jueves, 26 de diciembre de 2013

Ella adaptándose

Esta señora está totalmente conectada con el mundo. En cincuenta años ocurren muchas cosas que, si bien representan bastante tiempo, mirándolo como un todo tiene mayor relevancia en esta actualidad, en esta modernidad relativa, en la que todo es más rápido y donde los avances se ven más latentes.

Ella era una niña en el año 1960, fue criada con música de Gigliola Cinquetti, vivía en una ciudad pequeña, no existía la televisión, o más bien apenas hacía su entrada en el mundo del entretenimiento personal y familiar. Eran tiempos de calma, para algunos los mejores, para otros los peores, pero no hay modo de comparar.

Antes había más sosiego pero menos analgésicos, más expectativas de ver paisajes pero menos expectativa de vida, menos tecnología pero menos viajes. Viajar a Europa era solo para algunos, las trochas hacia las fincas significaban humo y mareos, pero las flores de los parques circundantes expedían olores y fragancias incitadores a la sensualidad. Humanidad de contrastes.

En todo este entorno, en el pasado, ella creció. A veces en su colegio femenino se escapaban a ver la novela de moda, en esa televisión traída a su ciudad pocos meses atrás, y abrumada por la tecnología se disponía, junto con sus hermanas, a ver tal historia de amor, engaños y traiciones. Como todas las telenovelas, como siempre ha sido. Al acabarse el segmento de entretenimiento volvían al colegio, a veces siendo descubiertas, a veces no, y continuaba sus labores escolares, en una academia marcada por el rigor, la disciplina y el miedo.

El tiempo va pasando y tal niña ya no es una niña. Sigue el teléfono fijo, adalid de amores e ilusiones juveniles, la espera eterna a que el hombre de sus sueños la llame y la invite a salir, claro está, con la aceptación de la familia, para evitar hacerlo a escondidas. Están las fiestas, el rock and roll, está Jeanette en su máximo apogeo y están las ilusiones sobre qué vendrá y cuántos hijos tendrá, si el amor tocará a su puerta o si simplemente dará una vuelta cercana y se devolverá.

Son ilusiones que existen siempre. La televisión ya deja de ser una retahíla de imágenes, unas novelescas y otras educativas básicas, para convertirse en un ente a color, un aparato que traería conciertos, películas, información de otro mundo, para empezar a abrir los horizontes y darse cuenta que no estamos viendo solamente algo irreal: allá afuera, cruzando el mar, ocurren cosas, hay otras culturas, hay otros pensamientos y otras tendencias. La actualización la hace el ser humano, ya sería impensable volver a ver algo a blanco y negro. El color habría llegado para quedarse.

En su ciudad, pequeña y a veces monótona, los cambios se dan a flor de piel en vestuarios, peinados y zapatos. Vienen los setentas, los ochentas, músicas cambiantes, revolución sexual, píldoras, Beatles, Stones, San Remo y el alma define los perfiles. Le gusta esto, le disgusta aquello, así como su hermana puede preferir lo contrario, sus otras hermanas pueden aparentar indiferencia y así sucesivamente con amigas, compañeras y vecinas. El alma vuela junto con el cuerpo, nacen hijos, el paso es más lento, cambian las prioridades, hay que trabajar, hay que inmiscuirse en un horario para tener salud y en los ratos libres puede pintar, dejando flotar su imaginación en un campo de nubes.

Mientras todo esto pasa la tecnología avanza. Aparecen los teléfonos en los carros -gran lujo e innovación- y aparecen los celulares. Gigantes con juegos básicos, con la posibilidad de hablarle a alguien estando de compras en un supermercado y con la posibilidad de mandar un mensaje de texto desde la fila de un banco. Llaman, es la modernidad. Sería impensable ahora depender solamente de un teléfono fijo habiendo un grupo de creativos diseñado algo tan práctico.

Esta señora de quien les hablo mira su dispositivo ahora. Sigue siendo portátil pero ahora es a color, es liviano, tiene fotos instantáneas, con flash o sin flash, con efectos especiales de filtros o planas en efectos. O incluso en blanco y negro. Lo antes impensable vuelve a ser pensable, incluso añora las fotos con estas características aduciendo un mayor romanticismo y nostalgia evocadora.

La foto podrá ser compartida, mientras bajo un sistema de mensajería instantánea manda una cara de insatisfacción por algún hecho desagradable a alguna amiga suya que está pasando ese océano, en un lugar que la  televisión mostraba lejano hace varios años. La adaptación se hace y a veces no se percata de ello. A veces en reuniones familiares sí lo hace e insta a sus allegados a recordar los momentos en los que no había nada de estas facilidades instantáneas, tecnológicas y comunicativas.

Así pasan los años, y ella se adapta. Pone un like a alguna foto de su cantante favorito, trina sobre lo que no le gusta del político de moda, pone una foto de su postre, con filtros claro está, en otra de las tantas redes sociales. Su mente está clara, su aprendizaje va de la mano con el floreciente desarrollo. Así vamos todos, corriendo detrás o al lado de tantas posibilidades que tenemos de comunicarnos.


Incluso esta señora, en momentos de máxima erudición con las redes sociales, en momentos máximos de elaboración de multitareas, teniendo a sus espaldas todas las herramientas, le pone like a un video de los años 60 de Gigliola Cinquetti en blanco y negro, extraído pocas semanas antes de la televisión que ella vio nacer en su ciudad natal. Junto a su nieta que ahora la mira.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Tránsito hacia la familia

El aeropuerto es un sitio donde se juntan varias historias siempre, y con más ahínco ahora en el ocaso, en el ocaso de este año que cierra su existencia sacando su último cartucho que le queda: la navidad. Es imposible no mencionarla, quedarse indiferente ante la movilización de tropas de niños, de jóvenes y de adultos hacia sus tierras, hacia sus orígenes. Es esta época necesaria y vital para el regocijo.

Todo en la vida tiene su función. Los cumpleaños motivan a felicitar al agasajado, a proporcionarle una corta visita, a regalarle un pendiente o una torta, cosa que no ocurriría si tal fecha en la que Dios lo trajo al mundo no fuera celebrada. Por muy breve que sea el trino o el abrazo, queda un sentimiento de gratificación. Estas efemérides sirven. Y esta otra efemérides, la Navidad, bien sea que alguien la vea desde el punto de vista religioso o que la vean desde el punto de vista familiar, o simplemente desde la óptica del descanso merecido y las fiestas, desde cualquier punto de vista es válida su celebración. Es una oda a la familia y a los amigos. Es libar una copa por ver a los padres, a los abuelos, a los amigos. Es partir una torta por los que ya no están. Es dejar que un niño lea la novena con términos ininteligibles. Pero para esto se necesita infraestructura.

En qué epicentro ocurre ésta? En un aeropuerto. Recuerdo la película Love Actually, que de hecho cumplió diez años hace poco. Ellas, como seres que son, celebran también su existencia. En esta película inglesa a más no poder, como les digo, muestran diversas parejas despidiéndose, riendo, saludándose, llorando, angustiadas, ansiosas, felices, mirando el reloj, esperando la vida, esperando el amor, a cámaras rápidas y a cámaras lentas. Y todo lo filman en Heathrow, aeropuerto de Londres.

Pero en cualquier parte lo podemos palpar. Ver al joven con un morral gigantesco en sus espaldas despedirse de sus padres, en búsqueda de la educación internacional con miles de sueños en sus bolsillos mientras ellos se quedan aquí, añorándolo pero sabiendo que es lo mejor para su futuro. El tercer llamado de una voz distante exhorta a su separación y a que pase a la siguiente sala. Adiós, queda el momento, las lágrimas en los ojos, quedó congelado el presente para ir a buscar algo más.

Quedan los padres abrazados, tristes y con el esplín a flor de piel, mientras que a dos metros una pareja espera a su niña, seis años menor que el que acaba de marcharse. Es su niña que llega de intercambio. Están las alegrías, la semiología colombiana, el recibimiento, alguna muestra de folklore, de esa idiosincrasia tan propia que sale por nuestros poros. La alegría del reencuentro convive con la amargura de la separación.

Sueños frustrados y sueños nacientes. La juventud y la vejez. Uno que otro crimen estará siendo detectado en este instante en tal recinto. Alguien también con sueños pero con contextos diferentes de engaño, ignorancia y ambición. Todo ocurre allí.

Vienen las filas del chequeo rutinario, la sala de espera, a veces atestada y a veces vacía, el cómodo salón VIP, el tinto, los dulces, a unos metros un hombre vocifera vituperios al enterarse que perdió el vuelo por alguna razón de índole citadina, un niño llora cansado por un retraso, una mujer cuenta las horas para ir a ver a su amado príncipe gallardo en otro país, otro muchacho de gafas oscuras y traje elegante espera con una maleta de mano abordar para asistir a una reunión fugaz de trabajo.

Cada humano cuenta y transmite su historia, mientras unos almuerzan y otros consultan información, a veces profunda y a veces banal en sus dispositivos portátiles.

La vida transcurre así, en la espera a ser trasladados, en la espera de ir a otra ciudad que, por cosas del destino y arbitrariamente, no es propia o sí lo es, es la de otros o es la de todos. Con todas las afugias, los estruendos, los afanes y lo inefablemente rutinario, se forjan las actividades, se cierran negocios, se cierran romances y se abren amistades.

Nuestra sociedad es de núcleos y de colmenas: terminales, centros comerciales, estaciones terrestres, colegios, buses y estaciones aéreas. Aquí estamos y el tercer llamado obliga a ingresar al avión. Unos volverán, otros no, es el símil con la vida misma, esa vida que transcurre entre encuentros, besos, peleas y satisfacciones. No podría ser de otra manera.

Bien lo dice una canción: Life’s a journey, not a destination. La vida es un viaje, no un destino. El mismo proceso de ir es la muestra de que vivimos. Y más ahora en Navidad, donde siempre habrá alguien que nos espera y a quien esperamos. Regalos de efemérides manifestados en presencia y calor humano.


Buen viaje en la vida y Feliz Navidad para todos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Las pegas

Existe en el ser humano siempre una completa añoranza hacia los hechos, modas, artefactos y usanzas de épocas pasadas. Estamos en una época en la que todo ocurre rápido, hacemos cada vez más actividades y podemos comunicarnos más fácilmente con todos. Pero no quiero escribir sobre eso, ni sobre qué tan bueno o malo era el pasado, o sobre qué tan bueno o malo será el futuro. De hecho el pilar fundamental de estas divagaciones no se centrará en aspectos generales de tiempos y nostalgias.

