años, de buscar algo relacionado a estos personajes, a ese programa, con resultados muy exiguos. A duras penas hay un par de extractos de un minuto en youtube; la parabólica se extinguió y con ella Todo de Todo; por más que busco en todos lados, apenas salen menciones o comentarios alusivos a algo que existió en el 93. Ahora cómo pruebo que existieron?


Tal vez después de la cuarta guerra mundial, esa que dicen será con palos y piedras, surja una nueva sociedad, con dinosaurios y parabólicas; seguro que ahí reaparecerá el Trompetero, Tabaquete y demás, dándose golpes entre sí. Seguro estaré ahí para ese entonces; de momento, estoy seguro que alguna familia está en este momento dañando los cabezotes del reproductor de Betamax destornillada de la risa viendo, devolviendo y viendo otra vez las genialidades de este humorista en algún recodo del mundo. Habrá encontrado la prueba reina en la basura, en un mercado de las pulgas o en alguna subasta en internet.