No. Si acaso les haré emitir un suspiro o una sonrisa hacia una actividad que es imposible de hacer en el presente. Ya no existe Studio 54 ni Alelusis, no hay casi vinilos, o lo que es lo mismo, no hay casi acetatos, no hay casetes y el teléfono fijo es cada vez más avanzado aun existiendo el celular, incorpora timbres digitales, mayor alcance en ondas y mayor calidad en sonido. Aparte de estas características tecnológicas que nos llevan cogidos de la mano hacia la modernidad relativa, término tan usado en escrituras actuales, existe una función que mató toda clase de posibilidad de reírnos, mató toda clase de imaginación en historias inimaginables, mató la imitación de voces entre usuarios. Es el identificador de llamadas. Muchacho antipático, función moderna que decodifica la onda y nos sopla en el oído –y también en la pantalla- de qué código de números proviene la voz del prójimo que se digna a hablarnos.

Mató una fuente de risotadas estentóreas, unas inofensivas y otras no tanto. El identificador de llamadas acabó con las pegas. O bromas en su acepción más general.

En las épocas universitarias, saliendo del alma máter, en las que se gestaban reuniones donde amigos de la infancia o también donde amigos emergentes propios de dicha época, luego de cierta elevación y ataques de cordura –y también de locura- surgía una idea luego de ya haber departido un rato, luego de haber oído canciones espectaculares de moda y luego de haber comido algunos snacks. Alguien en medio de la nada, con el calor propio de la ciudad en la que se gestaban dichos encuentros y tales estudios, de un momento a otro tendría la iluminación en su  cerebro y transmitiría dicho arranque a sus coetáneos: Hagamos una pega!!

Luego de un silencio corto, no quedaba nada más que imaginarse la actitud y la incomodidad de la otra contraparte al recibir a altas horas de la madrugada una llamada fría, antipática o incluso risueña. No se sabría dilucidar qué era peor. Luego del silencio que les cuento, vendría una risa, vendría la adrenalina secretada –y también secreta- al tomar una decisión sublime y esencial para ese entonces. La decisión de quién sería el soldado, quién sería el gallardo príncipe que sería capaz de portar la bandera, de conducir el ejército y de tomar la vocería. Quién sería el duro que tendría la capacidad de hablar, de prestar su voz para tal peligrosa y divertida empresa.

Después vendría otra pregunta. A quién llamamos? Debería ser a alguien no tan común, no tan familiar, que no los conociese tanto. Sigue la adrenalina. Surge una lista de innumerables candidatos, entre machos y féminas, entre familiares y vecinos, entre profesores y conocidos. El cónclave empieza a deliberar y surge un elegido. Después de miradas nerviosas y expectantes, a las tres de la mañana, ambiente tenso, silencio absoluto, tal vez a la distancia suena una moto acelerada a varias revoluciones, tal vez suene un eurodance a muy bajo volumen, tal vez suene un estornudo. Tal vez la persona responda el repiquete del teléfono.

Ring……..ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. Después de unos cuantos repiquetes la voz perezosa, un tanto cansada y un tanto angustiada, contesta. Un poco aterrada, es madrugada, quién puede estar necesitando algún favor, algún recado, algunas palabras a esa hora? Esto es extraño, ojalá no sea una calamidad, qué puede ser?

Al cabo de unos segundos existen dos opciones.  Primero, las ofensivas, que consistían en groserías, ajo y picante, claro está, enfundados en una voz distorsionada por la manga de un saco; y segundo, las jocosas, que simplemente implicaban la imitación de alguna voz de un personaje famoso, de un exnovio de la afectada o de algún compañero peculiar que incitara burlas. Todo esto se daba con una mano que tapa la bocina, mientras todos morían de la risa y mostraban rostros rubicundos.

Sigue el jaleo, sigue la faena, y el interpelado se empezará a dar cuenta que esa voz, esa risa, ese acento, o hasta alguna interferencia característica del teléfono solo puede corresponder a………Cuelgan el teléfono.

Vienen las risas después de colgar. Viene la celebración, en la que se ha logrado el objetivo propuesto, y todo es un mar de satisfacciones. Pero el mayor placer podría llegar al otro día, o dentro de dos meses, o incluso al cabo de un par de años. Si tal vez se encuentran en un evento de reunión de amigos del colegio, o por casualidad se toparan con alguien, podría ser que la otra persona dijera: -no, yo recuerdo la otra vez que alguien llamo a mi teléfono a las tres de la mañana a insultarme, no podía creer, quedé desvelada, es el colmo que me falten de esta forma al respeto-. –Tienes toda la razón, es el colmo- fue la respuesta que el interpelado aducía.

Y siguieron las bromas. Las pegas. Hay otras, que hacen parte del género de los clásicos, como llamar a preguntar si alguien lava ahí su ropa. Este, debido a su simplicidad, se da para que sea realizado por niños pequeños. Hay otros delatores, en los que se da un mensaje clave respecto a algún evento, por ejemplo alguna fiesta sorpresa o alguna serenata de perdón sin ser anunciada.


Son las pegas. Son como la juventud y como la niñez: quedaron en el pasado, en los recuerdos y en la certeza de lo imposible de su retorno. Pero también causarán risa siempre al recordarlas con los amigos, y seguro también causarán risa en víctimas y victimarios. Risa de satisfacción y alivio porque están seguros que nunca volverán a ser despertados, en pleno sueño delicioso, por algún cantaor anónimo de flamenco embebido en licor cantándole la tabla, o por algún payaso trasnochado con voz opaca gritando a los cuatro vientos un sinnúmero de sandeces y denuestos. Puedo descansar, y puede descansar Usted. Felices sueños, el identificador nos protege.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Llegando ( 3er capítulo )

En su maleta, Osías alistó ropa para cinco días. Sin saber qué clima podría haber en el paraje final, o sea la residencia de Laura, él fue precavido y llevó una tricota de lana de vicuña, perfecto escampadero para algún posible frío atroz. Sin embargo, llevó camisetas y pantalones cortos por si hacía calor. Naturalmente, llevaría su traje marrón cruzado, el traje que fue testigo del primer encuentro, ese encuentro que produjo chispas mesmerizantes de un enamoramiento inevitable e inatajable. Todo quedó empacado en una maleta pequeña de cuero.

La ansiedad y el imaginar a su amada producen palpitaciones rápidas; debe ser por eso que siempre al hablar de amor se habla del corazón. En ese órgano se metaboliza el sentimiento. Cada vez menos tiempo, cada vez menos distancia.

La década de los cuarenta. Él viviendo su modernidad relativa. Era su contexto, era su juventud. Ella allá en su tierra natal, sin imaginar siquiera la posibilidad de un reencuentro; y el destino nada más sonriendo al ver a estos dos seres. El bus Kenworth modelo 1933 surcaba las carreteras, algunas a medio pavimentar, otras empedradas, a veces bajo un sol refulgente y enceguecedor y  a veces bajo una lluvia pulsante. Pero todo es ganancia, cada minuto es un avance, a cada hora de estos tres días de viaje lo sublime se iba volviendo aterrizado, lo virtual se iba haciendo real.

Qué más queda yendo de pasajero en un bus lento, sin ninguna distracción, sin radio y sin la posibilidad de leer algún pasquín debido a la vibración incesante en el asiento?. Era imposible entretener la vista ya que el mareo sería insoportable, la retina inmediatamente se desprendería. Cuando no hay posibilidad de entretener la vista, hay que entretener la mente; divagar es la opción y qué mejor forma de hacerlo que pensando en el futuro, haciendo planes y elaborando conceptos.

Mientras llovía a cántaros en una recta de clima tropical húmedo, Osías empezó a imaginarse el futuro con ella, de una manera fugaz, tan fugaz como él quería. En ese futuro virtual él la besaba: juntaba su boca con la de ella, cerraba los ojos pero no del todo, cosa que levemente pudiera ver el rostro de Laura acercándosele, abriendo la boca poco a poco, girándose 45 grados para lograr la perfecta sincronía entre los labios; y al producirse el primer toque vendrían los cómplices: el paladar, los dientes y la lengua, transmitiendo endorfinas y demás sustancias que producen tanto placer.

Era ese beso virtual el objetivo, era oler su fragancia a Chanel número cinco. Era ver sus bucles, probablemente ahora igual de rubios pero más largos. Había un hijo en los planes, había madurez, había una hamaca, siempre un futuro forjado en pareja, ni más del lado masculino ni más del lado femenino. Ahí se plasmaba algo típico: el hijo hombre que él siempre había querido tener; un niño con rostro oval, cejas pobladas, con similar nombre al ficticio padre, merodeaba esas divagaciones con un pantalón corto, una camiseta de rayas y unas botas de cuero negras.

Ella, Laura, ahí estaba en ese universo, estarían tomándose fotos en la piscina municipal, ella con trajes de baño conservadores, enteros y sin ninguna curvatura sinuosa e insinuante, adornando su cabello y protegiendo su dermis con una pava azul tenue aguamarina.

Todo esto era el futuro. Con una aparición desordenada de diapositivas, pero cuando los componentes son agradables, ese desorden no existe, no es tal.  Más bien se vuelve variedad.

Entre juego y juego el bus se detuvo. Una patrulla de policías, compuesta de seis hombres fornidos y bastante imperturbables, estaba en pleno inicio del puente limítrofe entre el país de él y el país de ella. De manera amable solicitaron a la gente bajarse del vehículo, mientras preguntaban de dónde venían y hacia dónde iban. En plena exploración de los bártulos y de la ropa, saludaron a Osías. Él explicó que nunca había entrado al país, que era su primera vez, que el amor tocaba su puerta por primera vez y debía abrirle. El policía no podía decirle nada más. –Bienvenido, sea bienvenido el amor- le dijo.

Después de una hora, el bus arrancó. Son procedimientos habituales entre naciones. Si antes dicho encuentro estaba avalado por el destino y por Dios, ahora estaba legalizado y plenamente formalizado. Hay vía libre para ir a visitar a Laura. Cuando los eventos dejan de estar en lontananza y pasan a ser contados regresivamente, es como cuando se va a entrar en la ducha y se siente el salpicar de las gotas a unos centímetros. Prácticamente está inmerso en el evento. Faltarían cuatro horas, aparentemente de más lluvias incesantes y andinas.

Pudo dormir durante ese lapso. Al llegar toda la gente al destino final, una ciudad pequeña donde nunca pasa nada, con su gente aburguesada, si hubiera en ese instante un periodista él podría aducir que todos estaban demacrados, hambrientos y harapientos por el extenuante trayecto. Y de hecho así era, solo había un personaje que casi podría relucir entre todos, dibujando en sus labios delgados una sonrisa que muestra en sus ingredientes cincuenta por ciento satisfacción y cincuenta por ciento nerviosismo. Todos agradecidos con el chofer. Maletas en buen estado. Podían desocupar el vehículo. El viaje llegó a su fin.

Tres de la tarde en punto. La hora nona, dirían algunos. La hora en la que el sol muere y se larga la lluvia, dirían otros. Era la hora en la que, en esa pequeña ciudad, cambiaba el clima. Estaba Osías cogiendo un pequeño transporte que lo llevaría a la vivienda de la damisela en cuestión. Era una casa colonial, insertada en una pequeña cuesta, muy blanca y con un alféizar hermoso.

Hay que dejar el nerviosismo, hay que actuar. Al tocar el aldabón, a los treinta segundos, abrió una señora, aproximadamente cinco años mayor a Laura. Era la hermana. Al verlo con su atuendo recién puesto, de color marrón, sus zapatos usados con tesón pero con cuidado, su sombrero que ocultaba el flequillo y su maleta, no podía más que hacerle una venía y decirle que debía esperar unos minutos. Minutos que para él fueron eternidad, minutos de ahogo, sudor pero al final, minutos que serían recordados por siempre.


Al cabo de ese periodo de espera solicitado, abrió la puerta Laura.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La sociedad capicúa

Existe una tribu que nos pisa los talones todos los días, es una legión secreta de gente normal y convencional, como todos. Es una secta que cohabita con nosotros  sin ni siquiera poder percibirlo. Puede ser su vecino, su esposa, o su mejor amigo. No existen registros en ninguna página de internet ni buscador. Al poner el nombre del club, un nombre que pude oír por ahí confidencialmente, no sale nada en los motores de búsqueda. El resultado es cero. Toda esta imposibilidad en la búsqueda de información hace las cosas incluso más engorrosas y más insondables de averiguar.

Tal y como la sociedad Juliette: ésta es una sociedad en la que personas de las más altas esferas satisfacen sus gustos sicalípticos y libidinosos entre sí, a unos niveles elevadísimos de pasión, música y desenfreno. Es una sociedad secreta, no sé si en la ficción o en la realidad, ya que si uno no la conoce en últimas da lo mismo, y se llegaba a ella por medio de alguna invitación, por medio de laberintos infestados de música gabber a niveles insoportablemente trepidantes y galopantes. Cueros, arneses, máquinas, techno. Así es esa sociedad que pongo de ejemplo. Sin embargo, este club anónimo del que les escribo no tiene esos fines tan instintivos y marchosos. No. El objetivo de este club es otro.

El objetivo de este club es cuadrar minuciosamente las cifras en sus sistemas. Es lograr que ese presente tan efímero, pero a la vez tan eterno, quede congelado en las pantallas táctiles de estos nuevos artefactos inteligentes que nos ofrece hoy en día la tecnología. Que tanto acercan y facilitan, pero que tanto alejan.

Es posible pensar no en un club; más bien se podría decir que es una subcultura urbana. Sus integrantes no tienen cláusula de permanencia, en oposición a sus aparatos celulares que sí la tienen. Un hombre y una mujer pueden ser miembros de dicha asociación y pueden estar haciendo cualquier actividad. Pueden estar dando clase, pueden estar corriendo, pueden estar durmiendo, o incluso pueden estar en la fila del banco, fila que suscita toda clase de complicidades y temas vacuos. En las filas, las esperas y las hordas de gente, ahí mismo puede llegar el momento esperado.

El momento esperado por esta subcultura llega pocas veces en el día. Se vive al día. Se vive por el día. Cuando llega la noche todo ha terminado, el día siguiente estará enfrascado de múltiples y nuevas vicisitudes. Cuando llega ese momento, no importa qué esté haciendo el integrante, no importa que haya problemas, el tiempo se detiene. Y es este momento en el reloj el que provoca las más inmaculadas celebraciones, el elevamiento máximo al ver, por ejemplo, las 2:22 pm, ó las 3:33pm. Son los capicúas, números que se leen igual al derecho o al revés. Por ejemplo las 10:01am, las 13:31, así sucesivamente. Es el equivalente numérico de las palíndromas. Es la razón de ser, es el motor del club del mismo nombre: capicúa.

Segundos antes de producirse esa elevación máxima de cifras alineándose en la pantalla, tal y como se acomodan los astros en un eclipse, momentos antes de producirse la perfecta sincronización hay nerviosismo, hay afán y angustia de que las perfecciones no queden suspendidas en el tiempo, hay horror al pensar acaso que por un problema mayor, una llamada de última hora o una distracción menester de sopesar manejando vehículos, se lleguen a pasar de la hora y que no se logre el objetivo.

Incluso existe en el club capicúa un ala fundamentalista. Como en todos los grupos sociales, bien sea familias, colegios y religiones, hay miembros que son ortodoxos, cerrados y extremistas. Estos fundamentalistas, no contentos con detener el tiempo en horas y minutos y hacerle la captura de pantalla que es debida, buscan hacer la perfecta sincronía agregándole segundos. Habrá por lo tanto hombres que se dejan crecer la barba y las patillas, cual judíos ashkenazi, y buscan cerrar sus aplicaciones de celulares, ya no a las 2:22pm, sino a las 2:22:22pm. Los amigos en línea de estas personas verán que su última conexión se hizo a esa hora. Así sonreirán y darán fe del cumplimiento de la meta.

Son más eruditos en la materia, se visten diferente incluso. Todo su transcurrir diario gira en torno a hallar números capicúas como si fueran detectives de lo numérico, como si fueran la Gestapo de los algoritmos. Al igual que la sociedad Juliette, se transpira placer al lograr los objetivos, y en últimas hay complicidad. Vi la otra vez una niña que pudo percibir a las 4:43pm que su compañera de puesto estaba sudando, muy nerviosa y le colgó al novio porque tenía una urgencia. Un minuto después estaría dejando constancia de que congeló sus aplicaciones a las 4:44pm. La observadora hacía lo mismo, ambas estaban pendientes de esto. Luego de unas semanas se volvieron a encontrar y tan grande sería la emoción que motivó a saludarse entre sí, pero no con un abrazo. Esto es secreto, la ceja de una de ellas se enarcó y se conectó en la distancia con la otra ceja. Eran complicidades subrepticias, todas bajo una misma pasión capicúa. Sincronías de números que motivan sincronías en almas.

Pero sigue sin haber registros de ellos. Los clubes y las sociedades secretas siguen existiendo. En esta ciudad se reúnen secretamente, cada quien muestra en su celular las veces que logró desconectarse de las redes sociales a horas capicúas; se crean foros, se discute, se intercambian suvenires, se crea cultura. Y lo más importante, se crean satisfacciones, que son el alimento diario del ser humano. Son sincronías de números que ayudan a vivir más alegremente. Para eso se reúnen; ¿sino para qué?


Así siguen transcurriendo las cosas. Cuando aparentemente se ve alguna damisela pelear con su muchacho en plena calle, se pone nerviosa y corre despavorida, no es exactamente por eso; es porque debe ir a algún sitio íntimo, donde podrá dar alimento a su obsesión numérica trascendente en su vida, donde podrá detener el tiempo. Sólo ahí logrará respirar tranquila. Ocurre bastante, ocurre más veces de lo imaginable. Ellos deben irse, tienen una obligación, discúlpenlos, deben detener el tiempo. Son las 10:01pm. 

jueves, 21 de noviembre de 2013

A la espera (2o capítulo)

Al día siguiente Osías despertó. Nuevamente madrugó con la intención de entregar sus diarios a los cien hogares. Haría cinco viajes, cada uno con veinte diarios en la canastilla de su bicicleta desvencijada. La pueden imaginar fácilmente: tenía llantas muy delgadas, rines oxidados, canguro de cuero raído y la bocina roja situada al lado izquierdo. Era una bicicleta anoréxica que le servía incondicionalmente, pocas veces se dañaba y era como esos modelos viejos, aplicable también a vehículos, en los cuales las latas son más feas pero más resistentes, un diseño aerodinámico es remplazado por uno obsoleto; pero aquí era su amiga, su confidente, su bicicleta.

Este nuevo día sí que fue diferente. Se podría esperar que luego de haber partido el bus hacia tierras lejanas, Osías quedaría con el bonito recuerdo de Laura y sus labores diarias seguirían acaeciendo normalmente. Nada más lejano de la realidad. La tormenta en el corazón apenas estaba empezando, apenas era un embrión nutriéndose de gotas de alimento, esa tormenta apenas comenzaba a formar su carácter.

Un parámetro de normalidad en un pueblo normal es que el corazón realice sus pulsaciones a una razón de ochenta por minuto. Cuando Osías se levantó de la cama sintió que estaba latiendo con más rapidez. Alcanzó a percibir noventa. Esto le pareció muy extraño. Se paró, fue a prepararse un desayuno pequeño, consistente en té negro con galletas, al igual que todos los días. Es común delimitar el sabor de un té como amargo. Este no era el caso, ese día el té sabía más rico, sabía más dulce, tenía más sustancia. Además olía a esencias mitad florales mitad herbales. Él, aterrado, comió su alimento y se vistió rápidamente, el asombro que causó percibir la extrañeza en estos sabores le hizo perder tiempo y ahora estaba un poco retrasado.

Mientras iba en su bicicleta en medio de un frío atroz, irradiaba otra energía. El rubicundo señor de la oficina de correos le preguntó lo siguiente: “le pasa algo? Está un poco agitado, lo veo mirando como para todos los lados, lo veo diferente”, a lo que Osías respondió sin mayor reparo: “no señor, no sabría decirle, discúlpeme”.

Cuando terminó su labor diaria aproximadamente a las diez de la mañana, se sentó Osías en el parque a ver caminar transeúntes, a ver qué podría cambiar un día tan convencional. Sentado, tranquilo y con la mente despejada sintió la brisa, esa brisa que se siente con placidez en un sitio bucólico cuando no se piensa en nada. El viento le silbaba con suavidad, el viento le acariciaba. El sol, aunque exangüe, le brilló con una intensidad indescriptible. El viento era Laura y el sol era el intermediario, el compositor subrepticio que escribía la historia de los dos.

El día de él era diferente, y al pensar en el momento en el que la vio por primera vez no pudo dejar de suspirar; la semiología de aquel día era innegable. La vida de él cambiaría desde esta mañana, desde este té más dulce, desde ese viento hablador. Imaginaba él qué podría estar pensando ella y aquí surge la pregunta de siempre, qué impresión se habrá llevado ella de mí? Me pensará? El bus va alejándose cada vez más, cuándo me podré yo acercar cada vez más? La vida es corta y hay que actuar.

El bus iba empinando una cuesta en medio del paisaje andino. Los tipos de vegetación, el aire y la atmósfera iban cambiando a medida que subía en la topografía. Sentada al costado derecho trasero del bus, típico bus de viaje con cortina desplegable, forro de plástico y cobija en las faldas, Laura miraba el paisaje; mientras miraba el entorno sondeaba su interior, recordaba el momento en el que se intercambiaron direcciones, el momento en el que vio el traje cruzado marrón de Osías. Hubo un toque de manos en el cual se transmitió energía de una manera indescriptible mientras las miradas se cruzaban haciendo un chasquido. El recuerdo estaba ahí, y también la creencia en que el viaje podría seguir igual y que la excursión podría volver a tomar el curso de la normalidad.

Cuán equivocada estaba ella. Sintió un zarandeo leve en el brazo, era su mejor amiga diciéndole “Laura, Laura!”. Llevaba hablándole diez minutos y no recibía respuesta alguna. “Qué te pasa?” le dijo. “Estás en otra dimensión”. Ella le respondió que no sabía porqué estaba así, aunque era obvio.

Los días siguieron transcurriendo mientras cada quien llevaba sus labores. Las señales inequívocas del amor se manifestaron y la distancia en kilómetros se fue ensanchando. Habiendo incorporado a la realidad de cada uno de los dos la aceptación del hecho del enamoramiento, al concientizarse cada uno de que habían sido infectados por el virus del amor, ahí, no más que ahí, la perspectiva al futuro cambió. Las realidades se distorsionan al saber que hay alguien que palpita por uno; la habitualidad tan aparentemente gris se torna de colores al sentir uno el suspiro, el imaginarse qué podría estar haciendo ese otro ser en otras latitudes.

Qué está haciendo Laura? Qué está haciendo Osías? Qué estamos haciendo los dos? Preguntas con infinitas respuestas, pero con un solo norte. Ese norte de volverse a ver. Ese objetivo de volver a sentirse mutuamente los surcos de la dermis de las manos, de mirarse los ojos y las cejas con un silencio de fondo, y las ganas de compenetrarse, de conocerse. Pero hay que actuar. Las cosas no son fáciles y la infraestructura del reencuentro implica esfuerzos. Él reparte periódicos, ella es una niña todavía que va de excursión al Perú. El amor no es fácil, aunque es sencillo. La vida tampoco lo es.


En todas estas divagaciones transcurrió ya un mes. Cuando el agua va llegando hasta el tope hay que hacer algo, hay que moverse. Osías tenía unos ahorros. Laura ya estaba de vuelta a su ciudad natal y la excursión había sido un éxito. Se acercó él a la oficina del señor rubicundo, el señor de la oficina de correos tan bonachón y previamente mencionado. Le pidió unos días de permiso para ir en bus a otro país. Iba en busca de la consolidación del amor, a lo que el jefe de mejillas rojas solo pudo reaccionar abrazándolo y felicitándole. Iría en busca del amor! Iría a ver a Laura. Estarían kilómetros cada vez más cerca.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Osías y su bicicleta (1er capítulo)

Osías recorría el pueblo en su bicicleta desvencijada. Madrugaba, en un territorio rural muy arriba en la montaña, de clima bastante frío, se dirigía religiosamente a la oficina de correo todos los días y saludaba al director de entregas, un viejo bonachón pletórico y rubicundo; esta persona le entregaba un paquete grande forrado en plástico y bien amarrado con cabuya. En dicho paquete había cerca de cien periódicos.

La función de Osías era repartirlos; este muchacho tenía treinta años, andaba en búsqueda del amor y tenía fuerza en el corazón, esa fuerza que motiva a despegarse de las cobijas diariamente e impulsa las piernas a moverse, a salir, a ir en búsqueda de la felicidad. Llevar cien diarios era empresa ardua, así que debía hacer cinco viajes, volviendo cada cuarenta minutos a la oficina de correos, donde nuevamente el director de rostro colorado le entregaba los paquetes hasta ya quedar sin nada. En el ínterin Osías recibía algo de tomar y de comer; era un pueblo alto, había presión, había cuestas empinadas, pero él siempre entregaba el periódico a sus cien destinatarios.

La mayoría de veces él llegaba a alguna casa determinada y tocaba su bocina, que estaba al lado izquierdo del manubrio. Se emitía un sonido característico, un sonido que ya tenía su propia personalidad luego de cinco años de estar sonando todos los días a la misma hora. El destinatario abría, podría ser un niño o un adulto, y recibía el periódico antes de agradecerle. Y así todos los días.

Todos eran amigos de Osías, desde los niños de seis años, las adolescentes de diecisiete y los señores de cincuenta. Eso era bueno, pero también era malo, ya que una cosa es la amistad, y otra muy diferente es la chispa que produce ver a la mujer moviéndose mientras comía helado en la plaza, el nerviosismo de hablarle, el temblor en las manos al pedirle la dirección y así poderla visitar en el alféizar, y la satisfacción de, una vez haber sido aceptado, poder invitarla a tomar algo a la fuente de soda del pueblo. Ese cosquilleo, el amor, el deseo y su proceso de enamoramiento no existía para él, y no era por nada en especial, ya que él era poeta en sus ratos libres y era bien plantado; solamente que Dios no le había puesto a la persona aun.

Año de 1940. Las faldas de holanes  en su punto exacto, hasta debajo de la rodilla, florecían por doquier, al igual que florecían las azaleas e inundaban de un hermoso tinte fucsia las mañanas y las tardes del pequeño pueblo, siempre con la complicidad y ayuda del sol que, aunque casi siempre exangüe por la altura, ayudaba a iluminar los caminos. Abundaban los sombreros, los trajes marrones cruzados de seis botones, la elegancia, el tabaco, el bolero y los encendedores oxidados. Los bucles y tirabuzones de pelo negro y estilizado en pieles blancas cubiertas de alabastro, entintadas con labial rojo, eran la tendencia creciente en el arnés femenino, atavíos que desarman a un batallón con solo una fragancia. Coco Chanel ya daba muestras de su influencia al producir vestidos negros, simples, concretos y femeninos. Con este contexto ya descrito, hay que decir que de otro país venía un bus a paso lento, transportando a treinta jovencitas.

Jovencitas colegialas de faldas largas, de experiencias cortas, con ganas de lanzarse a volar, no habría ahora nada que las detuviera, sus almas están ahí, frescas como esos aromas innovadores, su almas estaban marchosas y desenfadadas.

Mientras iba Osías en su bicicleta con su conjunto elegante vistiéndole y momentos antes de entregar su periódico número cien, pudo ver en la única calle principal cuesta abajo al bus amarillo que se acercaba. Se oían risas en la distancia, risas agudas, risas de niñas florecientes. La curiosidad era infinita y mientras alelado atisbaba al medio de transporte atestado con las niñas, éste se detuvo en plena plaza.

-“muy buenos días, bienvenido señor conductor y bienvenidas sean ustedes, féminas atractivas de otras tierras. Aquí estoy a la orden, yo reparto periódicos, llevo letras e ideas todos los días por las mañanas a la gente. En este pueblo hay droguería, plaza, hospital, fuente de soda, posada, comidas, lo que necesiten. Estoy a su disposición”.

Qué más quisiera él ver a ese grupo de mujeres alegrarle la vida, una vida que era satisfactoria y plácida pero que no tenía amor. Sin embargo, la estancia de esta turbamulta sería temporal; un par de horas estaría ahí solamente, ya que el destino final distaba varios kilómetros de ahí. No obstante debían hacer una parada técnica, conseguir un mecánico que revisara frenos y echar en sus viandas algo de bebida y comida, que por cierto era abundante, barata y deliciosa.

-“Muchas gracias, muchacho. Osías te llamas no? La verdad es que venimos de paso y haremos solo un par de cosas. Gracias”. Acto seguido se bajaron, tomaron aire, compraron agua, panes, bizcochos y salchichas listas para comer. Eran treinta niñas en su transición, cada una con un estilo diferente pero promediando tendencias, tal y como ocurre en estos días. Aparentemente todas son iguales pero no, cada universo femenino es insondablemente profundo, profundamente maravilloso.

Y en medio de mocasines, faldas largas amplias y rosadas, cuellos de Peter Pan y estoperoles, Osías la conoció. Treinta centímetros más baja que él, pelo corto que daba para rizos pero no para bucles y cara redonda. La mochila amarilla dio un giro. Era amarilla, por supuesto. El giro se dio cuando él le preguntó: “y tú, cómo te llamas?”. “Me llamo Laura”, contestaría ella. Esta respuesta suscitó sensaciones diferentes, no era amistad, era otro sentimiento, eran los años 40s y no importaba nada más. Después de una mínima llovizna salió un arcoíris.


El bus se marchó del pueblo y siguió su camino hacia tierras lejanas. Osías quedó enamorado de Laura, prometió escribirle muchas veces, prometió plasmarle letras, con fragancias y dibujo incluidos, pero más valioso que cualquier otra promesa, dijo que le guardaría ahí el corazón, que lo mantendría latiendo hasta que la vida le diera la oportunidad de viajar y de poder irla a visitar a su país natal. La esperanza motiva todo, motiva las mayores ilusiones, y eso era precisamente lo que ellos tenían: la ilusión y el suspiro de volverse a ver, el recuerdo de la fragancia del cuello de Laura, el recuerdo del flequillo en el pelo de Osías. El recuerdo del amor a primera vista. Una historia de amor que apenas comienza.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Gilgamesh queda en evidencia

Eran unas civilizaciones antiguas, eran los años antiguos, incluso es poco decir antiguos, más bien digamos anteriores al nacimiento de Cristo, muy de lejos anteriores al Anno Domini, el año del Señor. Puede que la mente tenga problemas en imaginar la época anterior a Cristo, pero hay que hacer el ejercicio. Tres mil años antes de su nacimiento estaban ahí.

Solamente tres milenios faltarían para que apareciera Jesús. Estaba este grupo de personas, luego de haber experimentado la revolución agrícola, una revolución donde ya no hay que estar cazando y recolectando lo del día. Están plácidos porque existen las siembras, la posibilidad de saber que lo que hay en el suelo será para su subsistencia, y puede ser guardado. Como gran innovación nace el concepto del largo plazo, y al ver que está la cuestión del alimento saciada pueden empezar a ver qué más se puede pensar, de qué otra manera se pueden organizar.

Eran los sumerios. Tribu de personas de años ha. Precursores de civilizaciones que vendrían, grandes adalides de nuevas teorías y nuevos modos de vivir. Agrupaciones de personas, ya no de forma primitiva, sino en ciudades-estado, bajo esquemas de libro de historia de estudiante modélica; temas obligados en la niñez que como una chispa afloran en épocas tardías para llenar de curiosidad la mente.

Trabajaban y se reunían en los zigurats, que para efectos prácticos eran como unas pirámides. Podemos suponer que ya en sus edificaciones, con sus sistemas de agricultura, nacientes estratificaciones de personas y de poder, división del trabajo, religiones con varios dioses, e incertidumbres de varias índoles, podrían estar un poco más tranquilos. El hecho es que estaban jugando y hablando, como hacen los humanos sofisticados, con sus sotanas y sandalias tal y como hemos visto en los libros. Allá en Asia, todo con mucha arena y calor.

Un personaje observador ve en su realidad a un gigante. Entender la diferencia entre lo que se ve y lo que se imagina, en términos históricos, no importa. Nada se puede comprobar. Gigantes no existen, pero de que los hay los hay. La necesidad de plasmar lo que se siente en el momento, de hacerle sentir a alguien la más mínima sensación de lo que el testigo vive, el querer compartir una sola fracción si fuera posible del miedo que se produjo, era latente.

Y qué más queda? Correr. Surcar los valles, los desiertos tan áridos, los climas tan álgidos y jadeando el acto que debe seguir es transmitirlo vía oral a su familia o a la primera persona que viera a su alrededor.

-“Sí, lo acabo de ver, era un gigante y poseía cierto aire animal y cierto aire humano, era extraño, tenía un olor fuerte, corría hacia mí, nunca pude darme cuenta qué necesitaba”. La gente naturalmente se aterraría ante una descripción así, pero el narrador tenía un sinsabor. Desconocía qué tanto su familia podría tergiversar su historia, podrían agregarle más tamaño, un cuerno, volverlo caritativo, volverlo asesino, y así su esencia cambiaría.

-“Puedo morir hoy, qué hago para que mi idea, lo que quiero plasmar, sea fiel? Qué me da la naturaleza?” se debió preguntar ese humilde sumerio narrador en parte de su realidad y en parte de la fantasía. En últimas no hay diferencia. La idea del teléfono roto, si bien este artefacto no estaba ni siquiera en proyectos, no le sonaba mucho.

El ser humano quiere compartir su vida. Busca compartir su corazón con su amada, busca compartir el pan con su familia, busca compartir su vestido con el necesitado y busca compartir sus historias con sus semejantes: habrá una porción de ellas que no querrá ventilar y las guardará para sí, pero dar a conocer sus abstracciones y vivencias le hace latir con más premura pero con más vitalidad su corazón. El proceso de plasmar ya de por sí es vigorizante, y el proceso de ver digerido su producto por el otro lo es más.

Los sumerios. Maestros experimentales de matemáticas, de arquitectura e inquietos sobre la existencia de las almas y de su paradero. Artefactos para arar tierras atados a bueyes fueron los tatarabuelos de los hoy modernos tractores. Todo gracias a ellos.

-“Qué hago!? Será muy absurdo en esa piedra que veo ahí, ponerme a dibujar esta historia que tengo viva en mi mente? Con este palo cuneiforme lo haré, contaré la historia de este ser. Lo llamaré Gilgamesh y narraré su epopeya”.

Y nació así el primer libro del que se tiene conocimiento. Nació la literatura en tablas, que pasó luego al papel y ahora a las tabletas. Le doy gracias a ese narrador inquieto, que no se conformó y que no quiso que todo quedara en teléfono roto. El primer escribano, tres mil años antes de Él.


jueves, 31 de octubre de 2013

La reina en lontananza

Eran las seis de la mañana y el sonido predeterminado del despertador del celular hizo su aparición, inundando de ruido la mañana tan calmada. Luego de renegar un rato, del arrepentimiento surgido a esa hora gracias a haberse dormido tarde la noche anterior y haberse visto esa película que pudo haber disfrutado después, luego de prometer solemnemente no dormirse tarde nunca más, él se levantó y se bañó. El agua caliente se fundió con la espuma, los bálsamos y demás mejunjes elaborados para proporcionar limpieza y remoción de células muertas en el ser humano. Diez minutos de placidez, cambio de estado y recarga de energía. Luego vendría, como con todas las personas, el proceso de escoger la vestimenta, el aplicarse algo de crema, lociones, más y más inventos para oler bien, nutrirse y lucir formidablemente ante los demás.

Existían ciertos rituales en su vida, tales como mirar el diario, mirar las noticias, ver unos cuantos titulares sobre lo más importante que había acaecido, despedirse amablemente y tratar de siempre hacerlo amablemente, por encima de todo. Marcharse de su hogar con la frente en alto le llenaba de satisfacción; unos días habría más afán que otros, otros días más frío que otros, pero en esencia la habitualidad se tiñe del mismo color siempre, un color agradable a la vista, un color que está en los ojos del que lo vive. El color de ese día tendría un matiz más claro, más limpio a la vista, más optimista. Ese día pasaría algo diferente.

Llegó a su trabajo, empezó a elaborar sus informes, a hacer llamadas, a ver los mails, a diseñar las maquetas de los proyectos que requerían inmediatez y a interactuar. Fue a interactuar, esa era su razón de ser. Y claro, a veces surgían problemas e inconvenientes pero siempre, con voluntad y la ayuda de los demás, se podía lograr algún avance.

Durante todo este proceso, un proceso habitual, iba ya pasando la mañana. Se acercaba la hora, pero faltaba que la sucesión de acontecimientos se siguiera presentando hasta llegar al punto deseado. Vendrían más llamadas y procedimientos. El clima estaba muy atractivo, el sol refulgía y se reflejaba en la ventana de su oficina.

Fue al baño, se miró al espejo con el objetivo de ajustar su peinado, cepillar sus dientes y echarse un poco de agua para revitalizar la fragancia de su perfume. Se iba acercando el momento y mientras estaba en esas llegó un compañero con quien se quedó hablando un rato sobre la cotidianidad y sobre los planes que vendrían y deben trazarse hacia el futuro. Luego de haber pasado todo esto bajó un momento a comprar algo de comer.

Poco tiempo después mandó lustrar sus zapatos de cuero negro. La persona a quien el destino había encomendado esta misión se puso en la labor de que quedaran perfectos, dentro del rango obvio y permisible que conlleva la palabra perfección. Él le compartió de su comida y bebida, mientras el lustrabotas comentaba hechos de actualidad.

Se iba acercando el medio día, una hora donde la mente exige un descanso y el cuerpo un alimento, donde el número de transeúntes se incrementa, donde la camaradería se exacerba y se acuerdan citas laborales y no laborales. Con el ímpetu de un niño se paró él de su asiento y, tras acabar su última llamada de la mañana, miró el reloj, cogió unas monedas, miró el correo y se marchó lentamente. Fue llegando a la ventana, un marco extenso con abertura vertical angosta y lanzó su mirada, la que minutos antes estaba inmiscuida en cifras, la que ahora estaría inmiscuida en la curiosidad.

La ventana daba hacia un parque pequeño, hacia una pequeña zona verde dentro de un ambiente muy gris, muy de concreto; al frente del alto edificio donde él laboraba estaba uno aun más alto, un edificio con muchas ventanas, parco e impávido. Ahí él empezó a contar los pisos. Debía ser el piso número veintiséis donde él debía concentrarse.

Uno, dos, tres, veintiséis. La ventana que daba hacia él, por cuestiones físicas y de distancia tenía un tamaño nimio, pero de ahí se podía avizorar algo de esa atmósfera que se estaba respirando. Muy concentrado siguió mirando, sin ver efecto o cambio alguno. Había ruido alrededor y un viento helado le acompañaba. La paciencia en estos casos es menester, es la mejor amiga.

Cuando el reloj dio las doce y media del día, el sol brilló un poco más. Se produjo ese cambio de color en el cielo que llama la atención de todos los sentidos. Las nubes disminuían, aumentaban y adoptaban formas innumerables e indescriptibles. De un momento a otro el pequeño recuadro incólume, esa ventana a la distancia que parecía tan quieta, empezó a ser habitada por una persona. Una pequeña persona a quien solo él veía.  

La lozanía que se reflejó en el rostro de él era tal que inmediatamente sonrió y musitó un saludo que naturalmente no sería escuchado por nadie. Tal vez solo sería escuchado por ella, la que acababa de asomarse al otro lado. Era una cita inusual, ella por coincidencias del destino tenía una actividad laboral en el edificio contiguo. Hechos que casi nunca ocurren tan fácilmente. A esa hora los dos tenían un receso, un descanso del alma y a su vez un agite para los corazones.


Ella agitó un pañuelo, señal inequívoca que exigía respuesta similar; él también lo hizo, y los dos sonrieron. Ella lo escuchaba, él le dijo Te amo y al cabo de unos segundos cerró la ventana y siguió con sus labores que puntualmente ese día les impedían encontrarse para almorzar. Ella estaba a muchos metros de distancia, pero estaba tan cerca para él que se podía percibir su olor. Ella era su reina. La reina en lontananza. 

jueves, 24 de octubre de 2013

Las curiosidades matemáticas

Las matemáticas. Etimologías, glosario de definiciones y bibliografías abundan en el mar del conocimiento. Baldor, el gran aparente adalid de ellas, motivo de desvelo de muchos, con un libro rajador cuya portada denota más misticismo y erudición que alguno del gran maestro Sri Yukteswar, si bien ya entrados en años nos dimos cuenta que no era ni árabe ni iluminado sino un profesor cubano bastante adusto y horroroso; aun con esas revelaciones y engaños de las matemáticas y de su enseñanza, es una ciencia muy interesante que ha evolucionado con el tiempo, de la mano de la tecnología y los algoritmos. Para unos seguirá siendo un coco y para otros será un dulce.

Surgen los números, y después de ires y venires, de averiguar si fueron egipcios o si fueron chinos o indios, el poder de la abstracción humana absoluta al crear el número cero y más allá de las estrellas, e incluso más allá del infinito, quedamos con lo que conocemos ahora: un sistema de números del 0 al 9, con los cuales se pueden complicar las cosas tanto como queramos. Como todo en la vida.

Estas diez cifras, entre el cero y el nueve, sirven para millones de cosas. Les mencionaré tres ejemplos muy curiosos, donde la matemática sale en su estado más puro.

El primer ejemplo data de 2007, fecha en la que estaba un francés llamado Alexis Lemaire, con 27 abriles, en el Museo de Ciencias de Londres, muy peinado y puesto en su sitio. Pongan atención, la competencia era entre un grupo de personas que orgullosamente se hacen llamar matletas, es decir atletas de las matemáticas. No crean que el objetivo era comer hamburguesas en poco tiempo, o correr, o saltar: tenían que sacar la raíz decimotercera de un número de doscientas cifras. No sé si es posible dimensionar esto, en un mundo que usa cifras más sencillas. Lo que más llama la atención, aún más difícil de creer, es que este muchacho dijo la respuesta correcta al cabo de setenta segundos. En este tiempo podemos hacer muchas cosas, correr, dormir, escribir un mail, incluso podemos empezar a recitar las primeras veinte cifras de este número. Increíble.

Segundo ejemplo. En diciembre de 2009, otro francés lívido alzó la mano en un salón con colegas orates, al reclamar para sí un récord y convertirse en la persona con más dígitos de Pi encontrados: la no despreciable suma de 2.7 billones. Es decir, casi tres millones de millones. Estuvo 131 días al frente de un computador haciendo los cálculos. Para que recordemos les cuento que el número Pi no tiene secuencia, los números van en desorden. Este ducho sacó tal número de cifras, para regocijo propio y de sus tutores, allá en ese país cuya primera dama en ese entonces era la hermosa cantante Carla Bruni.

Como tercera demostración de lo curiosa que es la matemática, en el año 1754 en Inglaterra existió un señor llamado Jedediah Buxton. En realidad era un matemático obseso que no sabía leer y como pasa muchas veces con estos talentos extremos y extremistas, adolecía de autismo. Resulta que ese año lo invitaron a ver la obra Ricardo III de Shakespeare en un teatro de la época, desbordante en pompa y boato, con esas mujeres de vestidos exuberantes y mucho rapé. La experiencia de ir al teatro lo dejó literalmente sin palabras, no pudo hablar. Sufrió de un ataque de apoplejía que lo dejó más mudo de lo que era. Sin embargo con el tiempo notificó a los que lo habían invitado que los actores dieron 5.202 pasos y pronunciaron 14.445 palabras. Cómo hizo para contar y para recordar es un gran enigma.

Qué importancia tiene manejar estas cifras y estos cálculos? He ahí el quid del asunto. Está claro que las matemáticas fueron creadas para contar y solucionar problemas básicos de la vida, también está claro que en las finanzas y contabilidad es impensable hacer cálculos crematísticos  si no existieran estos guarismos, estas cifras aparentemente tan sencillas. Las matemáticas han sido y seguirán siendo esenciales en la vida; aquí el tema en cuestión son las curiosidades derivadas de ella.

Para responder lo anterior me debo remitir a un profesor en la universidad, a quien un estudiante chabacano y pisaverde le preguntó malhumorado en una ocasión para qué servían estos cálculos, de qué nos puede servir en la vida saber qué es la hipotenusa, el seno, el coseno, o el seno de Theta (términos cuya sinonimia en el presente me abruma;  no puedo entender cómo coincidieron estas dos palabras ominosas y quisquillosas, seno y theta, en un cálculo trigonométrico, no lo entiendo).

El profesor, al oír la pregunta del alumno respondió con toda la amabilidad del caso lo siguiente: “Para nada doctor pisaverde. No sirven para nada”. Y es verdad, no sirve para nada saber que el billonésimo dígito de pi es 4 ó 7 ó 2. Sin embargo la gente, y no poca, vive detrás de estas curiosidades que generan una sonrisa y un leve empinamiento de ceja en el lector.

Vivimos rodeados de aspectos que no sirven para nada, a veces tan elevados y estrictamente teóricos como estos que les acabo de mencionar y que ocupan a muchos matemáticos alrededor del mundo, y otras veces más palpables y cotidianos de cuya categoría de inservibles tal vez ni nos percatamos. Pero así es el progreso y así se mueve el mundo. Hace mil años sólo había médicos y abogados, no había más, no había necesidad de más.

Podemos entonces decidir, tal y como si estuviéramos en un supermercado, qué agarramos y qué descartamos: podemos preferir edictos, contratos, leyes y comunicados o podemos rebuscar un poco más y elegir algoritmos, poemas o noticias alambicadas. En últimas, pocas cosas en la vida son imprescindibles. En últimas este artículo tuvo 1060 palabras, 6173 caracteres y esta misma secuencia de letras puede replicarse en alguna posición del billón de números de Pi. Para qué saberlo? Para nada. Habrá cada vez más retos, más ciencias, más raíces cuadradas y más descubrimientos. Muchos inútiles.


Tengo la seguridad de que muchas cosas no sirven para nada, pero si inducen al regocijo sí lo harán. A eso vinimos al mundo: a respirar un rato, a contar los momentos, a multiplicar emociones y a dividir momentos. Una ecuación con pocas variables e infinitas respuestas. Incluso ahí las matemáticas también sirven.

jueves, 17 de octubre de 2013

El tendero de la cabaña

Al final de la avenida, yendo hacia el norte, había que cruzar a la derecha para entrar a una calle más angosta;  transitando por esta calle había una curva, una bajada, y desde ese punto el terreno de asfalto pasaba a ser de piedras pequeñas, una mezcla perfecta entre carretera y trocha. Si alguien transitaba en carro debía bajar su velocidad un poco, si iba en bicicleta debía sortear alguna que otra piedra, de esas que se posan a veces en el camino y que truncan el proseguir corriente, pero digamos que no era tan necesario ir más despacio; con un poco de cuidado se podía llegar al destino.

Es más, era recomendable llegar en bicicleta; siempre lo es. De esta forma al ir cuesta abajo se podía sentir el viento fuerte en el rostro, las mejillas se podrían llenar de un fulgurante rosado y la sensación de actividad en las piernas, de frenar un poco la llanta delantera, otro tanto la trasera y el incesante devaneo entre los surcos hacía la llegada más amena. Y esto suponiendo que no hubiera paisaje alrededor para admirar. Sin embargo, había un sembrado de azucenas blancas y amarillas al costado derecho, de seis pétalos oblongos y un poco puntiagudos, un sembrado que hacía inevitable detenerse en el vehículo, sea cual fuere, y arrancar siquiera una de estas maravillas de la vida y olerla por unos segundos. La única condición que tenía impuesta el dueño del sembrado era que toda flor que fuera arrancada debía ser regalada a alguien.  

Al ser regalada, bien fuera al cónyuge, al hijo o a la madre, por citar unos pocos ejemplos, esta flor cumpliría la función para la cual fue creada: brindar alimento al espíritu con su color y fragancia.

Dejando atrás el campo de azucenas y rodando unos veinte metros más quedaba la cabaña. Una cabaña de madera, café oscuro, con puerta gruesa, un par de vitrinas y una ventana grande con su alféizar ancho para recibir visitas; de esos donde se recitaban poemas, de esos que ya casi no existen. Al tocar el aldabón salía el dueño, al cabo de unos treinta segundos.

En la cabaña siempre estaba él; era conocido en todas las villas cercanas como el tendero. Una persona de mediana edad a la que los vecinos y coterráneos acudían, bien fuera por las bebidas tan refrescantes que brindaba, por las golosinas que vendía en una de las vitrinas que mencioné antes o por los consejos que daba a toda alma necesitada.

Estar con el oído atento y el corazón abierto era una labor que el tendero siempre tenía como lema. La dinámica era la siguiente: sonaba el portazo, él se trasladaba del balcón hacia la puerta, no sin antes bajarle un poco al volumen de la música que siempre estaba ahí ubicua en todo el recinto,  miraba por el ojo mágico a la persona que estaba al otro lado y la recibía con una sonrisa. Muchas amistades hizo porque gracias a la cadena del voz a voz, la gente que tocaba la puerta ya sabía expresamente a qué se dirigía.

Hace pocos meses golpearon el aldabón. Sin aspavientos sonó y el tendero lentamente fue a abrir, con la habitualidad de hacer una labor común, con una mirada convencional; miró por el ojo mágico y ahí esperaban dos amigos de la infancia. Sabemos que previamente le había bajado el volumen a ese jazz tan ecléctico que infundía ceremonias melómanas en medio de sofás y leña.

Con gran abrazo fueron saludados por él y pasaron a la sala. Cada quien cogió un vaso de bebida refrescante, un jugo mixto de frutas cuyos ingredientes y proporciones eran un verdadero secreto, y se sentaron, uno en una silla de mimbre clásica, otro en el sofá de terciopelo morado y el tendero quedó de pie, por el momento. Les preguntó si querían algo más y uno de los presentes respondió que quería comprar unas cuantas galguerías para su novia; golosinas que además de saber rico eran bonitas y envueltas en papeles plastificados. Claro que sí, él le empacó unas cuantas en una caja junto con un dibujo hecho a lápiz, con colores básicos y hojas bond; ahí venía plasmado un mensaje de amor, de ese coqueteo constante que debe haber entre el novio y la novia, ese que produce cosquilleos.

Muy agradecido quedo el amigo con él; no se veían aproximadamente hace dos años; aquí no hablaremos de amistades antiguas congeladas en el tiempo por múltiples ocupaciones, sino solamente de un trío de amigos un poco ingratos que se veían a veces.

El otro muchacho, mayor un par de años que el tendero, quería darle un pequeño detalle a su hijo pero no quería caer en los típicos presentes que tanto promulgaban los medios de comunicación, así que le pidió algo que de pronto pudiera alegrarle el corazón floreciente e imberbe. Después de unos minutos, dibujó en una hoja sencilla un carrusel inmerso en una ciudad de hierro, con mucha gente, y sobresalía la figura de un niño sonriendo. Atado a éste, venía un barquillo de chocolate, una almendra recubierta y un mensaje corto, pedagógico e infantil.

Los dos amigos tenían listos sus encargos. Lo que vendría después sería la tertulia en la que se ponen al día, se comparten palabras acerca de los sueños, las expectativas y los desamores para unos contrastando con los amores para otros. En este caso quedó plasmada la amistad entre ellos y la prueba irrefutable de la misma: la confianza. Quedaron los tres departiendo con soltura, sin la incomodidad del momento de silencio, con la comodidad de decir lo que les gusta y lo que no. Con la placidez de ser personas libres.

Siendo las diez de la noche, después de comer bizcochos de agrás y amapola, los amigos se despidieron; se fueron con el estómago lleno, con el corazón  contento y con la satisfacción de la visita. Llevaban además los productos del tendero, los que él diariamente cultivaba y comercializaba, unos productos muy bien empacados: dulzura y palabras.


No ocurrió nada más. La gran mayoría de los días son así: ordinarios, mas no aburridores. El periodismo y los noticieros deben ocuparse de lo extraordinario. La sencillez de la vida se hizo notar y el tendero fue a descansar con su abrigo, sus medias gruesas y su corazón sereno. Al día siguiente la vida continuaría y alguien más tocaría a su puerta, ya sabiendo de antemano las delicias que había adentro de esa acogedora cabaña.

jueves, 10 de octubre de 2013

Una maestra

A las siete de la mañana de un lunes, luego de caminar aproximadamente treinta minutos por la acera, llegó la maestra al colegio. Era un colegio humilde, con presupuesto mitad oficial y mitad privado, que consistía en cinco aulas, una oficina de profesores, un patio de cemento, dos baños y una tienda de comestibles; en esta última se podía acceder a algunos bocados típicos. Era una educación brindada con poco tecnicismo y con bastante rigor, un rigor que rayaba en el maltrato, con un volumen alto en voces que genera un aminoramiento de las personalidades de los educandos.

La educación tradicional y a la antigua, más aun al aplicarse a una población adolescente, difícil y de escasos recursos, se hacía con gritos, con amenazas y aplicando la escala vertical del poder; dogmatismos ancestrales en los que la voz del profesor ahoga y suprime la opinión del rebelde muchacho. Existían unas guías, unos preceptos y salirse de esos límites en un recinto con también bastantes límites era impensable. Las formalizaciones impuestas hacían que todo fuera gris y plano, cumplir una teoría era el único norte, en un claustro inundado de almas que buscaban mejorar pero no lo estaban haciendo.

La maestra llevaba poco tiempo trabajando ahí; llegó con su delantal, su cartera y una libreta para apuntar cualquier idea. Ya en días anteriores había empezado a tratar dos cursos con sus teorías sobre la convivencia, la autoestima y la orientación profesional, con resultados de a pulso y muy meritorios. Se acercó al salón de profesores y habló con la directora; ella le dio un material fotocopiado de veinte hojas donde se plasmaba el tema que sería estudiado y discutido en las horas posteriores. La diferencia radicaba en que el curso al cual iba a entrar era desconocido para ella, y por lo tanto ella era desconocida para los alumnos. Era la primera vez con ellos, sentimientos encontrados acerca de no saber qué iría a ocurrir.

Personalidades disímiles convivían en el recinto; treinta alumnos adolescentes de afecto estaban ahí, algunos enfundados en sus chaquetas, algunos con sus audífonos escondidos y otros tantos conversando a altos volúmenes; no importaba de qué estuvieran hablando, la idea era generar una turbamulta que hacía el normal cumplimiento del programa una tarea imposible. Cuando la maestra se presentó y empezó, nadie se callaba y las miradas amenazadoras hacia ella eran indecibles.

Tal desazón ocurrió allí que la docente no tuvo más opción que tratar de callarlos; al ver que no pasaba nada, decidió esperar a que terminara la clase. Sonó el timbre, todos los muchachos alevosos empezaron a retirarse, sin despedirse. Cuando el último se hubo marchado y quedó sola, muchas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, unas lágrimas grandes, amargas y transparentes de impotencia. Cuando el desahogo cesó, limpió su cara, retocó su maquillaje y volvió a la sala de profesores a buscar a la directora. La pregunta inicial era porqué ellos habían tenido ese comportamiento. La respuesta inicial era porque ellos eran así.

Habiéndole dicho esto, la naturalidad de un comportamiento que no puede ser cambiado, la directora le aconsejó, de manera adusta y laboral, que la única forma de haber sentado un indicio de autoridad momento atrás era por medio de un grito estentóreo y una amenaza. Decir que si no elaboraban el taller de 10 preguntas su estancia se vería comprometida y podrían ser expulsados era un arma que nunca fallaba. Señalar con el dedo, subir la voz, mirar con las cejas arcadas y amenazar era la opción. La maestra pensaba en las vidas de todos y cada uno de los estudiantes; eran unas vidas extracurriculares entintadas de maltrato, abandono, soledad y abusos por decir lo menos. El educando promedio tenía relaciones álgidas en su núcleo familiar, aquí el problema no eran solamente los medios económicos, sino los formativos; de estos problemas ella ya había tenido algo de conocimiento por conversaciones escuetas que tenía al inicio y al final de la jornada. Acá están viniendo a estudiar y reciben el mismo trato que en su hogar, pensaba la maestra. Bolas de nieve alimentadas de miradas y malos tratos que imploraban ser detenidas.

Eran las siete de la mañana del día siguiente, martes. La maestra vio en su cronograma que tenía clase con el mismo grupo. Entró al salón, un aula que estaba embebida en rechiflas y bulla. Escribió una nota en el tablero con letra cursiva legible y se marchó.

“El ejercicio de hoy es el siguiente: el compañero le debe decir al de al lado algo que le guste, que le parezca agradable de él. Vuelvo en cinco minutos”. Las rechiflas y falsos orgullos, que no denotaban nada más que inseguridad y baja autoestima, fueron remplazados por risas nerviosas, castañear de dientes, mordisqueo de uñas, miradas cómplices y rubor natural en mejillas multiétnicas.

A los cinco minutos efectivamente volvió la profesora, saludó cordialmente con una sonrisa muy bella y refrescante, de esas que lo ponen a uno a suspirar; tónico esencial para empezar de manera alegre una mañana. Los que antes miraban mal y gritaban, ahora esperaban con un poco de incredulidad el desarrollo del taller. La maestra, con su voz pausada, llamó a dos alumnos, los más distantes en el salón y en el trato. Se paró uno al frente de la otra. No eran capaces de mirarse a los ojos.

En estas almas, tan necesitadas de ser esculpidas, almas como todas, la invitación para hablar de algún aspecto positivo parecía poco menos que un exabrupto, nunca lo habían hecho.  El tiempo transcurrido entre la unión de dos miradas y su separación empezó a pasar de instantes mínimos a varios segundos. Ver lo positivo era ver los ojos del compañero, su brillo, sentir el nerviosismo, mirar una sonrisa. Fue algo bueno, por primera vez había unión y se estaba logrando un objetivo.

Él respondió que lo más bonito de ella eran sus trenzas, después de divagar y casi llorar, porque le costaba mucho hablar de lo positivo; ella a su vez dijo que lo que más le gustaba era la risa. Seguirían así quince parejas más hasta lograr las treinta personas, los treinta corazones que hoy por primera vez habían conocido la cordialidad. Las barreras autoimpuestas empezaron a ser derribadas.

La maestra logró lo improbable. La directora, sorprendida por lo que había ocurrido, fue a felicitarla, ya que luego del taller pudo capturar la atención de sus alumnos, empezó a llamarlos por su nombre, pudo hablarles sin necesidad de subir la voz y motivó a forjar amistades, incluso algunos romances. Cuando el rigor es cambiado por el corazón empiezan a producirse explosiones.

Era ella, la maestra. La que con corazón y ejemplo logró mostrarles a ellos que todo en la vida, con buena actitud, es posible. Este ejercicio fue aplicado por todos y cada uno, tiempo después, en sus hogares, con excelentes resultados. Gracias a ella el colegio se convirtió en un catalizador de emociones y valores, en un ente verdaderamente educativo; sus ojos lograron desentrañar en el alumnado una gran verdad: que lo positivo está latente en cada rincón de la existencia, solo hay que saber de qué forma sacarlo a la luz. De ahí en adelante, sin necesidad de recurrir al ejercicio formal, cada quien enaltecía al otro, adornándole su vida problemática con flores; incluso a la maestra también le exaltaron su ser; lo que en algún momento dio, empezaba a ser retribuido.


Y todo el proceso de educación continuó. Lo ortodoxo siguió de la mano con lo heterodoxo, los formalismos y teorías se mezclaron con la camaradería y el cariño, la explosión de sentimientos y conocimiento seguiría produciendo chispas. Ahí empezaron a sentir que vivían, así empezó una verdadera vida para los alumnos.

jueves, 3 de octubre de 2013

La carta rectangular

Hace un tiempo llegó una tarjeta en la cual cordialmente se hacía una invitación a un mundo cercano pero lejano, a un mundo adornado de múltiples maneras. La tarjeta consistía en un rectángulo de cartulina blanca plastificada llegando incluso a tener similitud con el papel bond, de letras cursivas y sencillas de color azul oscuro. Decía “Bienvenido sea Usted”. El sobre estaba cerrado y como pegatina para hacerlo estaba un pequeño broche de zafiro, de ese zafiro que escasea en el mercado de las piedras preciosas, y que sólo se usa para ocasiones especiales como esta.

El cartero que andaba repartiendo las invitaciones cumplió su labor a carta cabal. Muy juicioso fue de casa en casa, haciendo dos toques sutiles al maderamen del pórtico y acto seguido, independientemente de que abrieran o no, echaba la invitación por debajo de la puerta, con poca fuerza pero con la mínima necesaria para que el sobre recorriera unos cuantos centímetros de arrastre, cosa que cuando el destinatario se dispusiera a abrir se topara con él.

Mientras tanto estaba en su sillón reclinable un señor pomposo y rebosante en boato; mientras degustaba un plato rico en sabor y en calorías, daba órdenes a mansalva a sus súbditos, ya que siempre estaba exigiéndoles más de lo que podían dar. Llevaba un traje de precio alto pero de glamour bajo, muy acorde con su personalidad. El vestido tiene la forma del cuerpo, y a veces refleja el alma. A medida que se quejaba, ahíto de preocupaciones, llegó el mensajero y le entregó el sobre sin argumentar nada, ya que en realidad no sabía cómo había llegado a la recepción. Permaneció unos segundos dudando y antes de echar dicho papel a la basura, y al darse cuenta que la caneca estaba llena, decidió abrirlo. Así mismo hizo mucha gente también.

La inmensa cantidad de sobres  fue abierta en múltiples lugares, en diferentes partes del mundo, al unísono. Al hacer lo anterior, se dejaba entrever la invitación en papel reciclable, un poco rústico y de color beige. Con el mismo tipo de fuente usada en el sobre, estaba una inscripción que decía “déjate llevar por el olor de tu bebida de la mañana”.

Gran parte de los lectores leían tal frase e inmediatamente miraban al reverso, para ver si ahí estaba la continuación. Pero no había más letras.

En otro sitio, en la misma ciudad, caminaba discutiendo una pareja, ya cansada de sus múltiples desavenencias, considerando la idea de separarse. Separaciones que se planean cuando hay nortes disímiles, cuando el desamor les circunda. Mientras andaban en un alegato de razones fútiles, un niño que vendía globos inflados con helio le entregó un sobre a  cada uno; la simple mención de la bienvenida plasmada en las letras les hizo callar la boca, leyeron, y se detuvieron.

Entretanto, el señor pomposo se paró, miró hacia la ventana, atisbó los altos edificios vecinos y pensó en la frase. Su bebida de la mañana era un café excelso. Al sentir su aroma, un aroma que todo el mundo percibe pero en realidad pocos se detienen a admirar, su rostro cambió, se acordó de sus familiares a quienes tan abandonados tenía, ya que ese olor le recordó un paseo en carro que había hecho hace unos años. El aroma de remembranzas lo hizo llamar por teléfono a su mamá, a preguntarle cómo estaba, a preguntarle por su vida, una vida que él desperdiciaba trabajando y mandando.

El resto del día estuvo muy contento, a cada rato acercaba la taza a su boca, tomaba su café y olía su aroma, y pensó en porqué desperdiciar tanto tiempo haciendo llamadas, trazando cronogramas y motivando outsourcings, siendo que su familia, que es lo más importante, estaba cada vez más distante; ni siquiera él sabía en qué vicisitudes estaban sus hijas. Miró a los demás, miró todo claro. La vida consiste en nacer, ver nacer, ver morir y morir. Eso era todo, eso es todo, y canceló todas sus citas. Dos horas después estaba en el parque jugando pelota con ellas, con sus hijas, sudoroso, con su traje de precio alto y ahora sí con algo más de glamour.

La pareja que altercaba mientras desayunaba afanosamente en la calle hizo caso al aviso: él bajó su mirada hacia el té de frutos rojos, ella hacia su café latte. Olores ancestrales, mordiscón ancestral del subconsciente que lleva a parajes lejanos; y ahí fueron transportados a su primera cita, tomando lo mismo, con el olor de paz y relajación que emana de estos ingredientes. Eran las mismas almas, un poco más jóvenes, construyendo un futuro que se estaba destruyendo en el presente. A veces el mero recuerdo de algo cambia la perspectiva y hace que lo que estaba ocurriendo segundos antes sea visto de manera diferente.

Ella, con su pelo rubio, lo miró y vio una base sólida, un amor sólido; porqué enmascarar ese amor con problemas diarios e inanes de convivencia? Ahí estaban, estaban sus cuerpos, la sonrisa fluye y el beso que hace tiempo estaba tan esquivo volvió a convertirse en el protagonista y cómplice de su historia. Nada en la vida es demasiado grave, estaban juntos de nuevo, los suspiros volvieron. Larga libación a ese té y a ese café latte.

Los cambios en el mundo se producen de a cucharaditas. Que se tenga conocimiento, una pareja retomó su rumbo ese día y un padre mejoró ostensiblemente la relación con su familia; seguro que otras mejoras en la carretera de la vida hubo ese día causadas por lo mismo, sin embargo plasmo dos casos vívidos; algo que está ahí todas las mañanas y que permanece imperceptible desencadena profusión de sentimientos y así el optimismo gana la partida.


Ese día también se produjo otro cambio: En el autor de esas tarjetas se pintó una leve pero sustanciosa sonrisa de satisfacción, un inflamiento de pecho por haber sido artífice de un movimiento que curó un par de familias y otro tanto de corazones. La invitación, llena de color e inocencia, había surtido efecto. Estaba contribuyendo a cambiar nuestro mundo.

jueves, 26 de septiembre de 2013

El reencuentro

Ella entró al recinto, gracias a que abrió la puerta con una llave que encontró tirada en el piso.  Parece que ese objeto le hubiera hablado, ya que no se sabe porqué ella iba caminando por la calle y por esas cosas de la vida volteó a ver hacia un rincón de ladrillo, un rincón que nadie mira; ahí estaba el pedazo dentado de metal, esperando ser recogido. Hay veces que los objetos tienen vida propia, y esa vida propia cambiaría su vida.

En la superficie roñosa de la llave estaba grabada en relieve una especie de torre inclinada de 8 pisos, con columnas dóricas, de color blanco, de un estilo muy propio; ella conocía esa construcción, sabía a dónde exactamente debía dirigirse. La intuición, gran arma de las féminas, le hizo pensar que esa llave abriría la puerta del cuarto principal de esa torre; para allá se fue, no sin antes asegurarse de comprar unos víveres, unos medicamentos y recoger su trench coat de cuero rojo. El sitio a donde se disponía ir era de clima frío y de vientos fuertes.

La gran mayoría de veces no importan los resultados ni el objetivo, ya que estos pueden darse mucho tiempo después o incluso podemos no verlos nunca; pero el proceso, ese sí que es importante, el día a día en el cual se camina hasta llegar a donde queremos llegar. Así que empezó a caminar durante largas jornadas para llegar allá.

A medida que caminaba, a veces por llanuras, a veces por caminos empedrados y a veces por cuestas álgidas, se encontraba y saludaba a muchos niños, ancianos, adultos, elefantes, libélulas y mariposas con hermosos ocelos, de variados colores, impresos en sus alas. Era gratificante ver cómo un niño asintió con la cabeza y se le quitó el sombrero cuando la vio. Siempre sonreía, no importa que estuviera cansada o desesperada, ya que los seres que se encontraban con ella mostraban tal actitud de amistad que desarmaban a cualquier alma ponzoñosa.

En el trasegar de los pasos empezó a envejecer. La sonrisa de las mujeres nunca cambia en esencia, solo cambian sus aditamentos: una línea de expresión más demarcada, un pelo más débil y con canas, una imperfección natural y progresiva. Pero esa energía en su mirada era la misma; todavía era ella, todavía era bella. Un día de otoño, en el que el viento azotaba las paredes y el cansancio azotaba las almas, llegó por fin a su destino, a esa torre inclinada de columnas dóricas.

Del bolsillo derecho inferior del trench coat sacó la llave. Sin embargo, antes de decidirse a entrar, sin saber qué habría al pasar la puerta, sin saber si volvería a palpar este mundo con todo lo bueno y malo que lo caracteriza, decidió detenerse.

Miró para atrás, para los lados y para adelante. Sólo se oía el soplar del viento y el crujir de toda la estructura blanca a causa del mismo. Se sentó un rato en una banca que vio abandonada por ahí cerca, y descansó; estaba cansada de tanto caminar, estaba sola, pero estaba feliz y realizada. Mientras estaba ahí, se le posó una ardilla en el hombro y le causó bastante gracia ver a ese pequeño animal, no veía un animal así desde hace veinte años.

Recordó cuando estaba con él, cuando iban cogidos de la mano paseando por el parque, a unos pocos kilómetros de distancia de donde se encontraba ahora, y se les posó una ardilla al frente, con esa mirada tan pícara y ese crepitar de dientes al mascar su alimento. Recordó también las risas de esa época, risas setenteras, cuando en pocos segundos la ardilla se escabulló entre las ramas de un arbusto y desapareció por completo.

Los recuerdos estaban ahí, llenos de alegría y música; siempre recordaba, tenía en su libreta de apuntes una frase de un periodista checo que decía lo siguiente: “Recordar es la manera de detener el tiempo”. Cogió la llave entre sus dedos y decidida abrió la puerta.

Acto seguido, pudo divisar todo lo que había en el recinto: un candelabro, tres óleos renacentistas, un comedor de madera maciza sin mantel, una canastilla con frutas silvestres, servilletas de tela fina, dos platos con su respectivo set de seis cubiertos, una jarra de cristal llena de sangría, sangría hecha con el mejor vino tinto de la región, y una comida deliciosa presta a ser servida.

Su rostro se inundó de lágrimas, de esas lágrimas que brotan automáticamente al recibir un shock tan fuerte. Ahí estaba él sonriendo y parado de manera taciturna en una esquina del lugar; empezó a caminar lentamente, denotando un nerviosismo obvio y esperable, y le cogió la mano. Diez segundos que pueden representar toda una eternidad precedieron a lo que vendría después, un baile lento y acompasado, con música pero sin palabras, con presente y mucho pasado.

El vals de fondo hablaba por sí solo. En medio de los bemoles de Strauss, y con el contexto de los bemoles de la vida, ella solo podía mirarlo, era imposible que él estuviera ahí, después del accidente que había ocurrido en ese parque años atrás; un accidente que había truncado muchos sueños, ilusiones, bailes y puntualmente una cena que habían estado planeando durante esos días para celebrar su primer aniversario.


En la vida todo lo que debe ocurrir ocurrirá en algún momento, tarde o temprano. Ella lo esperó estos veinte años, y ahora estaban juntos de nuevo, en ese cielo melódico y diáfano. “Tranquila, no digas nada, esta es la cena que te prometí, ahora tenemos todo el tiempo del mundo para estar juntos” le dijo él. Y continuaron bailando, ella recostada en su hombro, con toda una eternidad por delante.